Evocando a Enrique Krauze:

“La democracia no es sólo cuestión de votos sino de convivencia civilizada, y esa convivencia se finca en el respeto a la palabra. Todo aquel que tiene voz pública (el político, el periodista, el comunicador, el intelectual) debe saber que sus palabras nunca son impunes porque se traducen en los hechos. Las palabras torcidas (la mentira, la distorsión, la descalificación, el denuesto) conducen a la alienación colectiva, a la irrealidad, al cinismo, a la incredulidad. Y las palabras de odio, tarde o temprano, terminan por desembocar en la violencia. Si no podemos (sabemos, queremos) usar la palabra apelando a la razón, los mexicanos “deberemos deducir” nuestra impreparación para la democracia.”

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