Jesús Lezama
Gobernar siempre ha sido un arte incierto, más próximo a la vieja filosofía práctica que a cualquier ingeniería institucional del presente. Por eso no extraña que los pensadores hayan escrito tanto sobre el silencio. Carlyle lo entendió como energía creadora; Lao-Tse, como fuente del dominio auténtico; Da Vinci, como pedestal de la autoridad. Diógenes, más directo, trazó la secuencia formativa del mando: callar para oír, oír para hablar, hablar para aprender a callar.
Esa pedagogía del silencio ilumina, con particular nitidez, el estilo político de Rocío Nahle, gobernadora de Veracruz. En un Estado fragmentado, diverso y saturado de tensiones, la discreción no es una cortesía del poder: es un dispositivo de estabilidad. A fin de cuentas, “en boca cerrada no entran moscas”, pero, con todo y la conveniencia de hacerlo así, esa actitud ayuda también a que se multipliquen las contradicciones que terminan por devorar a la persona que gobierna.
Desafortunadamente para quien gobierna, todo liderazgo está condenado a hablar. Y cuando la palabra no es el resultado de la reflexión, sino la respuesta defensiva al desgaste, entonces surge el problema. A veces la mandataria, empujada por la presión y el orgullo, rompe la antigua advertencia de Lincoln: es preferible el silencio que deja dudas, a la explicación que las confirma. Pero cuidado, en ese punto, la voz ya no cohesiona: erosiona.
La filosofía ofrece una regla simple: antes de exponer una visión, hay que tenerla clara. De lo contrario, la política se vuelve parodia de sí misma. Reformar después de hablar, es como enviar a un boxeador al ring con un brazo atado y, tras el desastre, culpar al boxeo por su rigor. El discurso de gobierno exige concordancia entre lo que se anuncia y lo que se hace. La secuencia invertida solo exhibe improvisación y falta de visión constructiva. De allí que el aparato comunicacional de Nahle no sea solo ineficiente: es una estructura débil que no percibe sus propios vacíos; un mecanismo que no sabe que no sabe.
Y así emerge la pregunta central: ¿cuál es el diseño de Estado que guía a la gobernadora? No es un asunto de adivinación, sino de transparencia. La autoridad política se sostiene en la inteligibilidad del proyecto, incluso -y sobre todo- para quienes lo critican. Administrar no basta; hay que orientar, dotar de dirección, fijar un horizonte reconocible, y siempre pensar en que debe haber metas tangibles. Y surge otra pregunta quisquillosa: ¿Hay en el poder ejecutivo un Plan Estatal de Desarrollo, es decir un Plan Veracruzano de Desarrollo?, o el documento que se guarda empolvado en un cajón o librero, y que quizá lleve ese nombre, es sólo un simple volumen de rollos autocomplacientes para hacer sentir que se lleva un rumbo en el Palacio de Gobierno.
Esta reflexión no pretende condenar a Rocío Nahle, sino recuperar una enseñanza elemental: el poder no se construye a gritos, sino en el equilibrio entre callar y decir. El silencio permite pensar; y la función de la palabra es la de ayudar a persuadir. Sólo cuando una gobernante comprende esa proporción, el ruido del poder cede su lugar a la arquitectura del Estado. Allí comienza la autoridad verdadera, siempre y cuando, esa autoridad busque el bien común.






