¿Te imaginas que alguien pudiera escribir hoy en día un libro que abarcara toda la ciencia conocida? ¿Y que lo hiciera de manera que le permitiera a cualquier persona con matemáticas de nivel escolar comprender las partes más complicadas de la física de partículas, la química y la astronomía?

¡Cuántos descubrimientos se podrían hacer si alguien pudiera unificar tantos campos de conocimiento, permitiendo que los expertos se entendieran entre sí!

Eso fue lo que hizo Mary Somerville, una genio autodidacta cuyos exitosos libros en los que tradujo, explicó y reunió diferentes campos científicos llevaron a que la nombraran la “reina de la ciencia” en el siglo XIX.

Lo logró a pesar de que durante gran parte de su vida su destino como una heroína científica fue poco probable.

Mary nació en 1780 y creció deambulando por la campiña escocesa cerca de su casa en Fifeshire, recolectando conchas y observando aves. Su educación se limitaba a instrucciones en el hogar para que dominara las típicas actividades femeninas de la época: pintura, música y francés.

Solo aprendió a leer cuando tenía 10 años, pero desde ese momento comenzó a devorar vorazmente libros y revistas, cualquier cosa que pudiera tener en sus manos, incluido Shakespeare.

Sus padres no apoyaban sus intereses: su padre era un oficial naval que pasó largos años en el mar, y a su madre aparentemente solo le interesaba leer textos religiosos.

X y Y

Cuando tenía 13 años, visitó una de las aburridas fiestas de té de su madre. Allí, una joven amiga le mostró “una revista mensual con imágenes de colores de vestidos de damas, charadas y rompecabezas”.

“Al final de una página leí lo que me pareció una simple pregunta aritmética; pero al pasar la página me sorprendió ver frases de aspecto extraño mezcladas con letras, principalmente X y Y, y pregunté; “¿Qué es eso?” “Oh”, dijo la señorita Ogilvie, “es una especie de aritmética: lo llaman álgebra”.

Tras fastidiar a todos sus “conocidos o parientes” para que le explicaran qué era álgebra, finalmente alguien le dijo que se podía aprender con un libro llamado “Euclides”.

Tuvo que suplicarle al tutor de su hermano que le comprara el libro, pues no era correcto que una mujer leyera ese tipo de cosas.

Sin dejar de hacer “lo que le correspondía”, es decir, tocar el piano, pintar y hacer y arreglar ropa, cuando se iba a la cama, Mary se dedicaba a aprender de Euclides, algo que sus padres no veían con buenos ojos.

Su padre le comentó a su madre:

“Peg, debemos ponerle fin a esto, o tendremos a Mary en una camisa de fuerza uno de estos días. Recuerda que X, se volvió loca por estudiar la longitud”.

Decidieron quitarle la vela para evitar que leyera de noche, pero ella se quedaba en la oscuridad revisando los primeros 6 libros de Euclides en su mente hasta que se los aprendió de memoria.

El primo inadecuado

El matrimonio de Mary con Samuel Grieg, un primo lejano, fue arreglado por sus padres.

Para su vida intelectual, fue una unión desastrosa.

Más tarde escribió que Grieg “tenía una opinión muy baja sobre la capacidad de mi sexo, y no tenía conocimiento ni interés en la ciencia de ningún tipo. Tomé lecciones en francés y aprendí a hablarlo”.

La pareja se fue a vivir a Londres, tuvo dos hijos, y Grieg murió en 1808 cuando Mary tenía 28 años.

Después de su muerte, Mary volvió a Escocia, y, a pesar de que estaba amamantando a su bebé y cuidando a su otro hijo, “tenía mucho tiempo”, escribió, así que reanudó sus estudios; “Estudié trigonometría plana y esférica, secciones cónicas y astronomía de (James) Fergusson”.

El primo indicado

En Edimburgo, Mary empezó finalmente a encontrar gente afín.

Se ganó una medalla de plata por resolver un problema publicado en un diario matemático, que había sido planteada por William Wallace, quien se convertiría en el primer profesor de matemáticas de la Universidad de Edimburgo, y era uno de los matemáticos destacados con los que ella mantenía correspondencia.

Además, conoció gente con nuevas teorías sobre el mundo natural, extendió sus estudios a astronomía, química, geografía, microscopía, electricidad y magnetismo y usó la herencia que recibió de Grieg para comprar una biblioteca de libros científicos.

Para cuando conoció a su segundo esposo, William Somerville, era obvio que ella era una persona excepcional.

Somerville también era su primo y médico, pero al contrario de Grieg, tenía una mente inquisitiva y estaba encantado de haber encontrado una esposa inteligente.

Somerville y sus padres alentaron la investigación científica de Mary.

Vivieron primero en Edimburgo y luego en Londres, y estaban bien conectados con la emocionante escena intelectual de la época: eran amigos del pionero de la informática Charles Babbage, el astrónomo John Herschel, el polímata Thomas Young, quien trabajó en todo, desde la teoría de las ondas de luz hasta los jeroglíficos.

Por fin Mary estaba en su elemento.

Su renacimiento

Tuvo otros cuatro hijos y, mientras los criaba, comenzó a realizar sus propios experimentos sobre luz y magnetismo y a publicar sus propios artículos científicos.

Los Somervilles vivían en el centro de todo tipo de entretenimiento científico, y asistían a las conferencias de la Royal Institution, donde científicos como Michael Faraday, Alexander Von Humbolt y Humphry Davy hablaban con Mary como un igual. Fue nombrada miembro honorario de la Royal Astronomical Society.

