Eduardo Martínez Rico/Zenda
Javier Redondo Jordán, ingeniero de Telecomunicaciones de formación, y escritor de vocación, es un hombre entregado desde hace muchos años a la Cultura desde muchas de sus vertientes: literatura, cine, viajes, etc. Trabajó como colaborador muy cercano durante mucho tiempo con Fernando Sánchez Dragó, del que sin duda aprendió muchas cosas.
Ahora ha obtenido un accésit en un Premio de Ensayo convocado por la Fundación del CEU, con un libro sumamente interesante sobre la búsqueda de los orígenes del Paraíso, que en el fondo se puede considerar la búsqueda de nuestros propios orígenes. El libro se titula Coordenadas del paraíso: Irán y la eterna búsqueda de los orígenes, y lo publica CEU Ediciones.
Es un libro muy bello, de estupenda prosa, entre el viaje y el ensayo, beneficiándose la propia obra de todo lo bueno que puede ofrecer cada uno de estos géneros. Un libro, pues, muy recomendable.
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—¿Por qué decidiste escribir este libro?
—Irán fue el destino que elegimos mi mujer y yo para nuestro viaje de luna de miel. El primer impulso para escribir el libro vino al darme cuenta in situ, durante el viaje, de que Irán es un país que aquí en Occidente desconocemos por completo. Incluso habiéndome preparado el viaje, Irán me impactó. No esperaba su extraordinario acervo cultural, su antigüedad, su influencia en Occidente, su patrimonio milenario. Allí mismo empecé un cuaderno de viaje. Al regresar de Irán, el libro fue tomando forma con los años y pasó de ser un libro de viajes a ser un ensayo con mucho bagaje viajero. En última instancia, el libro describe una peregrinación personal sobre lo que significa ser escritor.
—¿Por qué te fijaste en Irán?
—Más allá de su importancia geopolítica en el último siglo, Persia era la mitad del mundo en la Antigüedad. Grecia, Roma, Bizancio y el Imperio Otomano lindaban sucesivamente con el Imperio Persa, que los sobrevivió a todos. Pero mucho antes de las Guerras Médicas de Grecia contra Persia, antes incluso de que Persia se constituyera en imperio, aquellas tierras formaban parte del Creciente Fértil, origen de la civilización y de la escritura junto a Mesopotamia y Egipto. En Irán se conserva el zigurat más antiguo conocido ―el de Sialk (Kashán)―, previo a los zigurats de Mesopotamia y a las pirámides de Egipto. También en Irán se encuentra el zigurat mejor conservado del mundo, el de Chogha Zanbil, cerca de Susa. Por otro lado, no sólo Persia era la mitad del mundo en la Antigüedad, sino que la mitad de la Biblia transcurre en Persia. Irán es además el país de Las mil y una noches, del califa safávida Harún al-Rashid y de la Casa de la Sabiduría de Bagdad, de la Ruta de la Seda y de las Especias, del vino, de los pistachos, del azafrán y del agua de rosas, de las alfombras, de los jardines, de la poesía y de la mística.
—El libro tiene mucho de ensayo, pero también mucho de libro de viajes. ¿Fue difícil alcanzar un equilibrio entre ambos géneros?
―Al escribir, como ocurre con cualquier creación artística, deben tomarse decisiones constantemente: qué poner, a qué renunciar, qué quitar, qué rescatar, qué volver a suprimir. Cuando quieres darte cuenta, tienes un libro. El equilibrio entre todas las partes que lo conforman es difícil, porque ahí entran el gusto particular de cada uno, empezando por el del propio escritor, pero también las convenciones del momento y las modas. Al final, el mejor ejemplo siempre se encuentra en los clásicos: es de ese hilo de Ariadna del que debemos tirar. En mi caso, la geografía pesa mucho. Muchos de los temas tratados en el libro tienen un asiento geográfico. Pisar el suelo donde surgió una cultura o donde sucedió un hecho histórico ofrece una información que no se encuentra en el simple relato. No es posible entender Egipto si no se ha navegado el Nilo en falúa sólo a merced de su corriente lánguida y del viento, que rara vez sopla en popa. Tampoco se comprende Israel hasta que se comprueba que la Tierra Prometida es un secarral.
—¿Crees que los lectores occidentales somos conscientes de la importancia de Irán en nuestra cultura?
