Por Juan Manuel González/Zenda

Mientras Spider-Man: Brand New Day apunta a recuperar el brillo perdido (al menos, en la taquilla) por Marvel Studios en próximos años, mero anticipo de todas formas para el golpe de efecto de emergencia de Vengadores: Doomsday dentro unos meses, cabe asegurar una serie de puntos que, no por sabidos, resultan menos provechosos para la película que dirige Destin Daniel Cretton, que toma el relevo (para bien) del progresivamente mediocre Jon Watts, responsable de las anteriores entregas con Tom Holland.

Lo primero, que Peter Parker es, con diferencia, el personaje más dúctil y provechoso de todos los de la galería de héroes del estudio fuera del monumental ejercicio de world-building y construcción de franquicia de la saga. Su particular travesía por el desierto en Brand New Day, olvidado por todos y en particular por su gran amor, Mary Jane (Zendaya), resulta convincente hasta el extremo, haciendo madurar al personaje y dirigiendo la jovial saga de instituto de Marvel al delicado tono de la aún no superada Spider-Man 2, de Sam Raimi: el de un melodrama sobre la soledad de un joven que se debate entre la obligación moral y la consecución de sus propios deseos.

Esto quiere decir que el film se muestra más convincente cuanto más intimista se vuelve, lo cual funciona casi siempre en favor de Brand New Day: pese a que Cretton otorga a las escenas de acción un dinamismo superior y extremadamente convincente, que parece inspirarse (visual pero también narrativamente) no solo en la labor de Sam Raimi sino también en la galería de videojuegos de mundo abierto de Insomniac para consolas de última generación, el film descansa sobre una trama mínima y sentimental a la que no cabe poner la más mínima pega.

Pero aquí el film encuentra, no obstante, sus primeros problemas. Después de que Cretton se haya establecido como un buen realizador para Spider-Man y Peter Parker, su puesta en escena se reduce a sí misma a un indistinguible plano-contraplano típico de cualquier producto Disney+ en no pocas escenas. Lo sostiene, en todo caso, un reparto que nunca ha estado mejor, incluyendo al matrimonio Holland/Zendaya, que parece haber encontrado cierta madurez en secuencias hipnóticas, dignas del mejor Raimi o incluso los dos films infravalorados con Andrew Garfield, como la de la caída al patio tras la primera transformación (una humillación al personaje que parece sacada de la perversa imaginación del creador de Posesión infernal) o la conversación entre los dos amantes en la azotea (y esa luz roja que baña el rostro de Mary Jane antes del salto, y que dice todo lo que necesitamos).

Bien es cierto que el film es, en realidad, un anticipo de la próxima saga que sostendrá el UCM de aquí a próximos años, y de la que —pese a los spoilers presentes en toda la red, la de internet, queremos decir— nos ahorraremos aquí el nombre, al menos hasta el final del artículo. Pero la aparición de Sadie Sink en un papel trascendental, así como la de Jon Bernthal como Punisher (la de Hulk es relativamente innecesaria) no resienten el desarrollo de la (leve) intriga y parecen siempre venir al cabo de los personajes. El tejido argumental del film, sucinto una vez despojado de spoilers, es flojo, pero está sostenido en elementos lo bastante fuertes en su esencia como para aguantar las obligaciones de formar parte de una saga multiversal.

Es más, le viene bien a la película para funcionar con un clímax, de nuevo, extraordinariamente personal y reservado. Que toda la resolución culmine no en una escena de destrucción y efectos sino en el interior de un recuerdo compartido da la medida de lo bien que la película de Cretton nos engaña, para bien, con la escala de los acontecimientos. Con este buen foco, al film se le perdonan errores e imperfecciones, que los tiene: estamos, por fin, ante el Spider-Man de una nueva generación, el que se ve obligado a convivir no solo con la inestabilidad de la vida juvenil sino con la de las realidades cambiantes, el que vive en un mundo en camino de acostumbrarse a pandemias u otras sorpresas globales que en nada desmerecen a las de un cómic de grapa. Esto el film lo traduce en el surgimiento de una nueva especie, en transformaciones físicas y psicológicas como la que afronta el propio personaje, cada vez menos Peter y más araña, a la vez que el estudio lo ata con fortuna al surgimiento de —vamos a decirlo ya— el universo de los mutantes (¿es el chip en la nuca una referencia a las terapias de supresión que tan bien encajan en el universo de X-Men, más que una referencia cinéfila a Invasores de Marte?).

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