En Xalapa, el “humanismo” no se escribe en leyes ni se respira en las calles, se mide en pasos, poco más de cien. Apenas la distancia necesaria para que el mármol bruñido de Rocío Nahle refleje la luz y el concreto roto absorba la sombra.
La imagen no necesita explicación, es una grieta abierta. De un lado, fachadas que no saben pronunciar la palabra austeridad sin atragantarse de lujo. Del otro, cuerpos doblados por la intemperie, convertidos en estadística que no incomoda mientras no toque la puerta equivocada ni altere el flujo de los votos.
Ahí, a unos metros, también respira el silencio administrativo de la alcaldesa Daniela Griego, donde la pobreza se gestiona como se administra el olvido: sin ruido, sin prisa, sin vergüenza, pero con cientos de resentimientos.
La escena es casi poética, si no fuera brutal. El discurso se eleva como globo de helio -redondo, ligero, vacío- mientras la realidad se encoge hasta volverse invisible, como si la miseria tuviera la decencia de no interrumpir la comodidad climatizada del poder.
Pero no es ceguera, es costumbre. La indigencia dejó de oler y doler para convertirse en paisaje, en banca sin presupuesto, en sombra adherida al pavimento. Es la utilería perfecta de una narrativa que se repite tanto que termina por creerse verdad.
Y así, Xalapa ensaya su tragedia diaria. La austeridad como discurso, el lujo como vitrina, la miseria como alfombra. Y en medio, un poder que habla de dignidad con voz firme, mientras la pisa, todos los días, con pasos suaves sobre el mármol.
Así esta el Veracruz de moda y la capital que trabaja por el bien de todos.