—Lamentablemente, no somos conscientes, y ojalá eso empiece a cambiar a partir de ahora. Ésa es una de las razones de ser de este libro.
—¿Qué significa hoy Irán para nuestra cultura?
—¿Qué debemos a Persia? Ya hemos dicho que es la cuna de la civilización y de la escritura. Y también lo es del vino, que es la esencia del Mediterráneo. La idea de Europa surge con las Guerras Médicas. La amenaza de Persia precipita la agrupación de las polis griegas y el surgimiento de un concepto de colectividad de lo que es ser griego frente a todo lo demás: lo persa. Más adelante, toda la filosofía oriental entra en Occidente tras la conquista de Alejandro Magno, cuyas hagiografías apenas tienen un solo escenario: Persia. En el ámbito judeocristiano, el mazdeísmo, la ancestral religión monoteísta persa, influyó en el desarrollo del monoteísmo judío y enhebró los primeros mimbres de un adversario de Dios como encarnación del mal, «el Satán», análogo al Arimán del mazdeísmo, que no sale a escena hasta bien entrado el Antiguo Testamento. En la Edad Media, mientras la Europa cristiana sólo pensaba en las Cruzadas para liberar Tierra Santa, en la Casa de la Sabiduría de Bagdad se custodiaba el saber de Grecia y Roma, sus manuscritos se traducían al árabe y al persa, y las mentes persas más eminentes, como Avicena, Al-Tusí, Omar Jayam o Alhacén, ensanchaban el conocimiento universal antes de devolverlo a Occidente a través de la Escuela de Traductores de Toledo para alumbrar el Renacimiento italiano.
—¿Desde el punto de vista artístico y literario qué le debemos?
—A Persia también le debemos la fascinación por Oriente que recorre la Historia del Arte occidental, especialmente a partir del siglo XVIII con la traducción francesa de Las mil y una noches de Antoine Galland. Las primeros cuentos que aprendemos de niños tienen como protagonistas a Aladino, Alí Babá y Simbad el marino. Las obras literarias griegas más antiguas que conservamos, como la Ilíada, de Homero, y Los persas, de Esquilo, transcurren en Persia o, en el caso de la epopeya homérica, en la frontera entre Europa y Asia, lo que con el paso de los siglos sería Persia. Gran parte de los nueve volúmenes de las Historias de Heródoto, el padre de la Historia occidental, está dedicada a Persia. En arquitectura, debemos a los persas el templo escalonado, el desarrollo de la cúpula, el arco ojival, el pórtico abovedado, el alminar y el azulejo. Sin olvidarnos de las alfombras persas, que son una representación del Paraíso Terrenal, o el diseño de los jardines, otra alegoría del Paraíso, presente en Al-Ándalus y en los claustros cristianos.
—¿Qué significa hoy Irán para el Islam?
—Desde hace casi cincuenta años, Irán está gobernado por una teocracia chiíta, la República Islámica, que sustituyó a la monarquía persa, vigente a lo largo de distintas dinastías durante más de 2.500 años desde los tiempos de Ciro el Grande. El chiísmo fue una herejía del Islam troncal o sunita, y durante las guerras intestinas prácticamente desapareció. Mucho tiempo después, en el siglo XVI, la dinastía safávida enarboló el estandarte chiíta para diferenciarse políticamente de las potencias sunitas vecinas: el imperio otomano al oeste y el imperio mongol al este. Hoy, como ayer, la religión es un asunto político. Irán es un régimen político chiíta rodeado de estados sunitas, aliados de Estados Unidos y de Israel. Cuando la Revolución Islámica tomó el poder en 1979, hizo suya la causa por la defensa de la independencia de Palestina, abandonada por todo el mundo islámico. Es decir, una rama menor del islam venía en ayuda de un pueblo oprimido por Israel y abandonado por todos los países musulmanes hermanos. Ésa es la raíz del conflicto.
—¿Cuándo nacieron las desavenencias con Estados Unidos?