Y fue en este punto que a Henry Brougham, un político reformista que había fundado una “Sociedad para Difundir el Conocimiento Útil”, se le ocurrió que había un trabajo para el que ella sería la candidata ideal.

Se habían conocido en Edimburgo y Brougham no la olvidó.

Con su francés fluido y su profundo conocimiento de las matemáticas, le encargó que tradujera el libro que había sido aclamado como el mayor logro intelectual desde “Philosophiæ naturalis principia mathematica” de Isaac Newton: “Mecanique Celeste” o “Mecánica celestial” del matemático y astrónomo Pierre-Simon Laplace.

Mary tenía 51 años y su gran carrera como la escritora científica más vendida estaba por comenzar.

Más que traducir, desenredar

Mary aceptó la propuesta de Brougham bajo la condición de que el manuscrito fuera quemado si resultaba ser un desastre.

“Por supuesto que no lo fue”, le dice a la BBC Kathryn Neeley, catedrática de Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad de Virginia y autora de “Mary Somerville y el mundo de la ciencia”.

“Ella era una de las pocas personas con los conocimientos suficientes como para explicar no solo lo que Laplace había logrado sino también la serie de desarrollos científicos que lo habían posibilitado”.

La labor requerida no era realmente una traducción, sino de una interpretación que hiciera comprensible lo que no lo era: una vez se convencía de la verdad de un resultado, Laplace tendía a no molestarse en explicar en detalle el asunto.

“Otro traductor de Laplace había dicho que cuando veía en el texto la frase ‘es claro’ sabía que le esperaban horas de trabajo para poder entender lo que se venía.

“Además, era imposible comprender el libro sin saber lo que precedió su obra, así que Mary empieza con una disertación magistral -así fue descrita en la época- que sintetiza todo lo que pasó antes en la astronomía física hasta ese punto”.

“La visión del mundo que emergía de la astronomía física era deslumbrante”.

“El alcance (de lo presentado en el libro) lo conectaba al sublime científico, esa idea de que a través de la ciencia encontramos lo asombroso y hermoso en la naturaleza”.

Pero todo eso se habría quedado atrapado en las páginas a menos de que quien tradujera la obra no solo entendiera las palabras sino también los conceptos y pudiera comunicarlos.

Para Lord Brougham, una de las pocas personas con esas capacidades era Mary, y no se equivocó.

Dibujando mundos desconocidos

Uno de los talentos de Mary, resalta Neeley, era la pintura.

Eso le permitía dibujar con sus palabras mundos que los lectores no habían visto, desde esa primera obra, que tenía lugar en el espacio sideral, hasta la última, “De la ciencia molecular y microscópica” (1869), que recogía los más recientes descubrimientos revelados por el microscopio.

Desde su primera publicación, Mary se volvió famosa, primero entre los expertos y, con sus siguientes libros -ya de su autoría- cada vez más con lectores aficionados a la ciencia.

Su mayor éxito de ventas fue “Geografía física”, publicado en 1848, en el que, según dijo, siguió “el noble ejemplo del barón Humboldt, el patriarca de la geografía física”, y adoptó una visión amplia de la geografía que incluía la Tierra, sus animales, “habitantes vegetales”, así como “La condición actual y pasada del hombre, el origen, las conductas y los idiomas de las naciones existentes, y los monumentos de las que ya no existen”.

El libro la hizo merecedora de la Medalla de Oro Victoria de la Royal Geographical Society y de la admiración de Humboldt quien le escribió aplaudiendo su originalidad.

Nadie habría pronosticado que Mary Somerville llegaría tan lejos dadas las condiciones en las que creció.

Afortunadamente, señala Neeley, no solo era un genio sino que vivió en un momento en el que se estaba empezando a reconocer la ciencia “como un foro de conocimiento distintivo, como una fuente cultural común, en lo que valía la pena especializarse”.

“Las ciencias no eran disciplinas que se enseñaban en las universidades en la época en la que ella escribió ‘La conexión de las ciencias físicas’ (1834) y, como a menudo ha sido el caso, en las áreas que están emergiendo hay espacio para las mujeres.

“Si hubiera tratado de participar activamente unos años más tarde, le hubiera resultado muy difícil, pues una vez solidificada, la ciencia dejó de estar abierta para su género”.

La reina

Mary y William Somerville se mudaron a Italia cuando este se retiró de su labor como médico en el Hospital Chelsea en 1840.

20 años más tarde William murió.

Mary brindó su apoyo a causas liberales como la campaña de votos para las mujeres y la educación de buena calidad para las niñas. Y continuó escribiendo. Con la ayuda de sus hijas compiló su autobiografía que les pidió que publicaran póstumamente.

Vivió hasta 1872.

En sus últimos días escribió: “Tengo 92 años, mi memoria para los acontecimientos ordinarios es débil, pero no para las matemáticas o las experiencias científicas. Todavía soy capaz de leer libros de álgebra superior durante cuatro o cinco horas por la mañana, e incluso de resolver problemas”.

En su obituario, el diario The Morning Post declaró: “Cualquiera que sea la dificultad que podamos experimentar a mediados del siglo XIX para elegir un rey de la ciencia, no hay duda alguna sobre quién es la reina de la ciencia”.

En 1879, el Somerville College de la Universidad de Oxford fue nombrado en su honor.

Pero, con el tiempo, su contribución a la ciencia fue casi olvidada. La fama tiende a otorgarse a las personas que hacen descubrimientos, no a las que pueden comunicarle brillantemente esos logros al público.

Publicidad