Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Alicia Hernández Chávez]

La intervención norteamericana de 1846-1848 concluyó con la pérdida de una tercera parte del territorio nacional mexicano. Si algo quedó claro, fue la incapacidad del gobierno nacional para competir militarmente con una potencia. Como tal, el país no tuvo desarrollo armamentista y su política constante fue la no intervención. Para cuando se perdió aquella guerra, las fuerzas armadas de México carecían de cuerpos de infantería, artillería, caballería y marina. Como tal, no existían cuadros técnico-militares profesionales.

Había una “guardia nacional” que, en 1846, se reunió para defender la unidad de la República. Antes, se conservaban las “milicias cívicas”: eran ciudadanos armados para defender sus localidades. Aquellas milicias estaban controladas básicamente por quienes detentaban los poderes económicos y políticos locales y regionales. Es decir, las armaban y las mandaban los grupos acomodados.

Con esa “guardia nacional” de 1846, también fueron los mismos grupos adinerados quienes reclutaron a jornaleros, labriegos y artesanos, quienes, a su vez, se mantenían controlados por caudillos o políticos locales. “El liderazgo social y político de ese organismo fue fundamentalmente de gobernadores, caudillos regionales y líderes locales, quienes como ciudadanos en armas acudieron a la defensa de la nación… pero sobre todo de grupos internos” (Hernández Chavez, 1989:267).

Como tal, en aquel país no hubo una fuerza armada unificada con la perspectiva de los militares profesionales. Cada región organizaba y mantenía sus posibles defensas, según las posibilidades económicas de sus “ricos locales”. La “guardia nacional” era una fragmentación de fuerzas que, en un momento dado, podía entrar en negociaciones e integrarse bajo la denominación de un ejército. Pero carecía de mandos técnicos intermedios, los únicos capaces de controlar a una tropa. 

La integración de “guardias” de distintas procedencias que por fin aceptaban someterse a un mando único era el fruto de negociaciones entre los grupos internos. Y entonces, se conseguían éxitos militares. Para controlar grandes zonas o incluso el país, eran necesarias las vinculaciones locales, regionales y estatales.

Uno de los cabecillas de una “guardia nacional” que negoció el consenso de otros dirigentes para emprender la revolución tuxtepecana de 1876 fue Porfirio Díaz. Él conocía a los otros dirigentes que lo apoyaron para derrocar a Sebastián Lerdo de Tejada. Una vez que triunfó aquella revolución, los oficiales de la guardia de entonces impusieron a Díaz como presidente de la República.

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Para mascar a fondo:

Hernández Chávez, A. (1989). Origen y ocaso del ejército porfiriano. Historia Mexicana, 39(1), 257-296.

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