—Nacieron en 1953. Con la connivencia del shah, Estados Unidos urdió el golpe de estado de 1953 que defenestró a Mosaddeq, el primer gobernante elegido democráticamente en la Historia de Irán, por lo que el pueblo iraní vio a Estados Unidos como un enemigo de su democracia y a su monarca como un traidor. Durante el siglo XX, la rivalidad entre chiítas y sunitas se centró en la producción de petróleo, con dos grandes antagonistas: Arabia e Irán. Para dirimir estas diferencias, equilibrar las fuerzas y domar los precios del crudo, se creó la OPEP: Arabia tiene las mayores reservas del planeta, pero Irán, unido al resto de países del golfo Pérsico, las supera en volumen. Sin embargo, lo que estamos viendo estos días es que el control de Oriente Medio puede cambiar de manos. El Islam puede perder su hegemonía. Ésa es la ambición del actual gobierno de Israel.
—¿De qué manera está presente Irán en la Biblia, cualitativa y cuantitativamente?
—Sin ir más lejos, Irán está muy presente en el Génesis. Las coordenadas del Paraíso Terrenal, si en algún sitio existió, podrían apuntar a un territorio que hoy ocupa Irán. El Arca de Noé encalló en los montes de Ararat, una región donde confluyen Turquía, Armenia, Azerbaiyán e Irán. En los zigurats elamitas ―Elam era la civilización que antecedió a Persia― está el origen del mito de la Torre de Babel. En los montes Zagros, al oeste de Irán, está el posible destino de las diez tribus perdidas de Israel durante su cautiverio en Asiria. La llegada de Ciro el Grande a las puertas de Babilonia y la liberación de Israel están narradas en el segundo Libro de Crónicas, y a partir de ahí hasta el final del Antiguo Testamento todo el mundo judío pasa inevitablemente por el filtro persa. La liberación de la esclavitud en Babilonia otorgada por Ciro de Persia no sólo permitió al pueblo judío regresar a su tierra, sino que Ciro además aprobó la recuperación del culto a Yahvé, devolvió los tesoros robados por el rey babilonio Nabucodonosor, patrocinó la reconstrucción del Templo de Jerusalén y alentó la compilación de las Sagradas Escrituras. No es de extrañar que Ciro sea la única figura que, fuera de la fe judía, tiene en la Biblia el trato de Mesías, «ungido por Dios». Finalmente, en el Nuevo Testamento tenemos a los Reyes Magos de Oriente, naturales de Persia y miembros de los magi, una casta sacerdotal que legitimaba a los emperadores persas. La mitad de los apóstoles predicaron en Persia. Dos de ellos, San Bartolomé y San Judas Tadeo, fundaron la Iglesia Apostólica Armenia. Ambos, junto a Simón el Zelote, serían martirizados en Persia.
—¿Qué significa la historia de la Torre de Babel?
—El Génesis nos habla de que la humanidad, tras el Diluvio, recibió el mismo mandato de Dios que éste había dado a Adán y Eva en el Paraíso: creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla. La humanidad, sin embargo, poco después comenzó a congregarse en la llanura de Shinar ―Mesopotamia― desoyendo el imperativo divino de llenar la tierra, y plantó los cimientos de algo que empezaba a ser una ciudad dominada por una torre que apuntaba a los cielos, construida con materiales que no se habían utilizado nunca: ladrillos de barro cocido y asfalto. Yahvé, para evitar que continuaran su labor, confundió las lenguas de los constructores, la empresa quedó abandonada y la expansión de la humanidad por el mundo prosiguió su curso. A esta ciudad se la llamó Babel, precursora de Babilonia, que en hebreo significa «confusión». Tradicionalmente, el mito de Babel se ha interpretado como una alegoría del castigo de Yahvé por la soberbia humana, ya que al intentar llegar al cielo, la voluntad de los constructores era ser como Dios. Lo doy por válido, pero tengo mis dudas. Si se trata de un pecado de soberbia, su categoría es análoga a la del Pecado Original, pues Adán y Eva comieron del fruto del árbol prohibido para igualarse a Dios no sólo en vida, sino también en conocimiento. El castigo de Adán y Eva, sin embargo, es terrible: la expulsión del lugar sagrado donde convivían en la presencia de Dios, la pérdida de la inmortalidad y la asunción de los rigores de la carne y de la muerte. En cambio, los constructores de Babel dejan de entenderse entre sí y cada uno sigue su camino. No parecen merecer el mismo castigo, y por tanto quizá sean pecados distintos.
—¿De dónde vienen estos mitos tan importantes, como la Torre de Babel, la Creación del Hombre y el Arca de Noé?
