Por David Bowman/Zenda

Detrás de una música hermosa yace a veces una historia triste. Como la de aquel domingo de septiembre de 1963 en el que cuatro amigos pusieron una bomba. Los empujaba un odio antiguo —el odio a los negros—, que está enraizado en la genética de los USA. Un odio sin expresar, como un cáncer o un forúnculo, que se extiende a los indios, los chinos, los chicanos y a cuanto no sea blanco, pálido, limpio, puro e inmaculado como Tom, Bobby, Bob y Frankie imaginaban ser. O creían ser. O se pensaban que eran.

Yo que sé.

De psiquiatra.

Dicen que una gran nación se construye con mucho odio y un buen crimen. Sin un crimen, desde luego, no se va a ninguna parte. A raíz de la bomba, un músico norteamericano como Tom, Bobby, Bob y Frankie, sólo que negro, sacó de su saxo tenor una balada que abarca el dolor inmenso oculto en la historia de los USA, el mismo oculto en la cruenta historia de la humanidad entera.

Hacer que un saxo llore —sea por uno, sea en lugar de uno— no es sencillo. Ni siquiera hacer que suene: soplar y arrancar sonido a un saxofón, sacarle sólo un berrido, exige una extraordinaria conjunción de convencimiento, fuerza, dientes y lengua. Y pulmones. Conseguir que llore una balada conmovedora como un río de dolor es milagroso, pero eso hizo aquel músico hoy legendario, John Coltrane. Abrir el grifo del dolor y dejarlo correr por las riberas del mundo camino del mar cuando supo el horror que había tenido lugar en la iglesia baptista de la Sixteenth Street de Birmingham, en Alabama (USA). Cuatro buenos amigos del Ku-Klux-Klan habían puesto una bomba minutos antes de una ceremonia religiosa y habían matado a cuatro chiquillas. No querían matar a nadie, o sí, en todo caso meter un susto a los negritos del pueblo que, cada día más crecidos, se estaban poniendo bravos y empezaban a creerse blancos. Pero las bombas van a su bola, igual que las niñas, que nunca sabes dónde paran y de pronto, pataplán, salen volando camino del cielo.

Aquella bomba no sólo dejó dos docenas de heridos, algunos con serias mutilaciones, sino que mató en el acto a Addie, Cinthia, Denise y Carola. También mató la fe en el corazón de John Coltrane, que para resucitarla se puso a soplar su desolación y parió una melodía que es un réquiem por las cuatro criaturas aplastadas contra la pared de la capilla de Birmingham, en Alabama, pero también un tristísimo réquiem por la esperanza. Y un lamento por toda la humanidad. Un planto elegíaco, una tragedia que se tituló así, Alabama, y que se ha tocado pocas veces. Sólo él, el propio Coltrane, hasta donde sabemos, y únicamente en las contadas ocasiones en las que, todo parece indicar, se sintió capacitado, siempre acompañado por sus colegas/cómplices McCoy Tyner al piano, Jim Garrison al contrabajo y Elvin Jones manejando las baquetas. La primera ocasión pudo ser (pero vaya usted a saber) durante las actuaciones del cuarteto en el Birdland de New York —es decir, en público— a lo largo del mes de octubre del 63, pocas semanas después del atentado; otra, ésta real y bien documentada, en el estudio de Rudy Van Gelder, también en Nueva-York, en noviembre, según cuenta Ashley Kahn en su libro The House That Trane Built, y por último, otra más, bien documentada también, en diciembre de aquel año fatídico en Jazz Casual, el programa de TV del crítico Ralph Gleason. Y fin: no parece haber más. La grabación en el estudio Van Gelder llevó un día entero (para desesperación de Bob Thiele, el productor), y al año siguiente se incluyó sin disimulo, pese a que era una cuidadosísima grabación de estudio, en Coltrane Live At Birdland, el disco que recoge varias de las actuaciones habidas en el cochambroso local de la calle 52 (que Dios tenga en Santa Gloria), actuaciones que los finos micrófonos de Van Gelder registraron fiel y limpiamente, incluyendo el golpe de alguna botella sobre la mesa.

Una joya.

El próximo 23 de septiembre, aquel músico nacido en 1926, fallecido en 1967 y que tantas cosas impulsó con su saxofón, su cabezonería y su carisma —san John Coltrane para muchos—, cumplirá cien años.

Gloria eterna.

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