Por Antulio Ficachi
¡Ah, qué tiempos aquellos en que la política mexicana se resolvía con una llamada de teléfono descompuesto desde Los Pinos! Hoy la música suena desde el norte y trae un ritmo de jarabe tapatío bailado con botas de la DEA.
Resulta que mientras en el altiplano y en los pasillos de Morena practican la mística disciplina de “hacer como que la Virgen les habla”, en Washington el director de la agencia antidrogas, Terry Cole, desenfundó el rosario… pero no precisamente para rezar.
Su mensaje al “soberano funcionariado patrio” fue tan claro como agua de manantial: ni la militancia, ni el chaleco guinda, ni las estampitas de San Cayetano sirven ya de blindaje si hay sospechas de complicidad con los cárteles del crimen.
Para los machuchones que juraban que los “abrazos” alcanzaban fuero internacional, el balde de agua fría llegó sin traducción simulada: “Ningún título, cargo ni conexión política los protegerá”.
A ver a cuántos en el gabinete se les empieza a cortar el digestivo.
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Y cuando la DEA saca la báscula, en el Senado la oposición saca la matraca. El priista Manuel Añorve -con esa elocuencia tan suya que oscila entre la nostalgia tricolor y el melodrama parlamentario- salió a gritar que los nuevos Lineamientos de Audiencias no son más que un “traje a la medida” para un Estado autoritario.
Dice Añorve que la 4T busca ponerle chícharo y bozal a los medios para que nadie pregunte por el huachicol fiscal ni por los prósperos muchachos de Palenque.
Y en un arrebato de sarcasmo muy de su estilo, sugirió contratar a los refinadores clandestinos para salvar la refinería de Dos Bocas, refina de todo, menos petróleo.
Ironías de la política: los que antes censuraban hoy se rasgan las vestiduras, pero el dardo, hay que reconocerlo, dio en el centro del taburete.
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Dicen que “amor con amor se paga”, pero en las frías oficinas de la Secretaría de Hacienda traducen el proverbio como “amor con recorte se cobra”.
La bomba cayó a plomo en Veracruz: en este primer semestre de 2026, la administración de Claudia Sheinbaum le propinó un severo tijeretazo de 17.4% a las participaciones federales del estado. El zarpazo colocó a la entidad como la segunda más castigada del mapa nacional, tan solo por detrás de la siempre golpeada Campeche.
Y es que cuando en la capital presumen sobriedad franciscana, la Recaudación Federal Participable se desplomó un 3.4%, empujada por una caída del 9.8% en la captación del ISR y un boquete del 12.1% en la renta petrolera.
Se sabe que la difusión de estos datos oficiales abonó al de por sí ‘exquisito’ carácter de la gobernadora Rocío Nahle. Con la liquidez en mínimos históricos, en los palacios municipales resurgen como fantasmas las dudas sobre la famosa -y poco transparente- “liquidación bursátil municipal”. ¿De dónde saldrá para pagar la nómina ahora que el centro cerró la llave?
En Veracruz las cuentas simplemente no cuadran y las explicaciones oficiales, como de costumbre, brillan… pero por su ausencia.
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Acostumbrados a ver cómo la propaganda local promueve a Veracruz en redes como si fuera el país de las maravillas, en Los Tuxtlas y la Cuenca del Papaloapan el azucarado discurso del bienestar tropezó feo contra la realidad.
El paro de operaciones del ingenio San Pedro tiene en vilo a familias enteras de San Andrés Tuxtla, Ángel R. Cabada, Santiago Tuxtla, Tlacotalpan, Saltabarranca y Amatitlán. El colapso del coloso cañero no es obra del azar; el sector llevaba tiempo advirtiendo las consecuencias del libre ingreso de jarabe de maíz y azúcar sin arancel.
Vaya contraste: la industria azucarera local baja la cortina al mismo tiempo que México bate récords de exportación del endulzante hacia Estados Unidos.
Paradojas naturales de la economía con sello de ‘transformación’.
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Y para rematar con toque de tragicomedia, el secretario de Desarrollo Económico estatal, Ernesto Pérez Astorga, anda deseoso de colgarse la medalla de los 1,287.8 millones de dólares que ingresaron al estado por concepto de remesas en la primera mitad del año. La urgencia no es casual: hay que tapar los nulos resultados de su gestión, similares a los que cosechó cuando quebró la empresa de su señor padre.
Acostumbrado a la farándula y a su “abolengo de cuarta”, Don Ernesto parece ignorar que ese dinero enviado por los paisanos llegó porque tuvieron que huir del estado por falta de empleo y oportunidades de desarrollo. Esa pirueta conceptual de presumir la expulsión de mano de obra como logro macroeconómico no se la explica ni con su flamante doctorado en administración.
Las remesas no son un triunfo del gobierno: son la factura del éxodo. Pero en la administración del click, cualquier billete verde sirve para adornar la escenografía.


