En el inicio de los tiempos del Movimiento existía un jardín llamado Morena, fértil y ordenado, donde las ideas crecían rectas y los frutos se compartían en asambleas. En el centro del jardín se alzaba el Senado, un árbol antiguo donde se decidía el rumbo de la comunidad.
En ese Jardín todo era pureza discursiva y pecado ajeno. Los frutos eran del pueblo, las serpientes siempre eran del pasado y el paraíso, por supuesto, era transformación.
Entre todos los habitantes destacaba Adán, un hombre de verbo fuerte y paso seguro, elegido para cuidar el árbol y guiar a los demás. Se le concedió autoridad y voz, con una sola advertencia:
– Gobierna, pero no te confundas con el jardín- le dijeron los ancianos.
Con el tiempo, Adán empezó a hablar como si el jardín le perteneciera. Tomó decisiones sin escuchar, desdeñó a la diosa, repartió sombras a conveniencia y probó del fruto del ego, que la serpiente del poder siempre ofrece en voz baja:
-Sin ti, nada florece- le susurró.
Los otros cuidadores notaron que el árbol del Senado ya no daba el mismo fruto y se estaba pudriendo. Las ramas se inclinaban hacia un solo lado y el jardín perdía equilibrio. Todo comenzaba a derramarse desde el Edén. Entonces, el Consejo se reunió y habló con firmeza:
-No te expulsamos del jardín por haber sido Adán, sino por haber olvidado que eras jardinero y no dueño.
Adán fue retirado del árbol central y enviado a los linderos del Movimiento, donde aún podía caminar, pero no mandar. El jardín siguió creciendo, con nuevas manos y con la lección aprendida.
A lo lejos, en el desierto, un anciano sin poder, pero con gran sabiduría decía a sus discípulos: Quien confunde liderazgo con propiedad termina perdiendo ambos. El poder prestado se cuida; el poder apropiado se cae solo.







