Las medidas de confinamiento a nivel mundial por la COVID-19 -cuarentenas, aislamiento físico, restricciones a los viajes y cierres generalizados de servicios y empresas implementados por países de todo el mundo en 2020- han tenido como resultado varios meses de reducción del ruido sísmico global en hasta un 50 por ciento, en lo que constituye la mayor y más larga reducción del ruido sísmico global registrada en la historia. Al igual que los terremotos y otros procesos y eventos geofísicos, los humanos somos una importante fuente de señales sísmicas detectadas por los sismómetros de todo el mundo.

La actividad humana cotidiana -desde nuestra implicación en procesos industriales y proyectos de construcción hasta nuestros estridentes estallidos en los estadios de fútbol- genera vibraciones en la tierra que se registran como una corriente casi continua de ondas sísmicas de alta frecuencia. En general, este ruido sísmico acompaña de cerca el comportamiento humano: suele ser más fuerte durante el día que por la noche y más débil los fines de semana y festivos que los días laborables típicos.

Te puede interesar: Menos contaminación del aire aumenta la energía solar, revela estudio

Sin embargo, la naturaleza del ruido sísmico antropogénico global sigue siendo relativamente poco estudiada. Además, la compleja señal de fondo de alta frecuencia que produce limita la capacidad de las redes de alerta sísmica para detectar las señales más discretas asociadas con riesgos geológicos locales como los terremotos. Este año, las interrupciones en la actividad humana enmarcadas en las distintas medidas de emergencia debidas a la COVID-19 constituyeron una oportunidad única para evaluar la sismicidad inducida por el ser humano.

Thomas Lecocq, del Observatorio Real de Bélgica, y sus colegas recopilaron observaciones sísmicas de 268 estaciones sísmicas de todo el mundo y encontraron una reducción casi global en el ruido ambiental sísmico de alta frecuencia que se inició en China a finales de enero de 2020, en un fenómeno que se replicó en Europa y el resto del mundo entre marzo y abril. “El nivel de ruido que observamos durante los confinamientos duró más y, por lo general, fue más silencioso que el período comprendido entre Navidad y Año Nuevo”, escriben los autores.

La propagación global de esta calma estuvo estrechamente correlacionada con el momento en que las medidas de confinamiento entraron en vigor en países de todo el mundo. En total, el ruido sísmico antropogénico global se redujo hasta en un 50 por ciento entre marzo y mayo. Los resultados no solo ayudan a limitar el impacto sísmico de la actividad humana y sus señales únicas, sino que el “periodo silencioso de ruido sísmico de 2020” permitió a los investigadores detectar señales sísmicas sutiles y a menudo oscurecidas de fuentes subterráneas, lo que podría ayudar a desenmarañar el ruido antropogénico de los procesos naturales.

Por último, la investigación reveló que los campos de ondas sísmicas antropogénicas afectan a áreas más grandes de lo que se pensaba anteriormente, un hallazgo respaldado por las correlaciones con datos de movilidad independientes. Sin embargo, a diferencia de los datos de movilidad, los datos disponibles públicamente de las redes de sismómetros existentes presentan menos problemas potenciales de privacidad. Por esta razón, los autores apuntan que esta podría ser una alternativa para la monitorización casi en tiempo real de los patrones de actividad antropogénica.

En el estudio han participado diversas entidades de América Latina como el Centro de Geociencias de la Universidad Nacional Autónoma de México; la Escuela Centroamericana de Geología de la Universidad de Costa Rica; el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de la Universidad Nacional de Costa Rica (OVSICORI-UNA); el Observatorio San Calixto de Bolivia y la Universidad de Chile. (Fuente: CGP/DICYT)

Publicidad