¿Hasta qué punto tener un padre o una madre que ha llegado a los cien años de edad asegura que la persona habrá recibido de ese progenitor una herencia genética más beneficiosa que la que habría recibido si tal progenitor hubiera vivido solo hasta la franja de edades en la que típicamente muere la gente? En un nuevo estudio se ha buscado la respuesta a esa pregunta.

El estudio lo ha realizado un equipo que incluye, entre otros, a Sofiya Milman y Eric Reed, del Albert Einstein College de Medicina en Nueva York, Estados Unidos.

Hasta donde saben los autores del nuevo estudio, este es el más extenso realizado hasta la fecha sobre el nivel de salud y el grado de longevidad de hijos e hijas de personas que llegaron a cumplir cien o más años.

Tras analizar los datos, Milman, Reed y sus colegas constataron que las personas adultas con al menos un progenitor que alcanzó los 100 años de edad vivieron más tiempo y tuvieron riesgos sustancialmente menores de sufrir hipertensión y enfermedades cardiovasculares en general que las personas cuyos progenitores tuvieron vidas con una duración dentro de la franja normal.

Estas ventajas para la salud asociadas con la longevidad excepcional de un padre o madre son palpables incluso teniendo en cuenta factores del estilo de vida del hijo o hija perjudiciales para la salud, como por ejemplo si ha fumado durante mucho tiempo, si ha tenido un nivel más bien alto de consumo de alcohol, si suele hacer poco ejercicio físico o ninguno y si el tipo de dieta que sigue es poco sana. También se tuvieron en cuenta la influencia potencial del grado de educación académica y la del estatus socioeconómico del hijo o hija.

En cambio, tener un progenitor centenario confería poca o ninguna protección frente al derrame cerebral o accidente cerebrovascular y ninguna frente al cáncer (los hijos e hijas de los centenarios no tenían menos probabilidades de desarrollar cáncer, un hallazgo que concuerda con los resultados de algunos estudios previos).

En cualquier caso, en comparación con las personas cuyos padres tuvieron vidas más cortas, los hijos de los centenarios, a cualquier edad, tenían un 42% menos de riesgo de muerte, un 33% menos de riesgo de sufrir alguna enfermedad cardiovascular y un 32% menos de riesgo de padecer hipertensión.

Esto señala que más allá del estilo de vida, hay factores biológicos heredados que contribuyen al envejecimiento excepcionalmente saludable de estos hijos e hijas de personas centenarias.

El estudio se titula “Exceptional Parental Longevity and Onset of Morbidity and Mortality Across Cohorts”. Y se ha publicado en la revista académica JAMA Network Open. 

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