Por Iván Gastañaga/Zenda
Tiempo de moscas (Armaenia, 2026) es el primer libro publicado por la escritora armenia Nariné Kroyán en España y traducido a nuestro idioma por Nelli Minsayán. La editorial sigue apostando por brindar al lector español lo mejor de las escritoras armenias actuales y acercar a España la realidad de Armenia, su cultura y su literatura.
Tiempo de moscas habla de los armenios, de los armenios de Artsaj que durante cuarenta días en otoño de 2020 sufrieron el asalto armado y la posterior invasión parcial por parte de Azerbaiyán. El ejército azerí perpetró un ataque terrestre con blindados, artillería y drones. Esto está perfectamente documentado por Kroyán, cómo suena la guerra, y está brutalmente narrado qué se siente cuando caen los primeros proyectiles y cómo el trabajo, la familia, la rutina y las calles de Stepanakert de repente se transforman en un infierno para los civiles y también para los soldados.
Kroyán nos muestra las heridas de los soldados, la sangre, sus emociones, y también nos narra la muerte: la de unos 3.800 hombres jóvenes que perdieron la vida, y años más tarde, también su país.
Vemos y sentimos la guerra a través de Sona, que es esposa y madre de soldados. Sin pensarlo dos veces, cargada de voluntad y también de miedo, sale hacia el frente para buscar su hijo Armand. Lo que Sona verá y experimentará hará que el lector se quede encerrado entre las páginas de este libro pensando cuáles son los límites de la violencia y hasta dónde puede llegar una madre por reencontrarse con su hijo en mitad de un sangriento conflicto.
Kroyán escribe sobre los grandes temas de la literatura universal: el conflicto, la pérdida, la identidad, la familia. Pero hay algo esencial en este libro: el objetivo de Kroyán no es ayudar al lector a entender el conflicto político ni armado, su origen o resolución, sino sumergir la cabeza del lector en la crudeza y en la violencia de aquella invasión y sus devastadoras consecuencias para las personas.
Tiempo de moscas nos traslada a lo que Kroyán antes definía como un paraíso y ahora es una tierra vacía y ocupada, donde los armenios no han podido volver a casa: Arstaj.
***
—Visitó España en junio, en concreto la Feria del Libro de Madrid, donde presentó Tiempo de moscas. ¿Cómo fue su experiencia en nuestro país?
—Me gustaron mucho España y los españoles. También tuve la oportunidad de estar cara a cara con las obras maestras del arte mundial en la capital, visitando el Prado, el Reina Sofía y otros museos y exposiciones. Estuve cerca de la estatua de mi querido Cervantes, probé los sabores de España y vi gente amable con los visitantes extranjeros. La gente es igual en todas partes: amantes de la literatura, lectores… Nunca había visto una feria del libro de tal magnitud. Había muchísima gente, y espero que también se conviertan en futuros lectores.
—¿Cuándo se convirtió usted en lectora, y en escritora?
—Quizás me convertí en escritora antes que en lectora (se ríe), porque cuando era muy pequeña y no sabía leer ni escribir inventaba cosas como relatos breves o poemas, que mis padres y mis tías escribían. Por supuesto, me enteré de esto más tarde, cuando releí alguna de esas notas y me reí. Me convertí en lectora como todo el mundo, después de aprender las letras. Leo mucho, siempre me ha encantado leer. Nunca pregunté qué debería leer, porque cada uno debe decidirlo por sí mismo, y para eso hay que leerlo todo. Eso es exactamente lo que hice. Mi bien y mi mal, mi belleza y mi fealdad no siempre fueron los mismos que los definidos por los demás, y esto, en mi opinión, es la diferencia entre un individuo con rostro propio y una multitud con un solo rostro.
—No tenemos mucha literatura armenia en español, pero poco a poco nos llegan magníficos libros, sobre todo de mujeres. ¿Qué preocupa hoy a las escritoras armenias?
—La literatura armenia, como su país, tiene pocas oportunidades de darse a conocer en el mundo. Pero hoy contamos con la Agencia Literaria Ari y un equipo de personas entregadas que ha asumido esta digna misión. Presentan al mundo mi literatura, que es la historia de mi sangre. Creo que los temas de la literatura y del arte en general, incluida la literatura armenia, son los mismos: el amor, el odio, la traición, las pruebas… que son herramientas en la difícil misión del ser humano de seguir siendo humano. Esto es lo más difícil de la vida. Todo en nuestra vida es una prueba.
—¿Y la guerra?
—La guerra también es una prueba, una prueba cruel, que revela verdaderamente quiénes somos, como individuos y como colectivo, como una nación específica. Esta prueba aún no ha terminado para nosotros, y lo digo con tristeza. No puedo hablar por todos los escritores armenios, pero mi literatura trata sobre un individuo y una nación. Ambos atraviesan el dolor. Escribo sobre su voluntad y su fortaleza, sobre el amor al prójimo, y por lo tanto sobre el sentido de la existencia y de la misión.
—Tiempo de moscas y Artsaj. ¿Por qué la guerra y la devastación en Artsaj siguen sin atraer la atención internacional?
—Hace mucho tiempo se decía que el mundo se sostenía sobre tres elefantes, o puntos de apoyo. Hoy el dinero determina la existencia o no existencia del mundo, de un país, de un pueblo. Somos una nación emotiva, en cierto modo ingenua como un niño, y creemos en las palabras dulces de los poderosos del mundo, nos entusiasmamos… No somos más que un territorio en este mundo de ganancias y dinero, un territorio de ubicación estratégica, y eso es lo único que interesa a los poderosos del mundo.
