Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Sonia Alcaraz Hernández]
Asuntos de los cadáveres en las sociedades mexicanas del siglo XIX y las primeras décadas del XX: quizás alguien recuerde que antiguamente se aconsejaba visitar los panteones sin haberse bañado. Decían los médicos higienistas que, en esa condición, los poros de la piel soportarían mejor la exposición a las condiciones insalubres. Aquellos médicos “se ocuparon de explicar por qué los olores desprendidos de las hendiduras de las bóvedas, subterráneos y sepulturas podían matar a quien estuviese cerca” (Alcaraz, 2013:6). Pensaban que las miasmas, gases y fluidos malignos eran los que provocaban epidemias. No exageraban…
Corría 1872 cuando en su Estudio higiénico sobre los panteones, el médico cirujano Fernando Malanco y Vargas sostuvo que las condiciones de uno de los cementerios capitalinos eran nauseabundas y deplorables. Describió la situación de la fosa común: un socavón donde arrojaban los cuerpos desnudos apenas rociados con una fina capa de cal viva y para cubrirlos, bastaba una tarima que hacía de tapa. Los enterradores aguardaban dos cosas. Primero, que los cadáveres fuesen reconocidos por algún familiar y después, esperaban reunir un mínimo de doce fallecidos para sellar la fosa definitivamente.
Malanco y Vargas explicaba los problemas de salud que provocaban esas prácticas. Tal y como estaban expuestos, los despojos humanos atraían a perros y aves rapaces que se daban festines y esparcían los restos por todas partes. El espectáculo de las moscas carroñeras y la fetidez eran constantes. Y dado que los cementerios no estaban bien planeados, eran focos de insalubridad. Ante la evidencia, el argumento médico era el mismo que se había aplicado en la ley de la Reforma liberal; los sitios de enterramiento no podían estar dentro de los templos o en los atrios, donde por falta de espacio, las tumbas se amontonaban y la feligresía estaba expuesta a el efecto de las miasmas y los vapores dañinos.
Pero no bastó con trasladar los sitios de enterramiento a los extrarradios de las ciudades. Se trató de legislar el tratamiento de las inhumaciones, aunque no siempre llegó a cumplirse con satisfacción. La medida no era un descubrimiento de los liberales de la Reforma. Unos sesenta años atrás, por allá de 1876, con la intención de aplicar medidas de la Ilustración en España, Melchor Gaspar de Jovellanos ya había elaborado un “Informe de la real Academia de Historia sobre la disciplina eclesiástica antigua y moderna relativa al lugar de las sepulturas”.
Fue en el México porfiriano cuando hubo dinero y voluntad para reconfigurar los cementerios. Una de las primeras medidas fueron la construcción de hornos crematorios. Pero desde los púlpitos católicos la iniciativa de cremación generó debates públicos en contra de la propuesta gubernamental. A pesar de la resistencia, el primer horno crematorio se instaló en el panteón civil de Dolores, en la Ciudad de México. La chimenea del crematorio principal medía 30 de altura y se podían incinerar hasta diez cadáveres al mismo tiempo. Pero la tradición religiosa mantuvo la cultura del enterramiento.
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Para mascar a fondo:
Alcaraz Hernández, S. (2013). Planteamientos médicos y propuestas higienistas en materia de cadáveres en México durante el Porfiriato, 1877-1911. XIV Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza.







