Con la solemnidad de quien descubre que el agua moja, la gobernadora Rocío Nahle García denunció lo que calificó como una campaña mediática de desprestigio y vuelve a victimizarse. Según su discurso, no es contra ella -faltaba más- sino contra Veracruz. Un “nado sincronizado”, dijo, como si las críticas hubieran ensayado coreografía.

La mandataria lanzó la pregunta al aire, con la esperanza de que alguien más la responda: “¿A quién le beneficia golpear a Veracruz?”. Quizá la respuesta es que, a nadie, pero tampoco ayuda mucho que los problemas se administren como si fueran boletines alegres.

Mientras tanto, desde la oficina del optimismo oficial, se presume coordinación con el gobierno de Claudia Sheinbaum para atender lo urgente: limpieza de playas, contención de hidrocarburos y atención a zonas afectadas. Dicho de otra forma: recoger lo que se puede, tapar lo que se alcanza y esperar que no huela tanto.

Pero la realidad es aplastante. En tanto desde el poder se acusa conspiración mediática, afuera el turismo avanza como si nada, o como si no quedara de otra. Miles de visitantes alistan maletas para Semana Santa, entre la fe y la resignación, confiando en que el mar esté más limpio que la palabra de Nahle.

Los esfuerzos del gobierno reportan el despliegue de más de 2,300 elementos de seguridad en carreteras y destinos turísticos. Un operativo que suena más a contención de daños que a prevención, pero que en el boletín luce impecable: playas vigiladas, playas limpias, carreteras custodiadas y la tranquilidad, en proceso de fabricación.

Al final, la gobernadora pide no confundirla con Veracruz. El problema es que, en política, el territorio y quien lo gobierna suelen ser inseparables. Y aunque la plabras quiera nadar en sincronía, la realidad —esa sí— siempre termina desentonando.

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