—La población étnica armenia de Artsaj eran unas 120.000 personas. Hoy no queda nadie. ¿Qué se siente con esta pérdida?
—¿Recuerda lo que decían los organizadores del Genocidio Armenio sobre los armenios, que los masacrarían y dejarían solo a uno, como pieza de exhibición en un museo? Ahora no son tan cínicos, ahora visten las palabras con ropajes bonitos, hacen llamamientos humanitarios, se compadecen de 120.000 personas sin hogar, privadas de su patria. Pero ninguno de los que se compadecen ha estado en el cementerio de Yerablur. Ninguno de ellos ha oído el silbido desgarrador del viento enloquecido como un cuchillo en el bosque de miles de banderas armenias que ondean sobre las lápidas de los hijos patriotas de Armenia.
—¿El mundo volvió a olvidarse de los armenios?
—Sí, el mundo se ha olvidado de los armenios (de su patrimonio cultural, que el invasor ahora destruye o del cual se apropia para “crearse” una historia propia), pero nunca se olvidará de sus propios intereses. Siempre ha sido así, es así y así será, si no dejamos de ser infantiles, si no somos educados y diplomáticos, si no tenemos mil rostros y somos astutos. Y nosotros seguimos siendo patriotas enloquecidos, lo cual desde hace tiempo es un anacronismo en el mundo.
—Tradicionalmente, los hombres escribían sobre la guerra y los soldados, y las mujeres escribían sobre las secuelas del conflicto. Pero Tiempo de moscas hace ambas cosas. Usted nos cuenta la historia de jóvenes soldados. Podemos ver las heridas, el dolor. Y sobre todo, nos narra lo que siente una madre, Sona. ¿Por qué es crucial el punto de vista de una escritora sobre la guerra para comprender los conflictos pasados y actuales?
—Para responder a esta pregunta debo remitirme a José Ortega y Gasset. En particular a su teoría de la deshumanización del arte (y de la literatura), ya que vivimos en esos tiempos. Es cierto que la posmodernidad suavizó en cierto modo el rostro inhumano del modernismo, pero hoy la persona es vista globalmente como un consumidor, como un vacío que hay que llenar, por lo que lo humano y lo moral quedan relegados a un segundo plano, por decirlo suavemente. Al contar la guerra quiero hablar de una persona que está obligada a ser persona en cualquier situación, sin importar el lugar, el tiempo ni las circunstancias. Y hay que luchar para ser y seguir siendo persona. Porque como dice Hrant Matevosián: «El ser humano y el animal se diferencian por la memoria. La memoria se sitúa entre el animal y la persona. Cuando estás en los recuerdos, ardes, eres humano, tienes cuentas pendientes, estás inquieto. Sin embargo, cuando no los tienes pasa esto: mira allí, en campo abierto, una vaca pasta sin recuerdos, mientras que ayer degollaron a su ternero». Hoy en día el instinto animal de autopreservación lamentablemente nos hace olvidar el dolor. Temo que algún día dejemos de ser humanos. Por eso escribo, causo dolor, y, como Don Quijote, quiero creer que el humanismo vencerá al monstruo de la deshumanización.
—¿Cómo aprendió sobre todo tipo de armas? En las páginas se escuchan, se sienten y hasta se percibe el olor de los fusiles, cañones y bazucas. El libro también es mucho ruido, de la guerra.
—La literatura, la creación de un libro, es una gran responsabilidad. Por eso, si se escribe sobre algo que no se conoce, o que se cree conocer, no está bien. Escribí Tiempo de moscas durante mucho tiempo, porque estudié una enorme cantidad de materiales, escuché relatos de testigos, leí informes de diversas organizaciones y de expertos, de fuentes abiertas. La guerra, sí, también es sonido: el estruendo de los fusiles, los aviones, los tanques, el rugido; pero lo más doloroso y lo más fuerte es la voz de quien llora la pérdida de un amigo, de un familiar, de un anciano, de un hijo aún no nacido, sin importar el sexo.
—¿Cuál es el sonido de la guerra de Artsaj?
—Esta guerra de Artsaj, sin embargo, fue más bien una guerra de hombres que lloraban, una guerra de la impotencia de muchachos fuertes.
—¿Cuál era el sonido de Artsaj antes de la guerra?
—Antes de la guerra, en Artsaj había sol, aire y paraíso. El sonido del paraíso no se oye con los oídos. Hay que tener corazón.
—¿Cree que la literatura ayuda al lector a procesar el trauma y sanar el dolor de alguna manera?
—No lo sé. Pero mil tipos de psicoterapia afirman que es posible. En realidad, no escribí este libro para curar el dolor y el trauma. Al contrario, quiero que nadie olvide ese dolor, como la vaca de Matevosián. Tiempo de moscas y mis otros relatos sobre el tema de la guerra son una deuda de mi alma para con mis preciados hijos que murieron, que están desaparecidos y que sufren en prisión. Es una pena que no haya podido, y no pueda, hacer más por ellos.
—¿Cómo están sobrellevando los armenios la pérdida de Artsaj?
—Esta es una pregunta verdaderamente dolorosa. Artsaj es una parte de mi patria, lo que significa que es una parte de mi cuerpo, que he perdido, que me ha sido arrancada, que me ha sido quitada. Estoy discapacitada porque mi país está discapacitado, enfermo.
—¿Dónde encontrar la esperanza?
—Espero recuperarme algún día, porque si existe una lucha por no morir, esa es justa, y la más preciada de todas las luchas es la lucha por la justicia.