—Tienen su raíz en la mitología mesopotámica, cuyo origen antecede al Génesis en al menos mil años. Los 70 años de cautiverio en Babilonia pusieron en contacto a los autores bíblicos con una rica mitología primigenia que asimilaron y adaptaron con naturalidad en sus textos sagrados. En algunas de estas versiones, como en las tablillas del Enuma Elish, los primeros humanos construyen en Babilonia la torre del templo a mayor gloria del dios Marduk, dios supremo babilonio. En el relato de Enmerkar y el señor de Aratta, mediante un encantamiento las distintas lenguas se fundirán en una sola para adorar a Enlil, dios supremo sumerio. En general, la construcción de la torre y la unidad de las lenguas sirven en la literatura mesopotámica para honrar al dios principal del panteón. Es decir, quizá la Torre de Babel fue un templo para adorar a Dios, no una construcción para desafiarlo. Esto apoya la hipótesis de que el pecado de los constructores de Babel no fuese soberbia, sino simple desobediencia.
—¿Crees que este relato es histórico? Quizá sería mejor preguntar, qué hay de histórico en este relato.
—Para la arqueología, cualquier documento es histórico, porque da información sobre la época en que se escribió. Incluso los relatos legendarios y religiosos, como el de la Torre de Babel, nos ofrecen un contexto en base al cual poder analizarlo. En el caso de la Torre de Babel del Génesis, los expertos coinciden en señalar el zigurat del Etemenanki de Babilonia como la inspiración principal del mito judío. Etemenanki significa «Casa de la Creación del Cielo y de la Tierra»: su nombre da cuenta de la función de los templos mesopotámicos, que era poner en contacto a la divinidad con la humanidad. Tal como narra el Enuma Elish, era una gran torre dedicada al dios Marduk, el monumento más imponente de todo el imperio babilonio. Nabucodonosor, el tirano que mantenía cautivo al pueblo de Judá, lo había reconstruido sobre la base de otro zigurat más antiguo. A partir del dominio persa, el zigurat quedó abandonado, y para cuando Alejandro Magno marchó sobre Babilonia, ya estaba en ruinas. Quizá fue esa imagen de desolación la que fraguó el mito judío.
—¿Qué aspecto tendría la Torre?
—Se ha encontrado una estela en la que están representados Nabucodonosor y la torre del Etemenanki de Babilonia ―tanto en planta como en alzado―, así que podemos hacernos una idea muy aproximada de su aspecto: un zigurat de siete niveles escalonados. Un texto acompaña los dibujos, donde confirma que se construyó con ladrillos de barro cocido y asfalto, y que su cúspide llegaba a los cielos. Exactamente lo mismo que dice el Génesis. Si el pueblo judío quería humillar a Babilonia, lo natural era mancillar su símbolo nacional más eminente. Así pues, quizá Yahvé no castigó a los hombres por querer igualarse a Él, sino por querer ser como Nabucodonosor. Yahvé es un dios de pastores, enemigo de imperios y destructor de ciudades, en las que sólo se incuba el pecado, el mal y la idolatría.
—¿Por qué se suele situar el Paraíso en Irán?
—El Génesis describe el Paraíso Terrenal a partir de sus ríos: «Un río nacía en Edén para regar el Jardín, y desde allí se dividía formando cuatro brazos». A estos cuatro brazos les pone nombre: Guijón, Pisón, Tigris y Eúfrates. Dos de ellos se han perdido, pero los otros dos ―el Tigris y el Eúfrates― mantienen su curso en paralelo a lo largo de las llanuras de Iraq y confluyen en su desembocadura en el delta del Shatt al-Arab en el golfo Pérsico. La tradición, basándose en la confluencia de estos dos ríos del Paraíso, ha adjudicado al delta del Shatt al-Arab la posible ubicación del Edén, de manera que si el Jardín estaba al este del Edén, las coordenadas que nos indica son las de la provincia de Juzestán, la principal zona petrolífera iraní. Según algunos detalles más que da el texto bíblico, el río Karún, que atraviesa Juzestán hasta el delta del Shat al-Arab, se correspondería con el Guijón genesíaco, mientras que el reciente descubrimiento del antiguo cauce seco del valle fluvial Wadi-al Rummah de Arabia ―una zona bien conocida por sus ancestrales yacimientos de oro― se ha identificado como el Pisón, «que rodea todo el país de Jávila, donde hay oro», según el Génesis.
