Por Antulio Ficachi
En el México de la Cuarta Transformación, los textos oficiales parecen un libreto mal copiado del viejo régimen. Palabras como “honestidad” y “resultados” ya no nombran la realidad; operan como fantasmas retóricos que la desoyen y la insultan.
Mientras en Francia el Papa León XIV ruega por líderes generosos, dispuestos al sacrificio y capaces de servir al bien común, el México de las giras triunfales y los congresos agachones prefiere la genuflexión, el culto a la personalidad y el aplauso comprado.
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La geografía del poder centralizado ha concluido su mesiánica kermés itinerante. Claudia Sheinbaum bajó ayer domingo, desde el Zócalo capitalino, el telón de su gira de autocomplacencia bautizada con optimismo oficial como el “Segundo Informe”.
Treinta y uno escalas de un país convertido en plató cinematográfico de la Cuarta Transformación: plazas públicas atiborradas de acarreados, vallas metálicas para blindar la fe de los devotos y un libreto circular que, lo mismo en Morelos que en Baja California, halló siempre al mismo y cómodo culpable de los desastres patrios: la socorrida “injerencia extranjera”.
Un tour que tuvo de todo menos rendición de cuentas. Fue un ejercicio de prestidigitación política: donde los colimeños abucheaban, en Oaxaca rugía el “¡Fuera!” y en Veracruz los jubilados acorralaban a la comitiva, el oficialismo vio “infiltrados del PRIAN” y maquinaciones imperiales.
Movilizaron camiones, obligaron plazas y elevaron coros de soberanía para intentar sepultar bajo confeti los huecos humeantes de la violencia.
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Veracruz, por su parte, habita una dimensión paralela donde el género fantástico es política de Estado. Hace cuatro años, el editorial de Palabras Claras titulado LOGROS DEL CUITLAHUISMO: DESPRECIO, RESENTIMIENTO Y ODIO diseccionaba la hechura de un gobierno de oropel y bilis. Nada se ha trasformado desde entonces, por el contrario, el mal va siendo a mayores.
El cuitlahuismo nos legó un catálogo inagotable de ruinas humeantes, desapariciones, empleo en picada y una deuda pública intacta disfrazada de triunfo moral. Hoy, con la señora Rocío Nahle en el timón, el libreto no cambia de género, sólo de actores.
La pesada nave estatal sigue haciendo agua por los cuatro costados, pero la tripulación aplaude con fervor de secta mientras el barco se estrella contra el arrecife.
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Frente a este cuadro, las palabras del Papa León XIV pidiendo sabiduría y sacrificio suenan a herejía burocrática. ¿Para qué inmolarse cuando se puede legislar a la medida?
El Congreso de Veracruz, fiel y dócil amanuense del palacio, acaba de aprobar la eliminación del fuero para alcaldes y síndicos. Una jugada con dedicatoria: los ediles quedan desnudos ante la justicia, mientras la plana mayor -la gubernatura, los magistrados y los intocables del nuevo régimen- conservan blindaje de acorazado.
Para los cuates, impunidad estructural; para los adversarios e incómodos, la espada de Damocles penal. El fuero se extirpa abajo, pero se blinda arriba.
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Y para rematar la arquitectura del control absoluto, el Congreso designó a Eric Domínguez Vázquez al frente del ORFIS. Un exfuncionario de la SEFIPLAN y exalcalde de Papantla que ahora tendrá la titánica -y risible- tarea de fiscalizarse a sí mismo y a sus cómplices durante los próximos siete años. ¡Qué manera tan sui géneris de jugar al lobo cuidando las ovejas!
La autonomía de los órganos fiscalizadores queda reducida a una ventanilla de trámite y simulación.
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Estamos atrapados en una madeja de contradicciones donde el combate a la corrupción fue vaciado de contenido para dejarnos únicamente con el cartón piedra del poder.
Entre abucheos, complicidades transexenales y auditorías de compadres, el obradorismo jarocho nos confirma que la historia no se repite como comedia, sino como una farsa perpetua donde los actores cambian de sotana, pero el telón jamás baja.

