Por Antulio Ficachi

Cuanto más se enredan los cables en la diplomacia de opereta, más rápido descubren en Washington la pólvora. Pete Hegseth, el flamante secretario de Guerra de Donald Trump, andaba despejando la mente en la jungla panameña cuando soltó la bomba: van tras los cárteles con la famosa “cadena de eliminación” afinada en las estepas afganas.

Al estilo del Pentágono, nada de procesamientos lentos ni el famoso “capturar y liberar”. La consigna es barrer con el fentanilo y la cocaína al costo que sea, incluso si hay que ametrallar las “plazas” en suelo patrio. Vaya recadito para Palacio Nacional, donde la doctrina del “abrazos, no balazos” parece haber mutado al dogma de los “parches de agua fría”. 

Mientras el Comando Sur y el Comando Norte afilan las garras, en México la estrategia de defensa consiste en… señalar comunicadores en la mañanera.

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Hablando de señalamientos, la consejera jurídica Luisa María Alcalde saltó al escenario del “Derecho de Réplica” para desempolvar una práctica digna del estalinismo tropicalizado: la lista negra del régimen. En un PowerPoint que envidiaría cualquier comisario político, la funcionaria expuso la “anatomía del mal” alineando a 32 figuras de oposición, periodistas y hasta cómicos de YouTube.

Más de uno en la lista celebró la mención con un tequila en la mano, como Chumel Torres, o presumiendo la medalla al mérito democrático como Alessandra Rojo de la Vega. Lo preocupante no es la impericia digital de la 4T para teorizar sobre redes y “comentócratas”, sino que el aparato del Estado gaste tinta, tiempo y presupuesto público para amedrentar a la prensa mientras desde el norte le recuerdan a México que la soberanía se defiende con hechos, no con listas de “enemigos del pueblo”.

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Y en el Macondo jarocho, la comedia financiera no desmerece. El actual mandamás de la Sefiplan, Miguel Reyes Hernández, salió ante los contadores de Xalapa a rasgarse las vestiduras denunciando que en el sexenio del simpático Cuitláhuac García la dependencia se la pasaba “papaloteando” y escondiendo la deuda pública debajo de la alfombra.

Lo curioso del dardo es la puntería: el encargado de aquel desastre era nada menos que José Luis Lima Franco, hoy instalado cómodamente en el INDETEC y apadrinado —dicen los que saben— por el mismísimo auditor superior Aureliano Hernández Palacios Cardel. 

Si en el equipo de Rocío Nahle andan disparándose al pie entre aliados, habrá que recomendarles un buen curso de balística política, porque la matemática de la deuda no perdona, por más que la disfrazaren de “gastos corrientes”.

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Donde la magia sí superó a la realidad fue en la Contraloría General del Estado, de la joven Barbara Galindo. Resulta que la contralora y su Comité de Transparencia descubrieron la máquina del tiempo. Para negarle a la prensa el acceso a las declaraciones patrimoniales de la gobernadora Nahle, clasificaron la información un 1 de julio… ¡sobre una solicitud que no llegó sino hasta el 3 de agosto!

Esa proeza de la clarividencia burocrática dejaría ciego al mismísimo Nostradamus. Argumentan que defender los datos personales exige un “no” categórico, olvidando la pequeña molestia legal de entregar versiones públicas. 

En Veracruz, la Contraloría dejó de ser el perro guardián del presupuesto para convertirse en el tapete de entrada del Palacio del Mármol.

Le tienen un pavor al ojo público que raya en la fobia médica.

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Y para cerrar con broche de oro esta kermés de la opacidad, la octava edición del Festival del Pambazo en Xalapa iniciará ahogada, no en salsa, sino en irregularidades. A los abnegados emprendedores les clavaron una cuota de 3 mil pesos por puestecito, pero con una pequeña chicana: el cobro se hizo en efectivo en la Dirección de Desarrollo Económico y no en Tesorería.

¿Facturas? Ni soñarlo. ¿Boletas oficiales? Tampoco. Un simple papel firmadito a mano donde aseguran que el dinero “entró a tesorería”, mientras los miles de pesos reunidos quedan flotando en el aire de la libre disposición. 

La administración de Daniela Griego prometía rescatar el sazón de la transparencia, pero el único sabor que dejó en los xalapeños fue el de un descarado “pambazo sucio”. 

¡Buen provecho!

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