- La partida del ingeniero de 92 años marca el cierre de una era clave en la historia política contemporánea de México.
La historia del México contemporáneo y la consolidación de la pluralidad política en el país no pueden entenderse sin la figura de Cuauhtémoc Lázaro Cárdenas Solórzano. Con la confirmación de su fallecimiento este miércoles 28 de octubre en la Ciudad de México a los 92 años, la nación despide al insustituible líder moral de la izquierda mexicana, al estratega que desafió al régimen de partido único y al primer Jefe de Gobierno electo en la historia de la capital del país.
Nacido el 1 de mayo de 1934 en la capital mexicana e hijo del legendario expresidente Lázaro Cárdenas del Río, el joven Cárdenas eligió inicialmente la ruta de las ciencias exactas. En 1955 concluyó sus estudios de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), formación técnica que más tarde moldearía su perfil sobrio, analítico e institucional en la gestión pública.
La génesis institucional y la ruptura con el viejo régimen
Su recorrido en la política formal inició dentro de las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI),instituto en el cual militó por más de dos décadas. Durante este periodo, Cárdenas Solórzano sirvió al país como senador de la República por el estado de Michoacán entre 1976 y 1980, para posteriormente asumir la gubernatura de la misma entidad en el periodo de 1980 a 1986, caracterizándose por un gobierno volcado al desarrollo rural y a la atención de las comunidades agrarias.
Sin embargo, el punto de inflexión que transformaría el rumbo político del país ocurrió en 1987. Ante el agotamiento del modelo autoritario, Cárdenas encabezó, junto con visionarios como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, la histórica Corriente Democrática dentro del PRI. Esta exigencia de apertura institucional derivó en su renuncia al partido oficial y en la articulación del Frente Democrático Nacional (FDN).
Como candidato presidencial en las históricas y controvertidas elecciones de 1988, Cuauhtémoc Cárdenas canalizó el anhelo ciudadano de un cambio verdadero. A pesar de los escandalosos irregularidades representados en la recordada “caída del sistema”, la gesta de 1988 sentó las bases para el despertar civil y la desarticulación paulatina del hegemonismo político en México.
La institucionalización de la izquierda y la conquista de la capital
Lejos de optar por la confrontación estéril, Cárdenas encauzó la fuerza popular mediante la vía institucional. En 1989 fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD), asumiendo su presidencia nacional hasta 1993 y convirtiendo a la izquierda heterogénea en una fuerza electoral competitiva y estructurada.
Tras abanderar la candidatura presidencial del PRD en 1994 —un proceso atravesado por la crisis política tras el magnicidio de Luis Donaldo Colosio—, Cárdenas Solórzano alcanzó en 1997 uno de los hitos más descollantes de su carrera: se convirtió en el primer Jefe de Gobierno del Distrito Federal electo por voto popular, abriendo una época ininterrumpida de gestiones progresistas en el corazón de la República.
En 1999 renunció a la Jefatura de Gobierno para emprender su tercera candidatura a la Presidencia de la República en las elecciones del año 2000, un contienda histórica que concretó la ansiada alternancia en el Poder Ejecutivo Federal y donde el bloque de izquierda consolidó su arraigo parlamentario y territorial en todo el país.
Legado inalcanzable de un referente republicano
En 2014, tras décadas de coherencia y congruencia ideológica, Cárdenas presentó su renuncia irrevocable al PRD, manteniendo hasta sus últimos días una posición soberana, analítica y respetada en el debate público nacional.
Su partida ha provocado inmediatas reacciones de respeto en todo el espectro político, encabezadas por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y destacados líderes internacionales. México despide hoy al estadista que transformó la protesta en propuesta, al ingeniero de la democracia que enseñó a la izquierda a ganar en las urnas y al hombre cuya vida permaneció entrelazada, hasta el último aliento, con el destino democrático de la patria.