—¿Qué opinas sobre esta hipótesis?
—Esta hipótesis tiene dos puntos débiles. El primero es que en la Antigüedad estos cuatro ríos nunca compartieron sus aguas. La costa del golfo Pérsico se hallaba más al interior, a la altura de la ciudad de Ur, por lo que cada uno de estos ríos desembocaba directamente en el mar. El segundo punto débil es que el Génesis describe un río que se dividía en cuatro brazos, no cuatro brazos que confluían en uno. Para que esto suceda, debemos buscar no en la desembocadura, sino en las montañas donde está el nacimiento. Tanto el Tigris como el Éufrates nacen en Turquía, muy cerca el uno del otro, en la región antiguamente conocida como Urartu o los montes de Ararat, el lugar donde se posó el Arca de Noé. Si verdaderamente este territorio hubiera formado parte del Edén, al este hoy están las provincias montañosas iraníes de Azerbaiyán Occidental, Azerbaiyán Oriental, Ardabil y Guilán, que limitan con el mar Caspio. Estas provincias, en contraste con el resto de Irán, tienen un clima benigno y húmedo que favorece una vegetación exuberante y el crecimiento de bosques de un verdor extraordinario.
—¿Qué piensas tú sobre esta ubicación del Paraíso?
—Me convence más, pues cumple la descripción del Génesis, coincide con el lugar donde se posó el Arca de Noé tras el Diluvio y, además, se corresponde con la región de Aratta de la mitología sumeria, una región en el extremo del mundo conocido, rica en metales nobles y piedras preciosas, tal como apunta el Génesis. En cualquier caso, no se trata de encontrar el Paraíso Terrenal en sí, que quizá permanezca inaccesible en un sustrato espiritual, sino el lugar físico donde los autores bíblicos imaginaron que debía haber estado, independientemente de nuestras creencias religiosas.
—¿Cómo explican esto los propios iraníes?
—Para mí fue una sorpresa comprobar cómo en Irán, el país donde quizá hubiera estado el Paraíso Terrenal, sus habitantes conviven en todo momento con la idea del Paraíso. El persa anhela esa unión con la divinidad que en la Edad de Oro permitía el Paraíso Terrenal, de manera que busca este vínculo a través de múltiples vías, como el sacrificio, el martirio, la arquitectura, el éxtasis místico, el vino y la poesía, la decoración de las mezquitas y el trazado de jardines y alfombras.
—¿Cómo son esas alfombras?
—La alfombra persa es la representación más sutil del Paraíso y engloba a casi todas las demás. Toda alfombra simboliza un jardín o un oasis, idealmente formado por un estanque en su centro ―el medallón de la alfombra―, que baña los cuatro puntos cardinales, es decir, los cuatro lados de la alfombra. A su vez, la alfombra y el jardín son la perspectiva cenital de una mezquita, con la cúpula en el centro, inscrita en la planta. En otro nivel, según la geometría sagrada, si el cuadrado es lo terrenal y el círculo lo divino ―el cielo reflejado en el agua del estanque―, la unión de ambos representa el Cielo en la tierra, el Paraíso Terrenal. Para el sufismo, además, la alfombra revela la Belleza Divina: es un portal de comunicación, una imagen del reino celestial, donde el medallón es el tiempo infinito que ordena el espacio limitado por las cuatro esquinas del universo. Finalmente, el círculo inscrito en el cuadrado simboliza el alma encerrada en el cuerpo.
—¿Cuántas veces estuviste en Irán?
—Lamentablemente sólo he estado una vez. Es un país que merece más visitas. Sin embargo, apuré al máximo ese mes, que es el tiempo máximo concedido por el visado.
—¿Te resultó difícil hacer este viaje?
—No, en absoluto. Circunstancialmente, en la época en que viajé allí con mi mujer, las sanciones de Estados Unidos de 2018 acababan de entrar en vigor y la moneda se había devaluado mucho respecto a las divisas occidentales. Eso nos permitió hacer un viaje más cómodo con el mismo presupuesto y viajar con más frecuencia con conductor, lo cual te pone más en contacto con el país, ya que te brinda un trato directo con lo que está sucediendo, un acceso de primera mano.
