La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a desempolvar el viejo manual del nacionalismo: “en México no mandan intereses extranjeros”. La frase, pronunciada durante la inauguración del Hospital “Agustín O’Horán” en Mérida, no suena a declaración de Estado sino a conjuro político para blindar un “segundo piso” que muestra fisuras.

En los viajes de fin de semana de la presidenta Sheinbaum se cuidan las escenas:  hospital nuevo, discurso patriótico y pueblo como escenografía moral. Ahí, la mandataria aseguró que “nada ni nadie va a detener la transformación”, porque el movimiento “nació del pueblo, creció con el pueblo y gobierna para el pueblo”. La repetición es la lógica del poder contemporáneo, insistir es sustituir la realidad.

El discurso presidencial revela que entre más se insiste en la soberanía, más evidente se vuelve la fragilidad del concepto. La soberanía que se proclama no es necesariamente la soberanía que se ejerce. Claudia Sheinbaum construye una presencia heroica, pero oculta sus ausencias; dependencia comercial, presiones diplomáticas, deuda estructural y subordinación económica disfrazada de cooperación.

Cuando Sheinbaum afirma que “aquí no mandan intereses extranjeros ni grupos de poder económico”, la frase se estrella contra la hemeroteca. Resulta difícil sostener semejante pureza soberanista mientras México negocia permanentemente bajo la sombra de Washington, las calificadoras financieras condicionan mercados y la agenda económica nacional sigue dependiendo del T-MEC y las inversiones trasnacionales. El rollo insurgente convive con el pragmatismo neoliberal que el obradorismo juró sepultar.

La presidenta también apeló: “el pueblo jamás volverá a arrodillarse”. La imagen funciona como recurso simbólico, aunque termina pareciendo una ironía en un país donde millones siguen doblados ante hospitales sin medicinas, violencia sin control y salarios insuficientes. El verdadero arrodillamiento no siempre ocurre frente a potencias extranjeras; a veces sucede frente a la burocracia, la precariedad o la propaganda.

En Mérida, Sheinbaum prometió 60 millones de consultas médicas y defendió las llamadas “rutas de la salud”, asegurando que ya se han distribuido 205 millones de piezas de medicamentos. Sin embargo, el dato no es suficiente porque repartir cajas no equivale a garantizar atención eficiente. En el morenismo, la estadística sustituye al diagnóstico y el número reemplaza a la experiencia cotidiana del ciudadano que sigue peregrinando de ventanilla en ventanilla para conseguir una receta surtida.

La “transformación”, convertida ya en significante absoluto, sirve para justificar, emocionar, confrontar y absolver. Los grandes conceptos políticos sobreviven gracias a sus contradicciones internas. 

México continúa atrapado entre la soberanía discursiva y la dependencia práctica; entre la dignidad proclamada desde el templete y la realidad que espera afuera del hospital inaugurado.

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