DIVULGACIÓN HISTÓRICA
Por Omar Piña
Era verano a principios del siglo XVI, se trataba de una ciudad ubicada en un sistema lacustre. Como a Tenochtitlán la rodeaba el agua era más fácil acceder a ella por vía acuática que por las calzadas terraplenadas que la comunicaban con tierra firme y por ello la habían sitiado desde canoas. El acueducto que surtía de agua dulce provenía del cerro de Chapultepec, pero estaba destruido. La crónica de un soldado llamado Bernal refiere las condiciones: “miles de cadáveres en descomposición en el agua estancada y contaminada de la nación recién conquistada”.
Aquel verano de 1521 los aztecas que experimentaron el sitio de Tenochtitlán también vivieron la capitulación de su ciudad. Las tropas que defendieron la ciudad-estado mexica se rindieron a los españoles que encabezaron los contingentes de aliados indígenas. A partir del 13 de agosto se había logrado la conquista de la ciudad más poderosa del mundo mesoamericano. Simbólicamente el periodo novohispano comienza en una ciudad en ruinas y con una hediondez a cadáveres pudriéndose en aguas salobres y anegadas.
En calles y plazas había cabezas decapitadas y restos humanos. El hedor se describe como insoportable, la carne en descomposición es el perfume característico del ángel de la Muerte que deambula por cualquier lugar donde suceden las acciones bélicas. En la tercera Carta de Relación el capitán Hernán Cortés escribió: “no podíamos sufrir el mal olor de los muertos que había de muchos días por aquellas calles, que era la cosa del mundo más pestilencial”.
La destrucción y capitulación de una ciudad también incluyó aromas que ahora son historiables. Quienes lo vivieron, escribieron información que permite recrear el sentido del olfato. En el uso de las palabras elegidas se advierten detalles de aceptación o rechazo. El soldado Bernal reporta buenamente una explosión sensitiva para referirse al mercado de Tlatelolco, lo deslumbran los productos que va encontrando; allí consigna perfumes. Pero cuando relata el adoratorio de Huitzilopochtli (en el Templo Mayor) el horror lo invade y acude la “hediondez” y derivaciones para insinuar lo que a sus ojos es malo:
estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente… y tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, como en los mataderos de Castilla no había tanto hedor.
Es cuestión de posicionamientos. En Visión de los venidos los indios reportan que laó desagradable que les resultaba la pólvora, dado que su humo es “muy pestilente, huele a lodo podrido, penetra hasta el cerebro causando molestia”.
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Para mascar a fondo:
Ríos Soloma, Martín F. (2020), “Notas sobre los olores de la Conquista de México: una aproximación historiográfica”, en Élodie Dupey y Guadalupe Pinzón (coords.), De olfato. Aproximaciones a los olores en la historia de México, México, Fondo de Cultuira Económica, pp. 117-128.