—¿Qué otros viajes de este tipo has hecho?
—Viajo menos de lo que me gustaría, pero procuro que estos viajes sean largos. Conozco Europa y Estados Unidos, la África del Mediterráneo, Oriente Próximo, La India y Nepal, el Sudeste Asiático y Japón.
—¿Escribirás otros libros de este estilo?
—Sin duda. Mi mundo literario y viajero es el Mediterráneo y Asia. Mi tiempo es la Antigüedad. Y mi vocación es el asombro, el descubrimiento y el afán de dar explicación a las cosas que se resisten a ser explicadas mediante parámetros manoseados. Ésa es mi brújula. Ésas son las coordenadas donde se me encontrará.
—¿Realizarás algún otro viaje de este tipo pronto?
—Me gustaría hacerlo, pero buena parte de los países a los que dedicaría un gran viaje están en guerra.
—¿Crees que a los lectores les interesan estos libros?
—Espero que sí. Los lectores son siempre un misterio. Hay libros que tratan temas que de repente suscitan una reacción en el público, como si esos libros hubieran anticipado el signo de los tiempos. Y siempre ocurre de manera impredecible. En todo caso, a cualquier lector que se acerque a mi libro le estoy profundamente agradecido: en estos tiempos de confusión, entretenimiento y ruido, la atención de una persona es un bien precioso por el que siento gratitud.
—¿Piensas que estos libros interesan a los editores?
—El género del ensayo, y el de los viajes en particular, nunca ha tenido tantos lectores como la novela. Eso los editores lo saben. De un tiempo a esta parte, sin embargo, esa tendencia está cambiando ligeramente. Cada vez se lee más ensayo y, por tanto, los editores publican más libros de este género. Afortunadamente, es una buena época para el pensamiento.
—¿Te interesa el género del ensayo especialmente?
-Sí, aunque eso no significa que no lea otros géneros. Me siento cómodo en el ensayo porque me gusta estudiar. Encuentro placer en algo tan sencillo como el conocimiento.
—¿Qué escritores de este tipo de libros admiras?
—Todos los clásicos, obviamente. No es necesario nombrarlos. Aparte, mi libro descansa muy cómodamente a la sombra de las obras de Fernando Sánchez Dragó, de Javier Gomá, de Jorge Freire, de Andrés Trapiello, de Antonio Piñero, de Ángeles Espinosa, de Mauricio Wiesenthal, de Jorge Bustos, de Ana María Briongos, de Mikel Ayestaran, de Ángela Rodicio, de Patricia Almarcegui, de Juan Claudio de Ramón y de Javier Gil Guerrero, por nombrar sólo a unos cuantos. También a la de mis compañeros en este III Premio Sapientia Cordis de Ensayo, Rafael Núñez Huesca y Ricardo Calleja Rovira, respectivamente ganador y accésit del premio.
—¿Qué has aprendido de ellos?
—He aprendido de ellos lo que el escritor aprende cuando lee: a mirar las cosas de modos sutiles, a sofisticar el paladar, a templar el ímpetu, a dosificar las fuerzas, a domar el estilo, a entregar las mejores horas de los mejores días de los mejores años de nuestra vida a una tarea tan insensata como lo es escribir. En definitiva, a trabajar el texto hasta extraer lo mejor de uno mismo.
—Durante muchos años fuiste colaborador de Fernando Sánchez Dragó. ¿Está presente de algún modo en este libro?
—Colaboré muchos años con él en sus programas de televisión y en otros proyectos culturales. Junto a él fundé los Encuentros Eleusinos, unas convivencias de fin de semana sin sede fija centradas en el pensamiento, en la espiritualidad, en los misterios, en la literatura, en los viajes y en la salud. Llegamos a celebrar estos Encuentros no sólo en España, sino también en Kampot (Camboya), en Chauen (Marruecos), en Benarés (India) y en Eleusis (Grecia).
—¿Cuál de estos viajes te impresionó más?
