Por Antulio Ficachi

Puros chistes de mal gusto andan circulando en los pasillos de la Secretaría de Gobernación. Cuentan que el nuevo eslogan institucional para los medios de comunicación no será el tradicional “La Verdad nos hará libres”, sino “La Verdad será lo que diga el Artículo 12, o hay tabla”.

Más de uno en el gremio periodístico sintió frío en la espalda tras la advertencia del mismísimo Relator de la ONU y director de Artículo 19, Leopoldo Maldonado. Y no es para menos: el anteproyecto federal para regular noticias y opiniones en radio y televisión trae una dedicatoria tan clara que bien podría incluir acuse de recibo.

Bajo el tierno e inofensivo pretexto de defender los “Derechos de las Audiencias” y combatir la desinformación, en el Palacio Central parecen haber encontrado la fórmula perfecta para alinear a México en la distinguida liga de campeones del control social, junto a potencias de la libertad como Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Lo que arrancó en el sexenio pasado con el simpático sketch matutino de “Quién es quién en las mentiras” y escaló a las pifias de “Infodemia”, hoy evoluciona a su versión remasterizada. La gran pregunta que flota en el aire es: si el Gobierno federal se erige como el árbitro supremo de lo que es “falso”, “atemporal” o “fuera de contexto”, ¿quién va a arbitrar al árbitro cuando la realidad no coincida con el discurso oficial?

Misterio, misterio.

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Hasta el escritorio del titular de la SEP, Mario Delgado, llegó el portazo definitivo para las llamadas escuelas “militarizadas” privadas. Tras la tragedia de la pequeña Dafne en Tamaulipas —y los aberrantes antecedentes en el Estado de México y Morelos—, la indicación desde la oficina presidencial fue tajante: clausura inmediata a todo lo que huela a disciplina castrense patito.

Pero mientras la educación pública “humanista” busca expulsar los marchantes y los uniformes tácticos de las aulas particulares, en la acera de enfrente la realidad tiene otros datos. Y es que resulta casi irónico que el Estado prohíba a los civiles jugar a los soldaditos en los colegios, mientras a las Fuerzas Armadas de verdad se les otorgan las llaves de las aduanas, los trenes, los aeropuertos y las constructoras del país.

A eso en mi pueblo le llaman amor apache.

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Desde las benditas tierras de Veracruz llegan dos noticias que tienen con el Jesús en la boca a más de un funcionario. La primera es que el hongo del “amarillamiento” tiene bajo fuego a casi 10 mil hectáreas de caña de azúcar en municipios como Úrsulo Galván y La Antigua, amenazando la producción de los ingenios El Modelo y La Gloria.

La segunda —y acaso más intoxicante— es el insólito hallazgo en pleno Coatepec. En la mismísima cuna del café gourmet y la orquídea, las fuerzas federales toparon con un centro de almacenamiento y procesamiento de “huachicol” a tiro de piedra de Xalapa.

El Gabinete de Seguridad salió presuroso a aclarar que no se trataba de una “refinería clandestina” —¡faltaba más!— sino de un simple patio de acopio y distribución de combustible robado. 

¡Ah, bueno! Menos mal que era solo una bodega de huachicol en medio de la zona urbana y no una competencia directa para Dos Bocas.

Qué alivio.

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