Por Antulio Ficachi
Ah, la república de la opacidad y el desglose, donde el poder no sólo se ejerce, sino que se disuelve en el éter de la irresponsabilidad ilustrada.
Cuando la denominada Cuarta Transformación padece un extraño déficit de geolocalización —esa incapacidad patológica de sus fiscalías para encontrar hasta la cartera en la bolsa—, tuvo que venir el periodismo de chequera de TV Azteca para recordarnos que el famoso Amílcar Olán, artífice del Cártel Tabasco, amigo de Andy y Bobby López Beltrán y de los balastos milagrosos del Tren Maya e Interoceánico, vive plácidamente en el cantón suizo de Lugano.
Allá, entre los Alpes y la discreción helvética, el travieso Amílcar cambia de nombre en el buzón postal y firma como “Jorge”, jugando a ser un burgués cualquiera mientras aquí nos venden la austeridad republicana como el dogma supremo. Eso bien podría titularse la différance del dispendio: el dinero público se va, pero se queda en Europa bajo otra denominación nominal.
La FGR, por supuesto, sigue buscando con lupa de barrendero ciego; para ellos, el operador favorito de los hijos del Edén simplemente no existe si no hay una carpeta de investigación que lo certifique.
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Y si en Europa respiran aire puro, en el paraíso caribeño de Tulum se ahogan en sargazo y desdicha comercial. A menos de un año de su fastuosa inauguración, el Aeropuerto Internacional de Tulum sufre un repliegue tan repentino que ya quisieran los ilusionistas de la mañanera replicarlo. Aeroméxico decidió levantar el vuelo ante la escasez turística, la sequía de subsidios y una administración militar que espanta más inversionistas que un decreto expropiatorio.
Aquí el mercado se desmanteló sólo: los turistas prefieren la penuria antes que pagar tarifas infladas para llegar a una zona arqueológica convertida en bastión de restricciones.
Entre la plusvalía inmobiliaria derrumbada y el paisaje marino asfixiado por algas, la gran terminal del Mundo Maya se perfila para ser un magnífico elefante blanco climatizado.
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Pero sí de piruetas verbales hablamos, nadie supera a la súper gobernadora Rocío Nahle, quien ha decretado que cumplir con la Auditoría Superior de la Federación es, lisa y llanamente, “una locura”. ¿Entregar listas de asistencia de los maestros en el agreste Uxpanapa? ¡Imposible!, exclamó la mandataria, argumentando que la conectividad digital en Veracruz brilla por su ausencia.
La solución de la ingeniera es digna de la picaresca nacional: mandar “cajas y cajas” de papelería física como ofrenda burocrática a la federación, un acto performativo donde la tala inmoderada de árboles se disfraza de rendición de cuentas.
Claro, los dardos contra Aureliano Hernández Palacios Cardel chocan con la incómoda realidad de que el auditor superior conoce el territorio veracruzano con bastante más rigor político, cultural, intelectual y académico del que exhibe la señora Nahle y su eficiente gabinete. Cuando la ignorancia se disfraza de soberanía, el resultado siempre será fatal.
La soberbia de Nahle se enfrentará a la prudencia y sabiduría del maestro Aureliano, un veracruzano nato… y no naco.
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En el puerto jarocho, el siempre estridente Miguel Ángel Yunes Linares decidió inmolarse epistolarmente en contra de Carlos Loret de Mola, en un ejercicio de catarsis donde los agravios del pasado vuelven como bumeranes de plomo. Entre evocaciones a “cabañas en La Marquesa” y amenazas senatoriales alrededor de la reforma judicial, los fantasmas del pasado se disputan el cetro de la honorabilidad perdida.
Yunes Linares jura que su hijo (Miguel) no venía volando huyendo de la justicia, sino legislando con heroicidad patriótica, mientras descalifica al periodista recordándole sus presuntos agravios televisivos. Es el choque de un monstruo político que confunde el servicio público con patrimonio familiar contra un comunicador que ha incomodado con investigaciones a un régimen en decadencia y a familias intocables.
Miguel Ángel se mira en el espejo de la infamia, pero ante tanta aclaración bravucona termina por delatar su profunda complicidad con los de la Cuarta Transformación.
¡Viejo guango!, dijera el clásico.
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Para cerrar este aquelarre, en Xalapa, la administración municipal de Daniela Griego Ceballos ha consumado un prodigio digno de Kafka: clasificar como secreto de Estado un contrato de 10 millones de pesos para rehabilitar el Paseo de Los Lagos.
¿La razón? Según el comité de transparencia, revelar quién es el contratista y qué dice el expediente técnico pondría en riesgo “la salud, el medio ambiente y el orden público”. Resulta que un estanque de estiércol, patos y concreto ahora es materia de seguridad nacional equiparable a una planta nuclear. Las obras, que debieron concluir en septiembre, siguen abiertas, fangosas y con la mitad del lago colándose entre la desconfianza ciudadana.
Así, entre lagos clandestinos, cartas de Yunes Linares, cajas de papelería de Nahle y operadores millonarios refugiados en Suiza, la realidad mexicana se confirma como el más puro de los géneros literarios: el esperpento político.