—Guardo un recuerdo muy especial del viaje con Dragó a Eleusis, apenas un año antes de su fallecimiento, adonde fuimos acompañados de una treintena de viajeros eleusinos, de Javier Sierra, de Luis Alberto de Cuenca, de David Hernández de la Fuente y de Emma Nogueiro. Fue el último gran viaje de Dragó, precisamente a las fuentes de los misterios eleusinos, de la vida y de la muerte, de las que siempre hablaba en sus libros. Los misterios eleusinos trataban de enseñar a los ciudadanos de la polis que la vida continuaba después de morir, y del mismo modo los Encuentros Eleusinos han continuado estos últimos años, ahora capitaneados por Ayanta Barilli. Me gusta pensar que los Encuentros Eleusinos son el legado de Dragó y nosotros sus custodios.
—¿Dónde ves a Sánchez Dragó sobre todo en tu libro?
—Inevitablemente, Dragó está presente en este libro. Las vertientes de su literatura que más me interesan son la mítica y la viajera, que son fundamentales en su obra magna, Gárgoris y Habidis: Una historia mágica de España. En su ensayo, Dragó fuerza las costuras del género e introduce el relato de viajes, la biografía personal, la metanarrativa, la observación in situ, la investigación académica, la divulgación histórica, el análisis antropológico y el estudio del folclore, creando un artefacto literario de extraordinaria riqueza. El ensayo lo admite todo en las medidas adecuadas. En eso Dragó era un maestro.
—¿Qué opinas de la situación actual de Irán?
—Es una catástrofe. Dos potencias nucleares atacan a un país sin un armamento a la altura. La República Islámica ha masacrado a su población y merece desaparecer, pero no a costa de someter al país a una guerra. La identidad persa descansa sobre los pilares del orgullo de una civilización de seis mil años de antigüedad y del ejemplo del Imán Husain, figura análoga al Jesús cristiano, cuyo injusto martirio separó al chiísmo de la línea principal del Islam. La resistencia y el martirio chiítas frente al opresor, sumados a la dignidad persa, son, pues, el eje de abscisas y ordenadas por el que se rige la República Islámica. Si Israel y Estados Unidos persisten en su declaración de guerra, el conflicto se eternizará. Confío en que Israel y Estados Unidos recapaciten. El problema será ver qué queda de Irán cuando eso ocurra.
—¿Qué impresión te llevaste del pueblo iraní de hoy?
—Irán es un país amable y acogedor con el viajero. Por mi experiencia, el trato de su gente es cálido y siempre ofrecen su ayuda. Pese a estar oprimidos por un régimen teocrático, los persas son ilustrados, sofisticados, amantes de la poesía y las artes. Las mujeres, en particular, luchan cada día por sus derechos y libertades individuales, y muchas veces tienen éxito: el porcentaje de mujeres universitarias supera al de hombres, por ejemplo. Fue precisamente una iraní la primera mujer que ganó la Medalla Fields, el equivalente al Premio Nobel de Matemáticas.
—¿Volverás a aquellas tierras en el futuro?
—Sueño con poder regresar algún día para volver a pasear por los palacios de Pasargadae, de Persépolis y de Susa ―las capitales de Ciro, Darío y Jerjes―, para volver a admirarme ante la faceta interior de la cúpula de la mezquita del Jeque Lotf Allah en Isfahán, para descubrir los desiertos más inaccesibles en los rincones fronterizos del este y, en fin, para regresar al Paraíso.
—¿Qué tipo de escritor te gustaría ser cuando tu obra esté completada?
—No me lo he planteado nunca. Las personas cambiamos, los gustos cambian, los afanes cambian, las circunstancias cambian. En el libro me planteo el propósito de la escritura, remontándome a su origen, a la escritura cuneiforme persa y mesopotámica. Escribir era entonces como cultivar: se hacían surcos en la arcilla como se hacían en la tierra, y se sembraba información cuya relectura equivalía a cosechar lo sembrado.
—¿Podrías poner un ejemplo?
—Pese a la fragilidad de una tablilla de barro, esa cosecha sigue dando frutos 5.000 años después, tales como el Poema de Gilgamesh. Al final de su epopeya, Gilgamesh cobra conciencia de que quizá la única inmortalidad accesible a los mortales sea, en su caso, el relato de sus hazañas y la construcción de las imponentes murallas de Uruk, obra suya. En el Corán, la palabra de Alá es un árbol que da frutos en todas las estaciones. Escribir, hacer cosas bellas y útiles que puedan sobrevivirnos, es labrar un terreno que da frutos en todas las estaciones.







