Por Antulio Ficachi

Más palomitas, por favor. Vaya borrasca diplomática la que desató la revocación del visado a Andrés Manuel López Beltrán. El muchacho, acostumbrado a ver el mundo bajo el amparo del manto patriarcal, decidió que retirar su pase a la “tierra del dólar” no era un asunto burocrático, sino una afrenta imperialista de corte “hitleriano”. Con una falta de prosa llena de dramatismo, redactó tres cuartillas dirigidas nada menos que al mismísimo Donald Trump exigiendo la cabeza de Marco Rubio y de Christopher Landau.

La respuesta desde Washington no requirió alguna reunión en la Sala de Crisis o Situación -donde se gestionan los asuntos más graves y se toman las decisiones de seguridad nacional más importantes-: bastó un plato de botana. Landau, ducho en el arte de la provocación en redes sociales, soltó el dardo con sazón latino: “Sírvete más palomitas, te encantará la siguiente parte”. Y cuando en Washington se divierten, en la Embajada estadounidense lo dejaron por escrito y en frío: la visa es un privilegio, no un derecho.

La ironía del caso es que, mientras el zángano mayor arma un sainete de tres cuartillas, los memes le recuerdan una máxima inapelable del México contemporáneo: ¡ánimo, Andy, que el “Mayo” tampoco tenía visa y ya vive de aquel lado!

***

De los creadores del nado sincronizado. Pero como en la Cuarta Transformación el libreto exige victimización soberanista a la menor provocación, los gobernadores guindas salieron en tropel a cerrar filas. El desplegado con tufo a naftalina denunció “amenazas y presiones del norte”. Lo exquisito de la comedia es que el primer altavoz de la dignidad violada fue la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar, a quien la administración estadounidense le había retirado la visa hace rato.

No los une el amor, diría Jorge Luis Borges, sino el espanto a quedarse sin compras en Nueva York, Los Angeles, Chicago, McAllen o San Diego. Prometen responder con “trabajo y compromiso”, pero tras las bambalinas, la estampa de los “desvisados” no es más que la muestra de una cúpula que en el discurso abomina del “imperio”, pero sufre horrores cuando le cancelan el viaje a Disneylandia.

Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que capear el temporal en Tampico esquivando el bulto con un escueto “una visa no define a una persona”. Claro, salvo cuando la persona vive de la política del apellido.

¡Vaya que les gusta el mito…sí, el mitote!

***

De Paquita la del Barrio. Y es que, mientras la alta política se consume en pataletas de red social, la calle en el norte y el golfo tiene otros datos. En la misma gira por Tampico, a la Presidenta le salió al paso el México real: una ciudadana que le rechazó el saludo en la cara con un seco “Yo no te doy la mano” para exigir la devolución de un terreno despojado por el crimen organizado.

Ahí no hubo retórica imperialista ni palomitas, sólo el himno en castellano al máximo desprecio y desamor: “Rata de dos patas”.

***

Pobreza franciscana para los de abajo, demagogia de alta cuna para las masas. Ayer, en Ciudad Madero, Claudia Sheinbaum desempolvó la vieja cantaleta antineoliberal para inaugurar otro hospital del IMSS-Bienestar. Mientras el pueblo bueno soporta desabastos y promesas de hospital tipo Dinamarca, la Presidenta ondea la bandera de la soberanía frente al vecino del norte.

¡Vaya ironía!. Dice que “no habría libertad ni bienestar” sin soberanía, pero apela a la más hobbesiana de las dinámicas políticas: el miedo. El discurso antiimperialista sirve como anestesia colectiva para controlar a los vulnerables, mientras las élites ni se acongojan ni pierden el sueño.

Entretanto, la retórica patria consuela a quienes hacen filas eternas por una aspirina. Miedo y circo para el pueblo; impunidad para los de arriba.

La Cuarta Transformación descubrió la cura perfecta: si no hay medicinas, al menos sobra soberanía.

***

Veracruz, con sabor a caña y soberbia. En tierras jarochas, la cosa no desmerece. A la gobernadora Rocío Nahle le estalló en las manos el cierre del ingenio San Pedro en Ángel R. Cabada, y en lugar de apagar el fuego con oficio político, culpó al empresario Othón Porres.

La respuesta del magnate azucarero dejó en evidencia la falta de brújula en el Palacio del Mármol en Xalapa: nadie en el gabinete -ni Ricardo Ahued, muchos menos los inútiles de Ernesto Pérez y Rodrigo Calderón- vio venir el desastre porque andaban ocupados en remodelaciones, organizando festivales, pagando 45 millones de pesos por un DJ, explotando la compra de limón y subiendo fotos para el face.

La rabieta de la señora Nahle -exigiendo que los empresarios le “pidan permiso” o le transparenten sus estados financieros para liquidar un negocio privado- retrató de cuerpo entero ese tufo autoritario de quien confunde un estado con su dorada parcela particular.

La emperatriz de la moda ignora que “nadie da tanto como quien te trata bien” y confirma aquello de que “nadie ama lo que no conoce”. Se le olvida que Othón Porres es un empresario arraigado y respetado en la Ciudad de los Treinta Caballeros; pensar que por recorrer la carretera de Pánuco a Las Choapas es suficiente para entender a Veracruz es una torpeza: a la gente de cada región jarocha hay que conocerla, pero sobre todo, hay que respetarla.

El empresario Othón Porres fue tajante: si tanto quieren la empresa, que la compren en efectivo y bajo sus condiciones.

Menos fiesta y más resultados, que mientras la administración estatal gasta en guateques, Veracruz encabeza las cifras nacionales de migrantes desaparecidos (48 de 277 en el país) y acumula la friolera de 761 renuncias de policías estatales en sólo un año.

Con esos números y ‘moditos’, queda claro que al timón jarocho lo gobierna un auténtico grupo de chivos en cristalería.

Publicidad