Por Omar Piña
[Talento y disciplina de María Elisa Velázquez]
El chocolate fue una bebida que tuvo el aprecio, devoción y cariño de los novohispanos. Su preparación era un momento culinario y como tal estaba destinado a ocurrir en las cocinas, un espacio reservado a las mujeres. Y como una experiencia cotidiana, la elaboración del chocolate para beber suscitó maledicencias, leyendas y querellas entre los habitantes de la Nueva España. Gracias a la paciente exploración de historiadoras como María Elisa Velázquez, los archivos Inquisitoriales han permitido conocer que, en algunos casos, al elixir se le aparejó con prácticas de brujería y hechicería.
En aquella sociedad caracterizada por los estamentos y también las diferencias raciales, las principales acusadas de prácticas sancionadas por la Inquisición fueron algunas mujeres africanas y afrodescendientes. Las señaladas eran mujeres esclavas que preparaban y servían directamente los alimentos de los amos. Y en los casos que llegaron al proceso inquisitorial, fue común que se les imputara agregar pócimas o polvos al chocolate que servían con tal de lograr amores, robar o hacer daño.
De manera que, si era la bebida más sabrosa, los idearios de la época la relacionaban con la gula, la sexualidad y el placer. Chocolate y tabaco eran productos que los novohispanos consumían en exceso y en algunos sectores se le intentaba regular al máximo. Las monjas carmelitas, por ejemplo, debían añadir como un quinto voto no beber chocolate. Debían ser pobres, castas, obedientes, vivir en clausura y jurar no tomar la bebida oscura que provocaba erotismo y voracidad.
Las constantes restricciones ponen en evidencia las prácticas.
Por el año de 1621 se acusa a unas mulatas acapulqueñas de “hacer brebaje con aguas lavadas con miembros de perro y su propio cuerpo para después hacer el chocolate y dárselo a sus amigos” (Velázquez, 2011:216). En 1627, la esclava Mencia alecciona a otras esclavas que, para obtener la fidelidad e impotencia de los maridos, basta con verter en la bebida el polvo obtenido de la cresta de los gallos de tierra. Para 1676, para “atarantar” a su amo, la esclava Juana recorta “pasas de pelo” de mulata o negra, uñas de bestia y las añade al chocolate.
De manera que fue una época en que era irresistible negarse a beber chocolate. Correspondió a un tiempo en que las familias que podían tener esclavos aprovechaban los méritos laborales de mujeres africanas o afrodescendientes, uno de los premios era ocuparse de las cocinas y la preparación de alimentos. Aquello permitía a esos esclavos que trabajaban “dentro de casa” una relación de mayor cercanía e intimidad con sus amos.
Fuera de las idealizaciones. “Obviamente, la relación entre amos y esclavos no siempre fue de armonía y generosidad. Existen casos terribles que demuestran actos de violencia, explotación y maltrato” (Velázquez, 2011:213).
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Para mascar a fondo:
Velásquez, María Elisa (2011), “Comida, chocolate y otros brebajes: africanas y afrodescendientes en el México virreinal”, en Catherine Good Eshelman y Laura Elena Corona de la Peña (coords.), Comida, cultura y modernidad en México. Perspectivas antropológicas e históricas, Ciudad de México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, pp. 207-224.







