DIVULGACIÓN HISTÓRICA
Por Omar Piña
Los aparatos de televisión y sus consiguientes programaciones entraron a México al inicio de la década de 1950. Las primeras exhibiciones se contemplaban de las 11 de la mañana a la medianoche. El aparato televisivo era un artículo de lujo. Se calcula que para 1952 había unos 20 mil; seis años después un censo reporta que en la capital del país aproximadamente medio millón de transmisores se habían instalado en hogares acomodados y de bajos recursos.
La primera telenovela mexicana se estrenó en junio de 1958 y fue un experimento. Emilio Azcárraga Vidaurreta era dueño de Telesistema Mexicano y la compañía Colgate-Palmolive intentaba convencerlo de que la telenovela como contenido de programación sería un espectáculo reportaría ganancias. Azcárraga no lo admitía y mientras estaba en un viaje por Europa, el canal 4 comenzó la exhibición de Senda Prohibida. Protagonizada por Silvia Derbez, la historia trató de “Nora”, una jovencita ambiciosa que logró pasar de secretaria llegada de provincia a ser la amante de su jefe.
Aquella primera telenovela se transmitía en directo, de lunes a viernes, tenía una duración de 30 minutos y se exhibía a las 6:30 de la tarde. Los productos que se promocionaban eran los de Colgate-Palmolive. La naciente industria requirió de la intervención de actores, directores y productores profesionales.
Narrar historias a través de las nuevas tecnologías comenzó a fructificar como éxito comercial. Inició “Gutierritos”, esa segunda telenovela mexicana se estrenó el 18 de agosto de 1958, fue un triunfo que abarcó 50 episodios. Para 1959 “el género ya había conquistado un “enorme y fiel teleauditorio” (Ramírez, 2015:313). Y en octubre del mismo año se estrenó “Teresa”, la octava producción de Colgate-Palmolive. Pero varió de las anteriores, pues se empeló el video-tape, un avance que ya no requería la realización en directo, que se podía grabar, almacenar y comercializar retransmisiones.
El Melodrama no era un género reciente y en México tenía antecedentes a partir de la novela de folletín, el teatro, el cine y la radio. La televisión integró narración, sonido e imagen en las telenovelas y en una década se convirtieron en un género aceptado porque fue el producto masivo cultural que se adaptó al público y le mostraba aspiraciones, frustraciones, obsesiones y hasta delirios.
La telenovela no se trató de un melodrama ingenuo que exprimía lágrimas y risas, cada historia se diseñaba para un público que lo combinaba con actividades simultáneas o suspendía sus tareas para disfrutar las historias. Además, propició interacciones entre las personas que se reunían alrededor del televisor y alentó pláticas entre quienes se habían perdido un capítulo y pedían los detalles.
El aparato televisivo que estaba en casa propiciaba desde las jerarquías de ubicación de lugares para observarla hasta la negociación de la programación. Los aparatos encendidos también congregaban personas en lugares públicos como supermercados, tiendas de abarrotes, almacenes e incluso tiendas de barrio, que permitían “ver la tele” siempre y cuando se consumieran golosinas o refrescos. En otros casos, la televisión fomentaba reuniones públicas en patios o habitaciones donde se cobraba el ingreso.
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Para mascar a fondo:
Ramírez Bonilla, L. C. (2015), “La hora de la TV: la incursión de la televisión y telenovela en la vida cotidiana de la ciudad de México (1958-1966)”, Historia Mexicana, 65(1), 289–356. https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/3137







