Por Antulio Ficachi
Si de por sí la frontera norte siempre ha sido tierra de leyendas, espías y balazos, lo que se vive en Baja California ya superó cualquier guion de Hollywood. Cuentan que en los pasillos de San Lázaro y el búnker guinda todavía no terminan de sobarse los ojos tras escuchar la audaz defensa de la gobernadora Marina del Pilar Ávila.
Eso de admitir que cayó “ingenuamente” y “de buena fe” en una cita a ciegas con supuestos agentes del FBI -orquestada nada menos que por su archienemigo íntimo de la 4T, Jaime Bonilla- para arreglar un asuntito de su visa, dejó a más de uno con el Jesús en la boca.
Para los malpensados de la política, la explicación oficial abre más dudas que certezas. Si la gobernadora no tiene acceso a información de seguridad nacional… ¿entonces qué les ofrecía a los gringos a cambio de su visado? ¿La receta secreta de la ensalada Caesar de Tijuana?
Lo único cierto es que, mientras ella jura que “la que nada debe, nada teme”, el “bonillismo” ya prepara las palomitas para la segunda temporada de unos audios que, dicen, vienen más cortados y editados que película de censura nacional.
¡Qué bonita familia de la transformación!
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Hablando de la frontera, el horno no está para bollos en Washington. El Departamento del Tesoro de Donald Trump acaba de ponerle la etiqueta de “terroristas transnacionales” al Cártel de Juárez y a Los Viagras.
Mientras en la Cancillería mexicana redactan el enésimo comunicado defendiendo la soberanía y rechazando el unilateralismo, en la Oficina Oval preparan la artillería pesada. Y es que, con la mira de Trump puesta en Irán -a quien promete “derrotar muy pronto” en una escalada que incluye bloqueos navales e intercambios de fuego-, queda claro que al inquilino de la Casa Blanca no le tiembla la mano para apretar el botón de las sanciones… o algo más.
¿Estará preparado el gobierno federal para cuando las amenazas arancelarias se junten con los “manotazos” antiterroristas en el patio trasero?
Es pregunta sin visa de por medio.
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Quien anda de manteles largos y con la sonrisa de oreja a oreja es la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle. Su aparato de propaganda inscribió en letras de oro la supuesta “hazaña histórica” de extinguir la bursatilización municipal que asfixió a 199 ayuntamientos desde la época de la fidelidad.
Sin embargo, en las mesas de café se comenta que la “hazaña” se parece más a una oportuna sepultura de la impunidad que a un acto de justicia. El secretario de Finanzas, Miguel Santiago Reyes, salió indignado a decir que el esquema era “leonino y abusivo”. La duda que carcome a los alcaldes es: si tenían más de mil millones de pesos congelados en el fideicomiso mientras a ellos los asfixiaban con los intereses, ¿quién se quedó con esos rendimientos o en qué se utilizaron?, y ¿quiénes son los beneficiarios del nuevo negocio financiero?
Al final, liquidar la deuda con millones de pesos del erario estatal -cuyo origen exacto sigue siendo un misterio más guardado que los secretos de Dos Bocas- no borra los años de sequía en obra pública.
Eso sí, fotos, discursos triunfalistas y felicitaciones mutuas hubo de sobra. De auditorías o denuncias penales contra los creadores y consentidores de ese monstruo bursátil, mejor ni hablamos.
Borrón, cuenta nueva y que viva la fiesta jarocha.
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Vaya sacudida la que le están dando a la administración de Banderilla, ahí pegadito a Xalapa. Vecinos del municipio andan que no los calienta ni el sol porque dicen que el Ayuntamiento parece sucursal de la capital del estado.
Se quejan de que directores, asesores y hasta ediles no conocen ni las calles del pueblo porque son “puros xalapeños importados”. Dicen los inconformes que, para la otra, mejor mudan el palacio municipal a la capital y les ahorran el viaje de traslado a los funcionarios.
La duda que queda flotando entre la neblina y el chipi chipi travieso es si Xalapa está exportando talento… o nomás las viejas mañas de la burocracia estatal.
¡Qué tal!

