Mientras desde el discurso oficial “no pasa nada”, en la realidad el chapopote llegó -y se quedó- en las playas del norte de Veracruz. Ahora tocó a Rancho Playa, donde pescadores y prestadores de servicios turísticos reportan afectaciones visibles que contrastan, sin esfuerzo, con lo que intenta mentir Rocío Nahle, la gobernadora de Veracruz.

Trabajadores del sector relatan que, durante recorridos en la zona, detectaron una fuerte presencia de residuos petrolizados en la costa. La mancha ya había sido advertida en Cazones, Tecolutla y Tuxpan. Pero, al parecer, el problema sigue siendo invisible, al menos para el gobierno estatal.

Aquí no se piden declaraciones, se exige intervención. Los afectados demandan limpieza, atención inmediata y acciones concretas. La respuesta, hasta ahora, oscila entre el silencio y la negación. Porque reconocer el problema implicaría aceptar fallas en la gestión ambiental.

El riesgo es mayor por la cercanía de un santuario tortuguero, uno de los más relevantes del litoral veracruzano. Sus protectores advierten posibles daños graves al ecosistema, mientras la autoridad parece apostar a que lo que no se reconoce públicamente, simplemente no cuenta.

La gobernadora insiste en que no hay afectaciones. Pero la playa, el chapopote y los pescadores cuentan otra historia, sin micrófonos ni conferencias, pero con pruebas visibles en la arena.

En Veracruz, el problema no solo es el chapopote. Es también la costumbre de taparlo con palabras. 

Pero en el maloliente ambiente, surge la pregunta: ¿será que los piratas de Dos Bocas y de Palenque solo se reparten y cubren entre piratas?

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