Después de 40 días encerrados, 15 voluntarios abandonaron el sábado una cueva de los Pirineos, en el suroeste de Francia, donde se habían confinado para realizar un experimento sobre los límites de la adaptación humana al aislamiento.

Las siete mujeres y los ocho hombres, de entre 27 y 50 años, emergieron de la cueva deslumbrados por el sol, alrededor de las 10H30 locales (08H30 GMT), con rostros un poco pálidos pero visiblemente en buen estado físico.

Sin reloj, teléfono ni luz natural, los 14 voluntarios, conducidos por el explorador francosuizo Christian Clot, tuvieron que acostumbrarse a los 12 grados y al 95 por ciento de humedad de la cueva de Lombrives en Ariège, generar su propia electricidad a través de un sistema de pedales y extraer agua a 45 metros de profundidad.

“La humedad es muy impactante. La necesidad de alimentos fue aumentando con el tiempo y el cansancio”, declaró Clot, que habló extensamente ante la prensa. Otros participantes señalaron que tenían la impresión de que había transcurrido mucho menos tiempo cuando se les advirtió que el período de 40 días había terminado.

“Fue un verdadero shock. Pensé que aún quedaban cinco o seis días”, comentó Emilie Kim Foo, una enfermera de 29 años que formaba parte del grupo.

Durante el experimento, llamado Deep Time (“Tiempo profundo”), los participantes también observaron una gran disparidad en los ciclos de sueño. Así, cuando algunas personas se levantaban, otras se acostaban. “No teníamos puntos de referencia temporales”, explicó Tiphaine Vuarier, una psicomotora de 32 años.

“Probablemente dormimos más durante algunas noches y menos en otras”, subrayó Marie Caroline Lagache, una joyera de 50 años.

Normalmente, “no recuerdo mis sueños, pero sorprendentemente sí recuerdo algunos en la cueva”, destacó por su parte Arnaud Burel, un biólogo de 29 años.

Experimento “innovador”

Según Clot, fundador del Human Adaptation Institute, este experimento pretende estudiar nuestras capacidades de adaptación a la pérdida de puntos de referencia espacio-temporales, una cuestión planteada sobre todo con la crisis sanitaria.

A pesar de la participación de investigadores, varios científicos han criticado la ausencia de un marco suficientemente “riguroso”.

Etienne Koechlin, director del laboratorio de neurociencias cognitivas en la Escuela Normal Superior (ENS), que participa en las investigaciones de Deep Time, defiende su carácter “innovador”.

Los datos sobre el cerebro y las capacidades cognitivas de los participantes recogidos antes de la entrada en la cueva se compararán con los recogidos a la salida, con el fin de estudiar los cambios del sistema nervioso vinculados a este entorno excepcional.

Al igual que otros investigadores, Pierre Marie Lledo, director del laboratorio “Genes, Sinapsis y Cognición” en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) y de la unidad “Percepción y Memoria” en el Instituto Pasteur, señala la ausencia de un “grupo de control”, lo que impide validar científicamente los resultados.

En total, Deep Time necesitó más de 1,4 millones de dólares de financiación, con la participación de socios privados y públicos.

“La salida de la cueva es muy complicada de vivir, hay que volver a sincronizarse con (nuestro) mundo y decirse adiós” después de 40 días pasados juntos, concluyó el líder de la expedición.

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