Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Silvia Marina Arrom]
San Vicente de Paúl y la caridad. Las dos menciones son claras señales de que hoy se trata de mujeres que se unieron por una causa. La excepcionalidad fue su impecable organización. Era tanta, que lograron transformar las realidades en las que pudieron intervenir. Parecería sorprendente que, en el México de hace unos 160 años, las mujeres que se adhirieron a la caridad vicentina pertenecieran a clases sociales dispares y que su ganancia real fuera creer que así obtenían la salvación de sus almas. Porque trabajaron duro, en serio.
Su núcleo fue la Asociación de Señoras de la Caridad de San Vicente de Paúl. Y el ideario básico que unas veces lograron y otras no, fue el de las “Siete Obras tradicionales de Misericordia: ofrecerle comida al hambriento, agua al sediento, albergue al que le falta techo, ropa al desnudo, cuidado al huérfano y al enfermo, y sepultura a los muertos” (Arrom, 2007:468).
Impresiona que, en el caso mexicano, la jerarquía clerical fue rebasada, pero los reglamentos de la caridad vicentina se cumplieron lo más posible, con fidelidad a la letra. La estructura permitió fundar comedores públicos, escuelas primarias para niños y nocturnas para adultos, hospitalitos, cajas de ahorros, talleres de costura. Y si no podían asumir obras de esa magnitud económica, entonces se movilizaban para conseguir médicos y surtir las recetas, o captar ropa en buenas condiciones, o carbón.
Ahora no hay duda de que en el México de mediados del siglo diecinueve, miles de mujeres aprovecharon la oportunidad de la reunión y la asociación para velar, según sus posibilidades, por los sectores más desvalidos. No se trató de hacer discursos cargados de “buenas intenciones” sino de integrar redes verdaderas, de apoyo real y efectivo. Unas eran adineradas, hicieron cuantiosos donativos. Pero hay que destacar un hecho, “incluían tanto señoritas como señoras casadas y viudas. No todas procedían de familias ricas, sino también de las clases medias y bajas” (Arrom, 2007:455).
Llamaban “Conferencias” a cada una de las agrupaciones que se organizaban por parroquia. Por tanto, la red de socialización era la conferencia de cada parroquia, donde ellas se reunían y tomaban acuerdos. Tenían el reglamento vicentino en común, pero cada “conferencia” variaba según la parroquias y las asociadas. Una vez que habían tomado sus decisiones, emprendían sus intervenciones, que iban desde pagar una visita médica, organizar una rifa para obtener ganancias y comprar medicamentos, o también organizar una comida para cien personas pobres, en un Jueves Santo.
Las vicentinas de las ciudades lograron abrir hospitales, incluso sostener escuelas. Pero fueron los menos de los casos. En las ciudades medianas y en el mundo rural, las respectivas conferencias hacían más notorio su trabajo, porque allí no alcanzaba a llegar la beneficencia pública, que dotaba el gobierno.
Se les conocía como las Señoras. Para la historiadora Silvia Marina Arrom, las señoras vicentinas no desafiaron normas sociales, ni promovieron igualdad de la mujer en aquella sociedad decimonónica. Pero “miles de mujeres mexicanas encontraron que el trabajo voluntario les abría nuevos campos y les daba oportunidades para ejercer el poder fuera del hogar doméstico” (2007:482).
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Para mascar a fondo:
Arrom, S. M. (2007). Las Señoras de la Caridad: pioneras olvidadas de la asistencia social en México, 1863-1910. Historia Mexicana, 57(2), 445-490.







