Por Antulio Ficachi

¿Aprobación del cien por ciento? ¡Santos problemas, Batman! Dicen por ahí que a los morenistas les fascina cantar victorias de utilería, pero a los propagandistas del “segundo piso” de la transformación se les está cayendo la escenografía a pedazos. Mientras la doctora Claudia Sheinbaum presume cifras alegres y aplausos por decreto, otra vez la terca realidad le propinó un baño de pueblo —del bueno, del que no cobra en tarjeta de Bienestar— durante su arranque de gira por Colima.

Entre abucheo y abucheo, la mandataria tuvo que tragar saliva ante una marea de gritos de “¡Fuera, fuera!” y mantas de reclamo en la parcela de la gobernadora Indira Vizcaíno. Con el libreto habitual de la paranoia oficial, la Jefa del Ejecutivo atinó a acusar a los manifestantes de “infiltrados del PRIAN”. El tiro le salió por la culata: los inconformes resultaron ser salineros, pescadores y ambientalistas de la Laguna de Cuyutlán, aquellos mismos luchadores sociales que en su momento creyeron en el cambio y hoy mastican el amargo desencanto de la traición ideológica.

Ante el caso, la Presidenta intentó aplicar la democracia del aplausómetro a mano alzada para salvar el evento, mientras entre el gentío alguien caía desmayado. ¿Próximas escalas? Veracruz y Sinaloa, territorios en llamas bajo el asedio criminal y la sombra sospechosa del sonriente Rubén Rocha Moya. 

Vaya cuadro: ojalá en las mañaneras no terminen cantándole a doña Claudia aquella mítica melodía de Leo Dan… “la niña está triste, ¿qué tendrá la niña?”.

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En el trópico veracruzano, la gestión moderna de la señora Rocío Nahle no despide olor a gardenias ni aroma de café; apesta a pólvora, silencio y descomposición social. En un lapso brutal de treinta horas, la entidad acumuló ocho ejecutados (entre ellos su correligionario, el diputado federal Zenyazen Escobar), dos lesionados y un clima de angustia colectiva que pulverizó de un plumazo el rosado discurso oficial. 

Y cuando la crisis política se desataba y la balacera tronaba en Omealca, Coatzacoalcos y Jáltipan, ¿dónde despachaba la Gobernadora? En la holgura de una agenda privada en Monterrey.

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Para colmo de males, al que le llovió sobre mojado fue al secretario de Gobierno, Ricardo Ahued. En un despliegue de acrobacia verbal que bordeó la comedia negra, el funcionario salió a jurar que el vehículo del legislador “no presentaba indicios de violencia”. Nomás le faltó sugerir que se trató de un suicidio asistido por algún benévolo compañero del magisterio. El tropezón fue de tal calibre que se agradece a la Fiscalía General de la República saliera al rescate y atraer las investigaciones antes de que los rollos y eufemismos baratos terminaran por sepultar la lógica.

Habrá que esperar a que Ahued no salga ahora a acusar que los medios y los periodistas andan “enojados” con él. Claro, refiriéndonos a aquellos comunicadores que conservan un ápice de dignidad, no a los aplaudidores de claustro cuya única respuesta al poder es el servilismo de preguntar: “¿Qué hora es? La que usted diga, señor Secretario”.

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Las cifras no mienten, por más que en el Palacio del mármol prefieran esconder la cabeza en la arena como avestruces asustadas. Veracruz ostenta el macabro récord de ser la entidad con el mayor número de agentes federales asesinados en lo que va del mandato de Omar García Harfuch.

Seis bajas acumula la Secretaría de Seguridad federal en territorio jarocho entre emboscadas en Omealca, ataques en Boca del Río y dantescos atropellamientos con pipas robadas en José Azueta. 

Frente a semejante sangría, la administración nahlista se atrincheró tras una corte de aduladores, un séquito de aplaudidores de medio pelo que confunden la gobernanza con el servilismo y que ante la tragedia solo aconsejan el mutismo. 

No es prudencia: es puro y duro pánico escénico a que la realidad y su “profesionalismo” los deje desnudos.

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Entre tanto improvisado y orate que ha desfilado por la burocracia estatal en los últimos ocho años, de pronto brotó una pequeña luz de cordura en el Poder Judicial electoral. El magistrado presidente del TEV, Gilberto Constituyente Salazar Ceballos, mandó un mensaje con dedicatoria a los sensibles de la política: los servidores públicos están obligados a tolerar la crítica y el escrutinio.

Salazar Ceballos remarcó que las leyes para erradicar la violencia política de género no deben ser prostituidas para convertirse en garrotes de censura ni en bozales contra la prensa incómoda. Aire fresco en un estado sofocado por el tufo del autoritarismo, donde señalar los yerros del poder suele pagarse con persecución o con la vida.

A ver si en el Gabinete estatal toman nota y aprenden a diferenciar entre el periodismo con rigor y el aplauso comprado.

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