Por Antulio Ficachi
Puros trucos en la ‘nube’ y diplomas al vapor. Resulta que en la plataforma educativa federal SaberesMX –esa misma que presumieron desde Palacio Nacional– bastaba con un un par de clics para convertirse en el nuevo Einstein del bienestar sin haber tocado jamás un solo módulo. El numerito lo desnudó Latinus y la respuesta del gobierno no fue arreglar el entuerto, sino cancelar los certificados de prueba emitidos para demostrar el ridículo. Tapar el pozo tras el ahogado, pues.
Lo interesante no es sólo el “acople” tecnológico, sino el nombre de la joyita corporativa que está detrás del código base: Territorium Life. ¿Les suena?
Es la misma firma fachada responsable del histórico y bochornoso examen en línea de la UNAM, aquel donde los aspirantes hicieron trampa a diestra y siniestra hasta forzar a la Máxima Casa de Estudios a regresar a la vieja, confiable y presencial hoja de respuestas con lápiz del número 2.
Cuestión de algoritmos: la compañía aparece plácidamente en los avisos de privacidad oficiales. O sea que el software que no pudo cuidar los exámenes universitarios terminó cobrando del erario federal para repartir títulos como quien reparte folletos en la calle.
¿Control de calidad? No, hombre, para qué. Con que el logotipo sea guinda, el sistema pasa la materia.
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En el estado donde el mar choca contra los sobrecostos, a la gobernadora Rocío Nahle le dio por la melomanía electrónica. Nada más y nada menos que 45.4 millones de pesos del erario federal se despacharon en un trámite exprés de 48 horas –vía adjudicación directa, ¡faltaba más!– para armar el bailongo de Martin Garrix en el Malecón de Veracruz.
Para eximir la licitación pública, la Secretaría de Cultura federal desempolvó la siempre servicial “especialidad del servicio” e invitó a una sola firma vinculada al gigante Ocesa.
Prometieron un “evento gratuito para el pueblo”, pero a los contribuyentes que sí producen la factura les llegó bien cobrada y por adelantado.
Con todo y suéter la gobernadora y sus allegadas festejaron un aforo de 130 mil pejezombies bailando al ritmo del DJ, presumiendo una mágica “derrama económica” de 600 millones de pesos. Claro está, sin presentar una factura o prueba que sostenga semejante acto de fe.
Pan y circo… aunque el pan lo pague el de enfrente y el circo salga a precio de oro.
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Pero si de fantasias hablamos, el verdadero “drop” electrónico no fue en el malecón, sino en Dos Bocas. La refinería Olmeca, esa obra cumbre de la propia Nahle que prometió la soberanía energética, hoy se le desploma en las manos a PEMEX.
Las cifras no mienten, aunque la propaganda patalee: en el primer semestre de este 2026, la producción de la planta en Paraíso, Tabasco, cayó un 31%, pasando de más de 205 mil barriles diarios en enero a unos tristes 141 mil en junio. La magna obra opera a menos del 42% de su capacidad.
Entre fallas técnicas, un coque logísticamente atorado y yacimientos nacionales que pierden presión a ritmo acelerado, el monumento al sobrecosto se ahoga en su propio chapopote.
Eso sí, la gobernadora despacha feliz con fuero estatal mientras la cuenta la sigue pagando el país.
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A ver, a ver… Vaya brillante ocurrencia de la gobernadora Rocío Nahle: censar periodistas vía la CEAPP para repartir certificados de “ética”.
Con el pretexto de barrer “falsos reporteros”, el invento huele a bozal; un padrón oficialista para premiar a la aplausocracia dócil y asfixiar al incómodo contrapeso independiente.
Lo tragicómico es la confesión implícita: ¡ni directorio de medios tienen! Exigen domicilio y datos sensibles para “protegerlos”, ignorando que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya dejó claro que el Estado no da patentes de corso sin pisar la inconstitucionalidad.
¿Quién decide quién es periodista en Veracruz? Ciertamente no un gobierno que confunde la línea editorial con la nómina. La desesperación por acallar críticas evidencia que la “4T jarocha” sólo premia a sus coristas de cuarta.
Nahle olvida que el periodismo real no pide bendiciones en Palacio… ni cabe en sus listas de raya.
La ignorancia siempre ha sido atrevida, pero cuando se combina con la incompetencia, se convierte en la modalidad más pura, elegante y cínica de la corrupción.
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Se cumplieron cuatro décadas sin el grandioso Renato Leduc, aquel tipo de colmillo retorcido, ironía fina y Premio Nacional de Periodismo en 1978 -de cuando esos reconocimientos no los regalaban asociaciones de ‘periodistas’, en grupos de WhatsApp o a merolicos en pijama transmitiendo desde el baño-.
Cuentan que la mismísima María Félix, acostumbrada a batear a cuanto pretendiente le saliera al paso, se le declaró abiertamente al poeta. “¿Por qué no te casas conmigo?”, le soltó La Doña. A lo que Leduc, con esa sabia rotundidad, que tanta falta hace hoy en la política, le contestó: “No, no me chingues, María. Yo estoy contento de ser el señor Leduc, ¿por qué voy a ser el señor Félix? Tú tienes que casarte con alguien como Stalin; fuera de ese cabrón, a todos los demás te los chingas”.
Viendo cómo anda hoy la caballada en la escena pública, donde cualquier junior con apellido ilustre presume que va a ser “el más honesto” rodeado de acusaciones de huachicol y compadrazgos, a más de un personaje de la política actual no le vendría mal un trozo de esa lucidez… o de menos, que alguien les recuerde que no por llamarse “Señor López” o “Señora Gobernadora” se les quita lo ordinario.

