Por Antulio Ficachi

Decía el hijo del Tata Cárdenas —hoy descansando en el Olimpo de los incomprendidos— que no lograba descifrar el misterio teológico de la Cuarta Transformación: ni su economía, ni su rumbo, ni de qué va el engrudo social. Y miren que tenía razón, porque para misterios de ultratumba, los del muchacho Andrés Manuel López Beltrán, mejor conocido en el argot del presupuesto como Andy.

El impoluto Andy salió con bombo y platillo a prometer un video revelador, anunciando la hora exacta como si fuera estreno de Hollywood. ¿Y qué entregó? Aire envuelto. Un “no soy amigo de mi amigo” y “no me deslindo de nada”. ¡Genio y figura! 

Para decir nada, mejor se hubiera quedado en el sillón. Entre él y la reina de las urnas, Guadalupe Taddei, ya podrían montar su propio canal de videos. Si el INE cobrara por cada hora de transmisión y Andy por sus misterios ensayados, la monetización salvaría las finanzas nacionales. 

Pero eso sí: para acusar sin pruebas a la prensa de complots en su contra, sale bravucón; ah, pero cuando le sacan las cuentas de sus paseos por Japón, los audios con Amílcar, los vuelos privados, las cuentas suizas y el tufillo a huachicol fiscal en Pemex, le entra la amnesia doctrinaria. La austeridad es un silicio para el votante; para los junior del régimen, es una etiqueta de vino de treinta mil pesos la botella.

Bonita transformación la que gritaron a los cuate vientos: de la caja china al bolsillo de la familia.

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¡Ah, la coherencia! Esa virtud que la 4T convirtió en pieza de museo. Resulta que doña Beatriz Gutiérrez Müller, la gladiadora de la soberanía, la voz cantante que le exigía al Rey Felipe VI pedir perdón de rodillas por las atrocidades de la Conquista, terminó cayendo rendida a los pies de la diplomacia ibérica.

En los expedientes oficiales del Consulado General de España destapados por THE OBJECTIVE la esposa de Andrés Manuel López Obrador solicitó su nacionalidad española mediante la célebre “ley de nietos”. Pero como el linaje no se improvisa, la historiadora se negó a presentar la copia fiel del libro del registro civil de su progenitor. 

Cualquier mortal habría recibido un portazo y una cita para dentro de tres años. Pero para la consorte del azote de los “gachupines”, los propios funcionarios consulares se convirtieron en sus gestores privados. Hicieron la chambita, arreglaron el papelito y ¡zas!, sello de “Documentación completa”. 

¿Disculpas históricas? No, hombre, ¡visados comunitarios! Al final, la Patria es primero, pero Europa no está nada mal para pasar el invierno.

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En el inventario del cinismo oficial, Jesús Ramírez Cuevas se acaba de ganar una mención honorífica. El exvocero y hoy asesor de cabecera en el segundo piso del régimen nos resultó un cinéfilo bastante caro. Una investigación del semanario Proceso alumbra el negocito: 84 millones de pesos del erario repartidos por adjudicación directa para producir la serie Los años heridos.

Hagan cuentas: la CNDH puso 60 millones, Capital 21 otros 12.7 y Canal Once el resto. Todo bajo el truco de la “exclusividad de derechos de autor” cedidos a Gravedad Cero Films, la productora cofundada por Erwin Neumaier, el mismo que administraba las transmisiones de las mañaneras. 

La suma da la bonita friolera de 157 mil pesos por minuto. ¡Soberbia cinematografía con dinero ajeno! Ocho a once veces más caro de lo que cotizaba antes la misma empresa. Y aunque la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que “Jesús le platicó del proyecto”, el ideólogo prefirió guardar un silencio sepulcral cuando le mandaron el cuestionario.

¿Conflicto de interés? ¿Retrasos sin sancionar? Por favor, no sean vulgares: es “memoria histórica” a precio de superproducción de Marvel.

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Por los rumbos de la Atenas Veracruzana y desde el Palacio del Mármol, la gobernadora Rocío Nahle ya no sabe bajo qué alfombra esconder los trapitos sucios de las finanzas. La Secretaría de Hacienda la acaba de retratar de cuerpo entero al meter a Veracruz en el top 5 de las entidades más quebradas y endeudadas del país, con una bonita losa de 45 mil 728 millones de pesos.

Con el agua no al cuello, sino tapándoles la coronilla, a la mandataria no le quedó de otra que admitir la dolorosa verdad: la Federación le tiene retenidas las participaciones federales para cobrarse a lo chino (y en automático) los intereses de la deuda bancaria. Adiós a las promesas de campaña, adiós a las obras faraónicas de relumbrón; el dinero se evapora antes de tocar suelo veracruzano para pagarle a los banqueros.

Pero en medio de este naufragio financiero donde el pueblo paga los platos rotos, emerge una figura que raya en la santidad: el secretario de Gobierno, Ricardo Ahued. En un alarde de poesía burocrática digno de premio y aplauso de foca, Ahued presumió que la auditoría forense a su paso por la alcaldía de Xalapa no fue una simple revisión de facturas, ¡no señor!:

—”Me hicieron una tomografía de honradez” —soltó el exalcalde en la bananera de su jefa.

¡Santos aparatos de rayos X! Todo un milagro de la ciencia moderna. Habría que pedirle prestado el escáner a Don Ricardo y pasárselo de urgencia a todo el gabinete estatal. Porque a como están las arcas en Veracruz, si le meten esa tomografía a las finanzas del estado, lo único que va a arrojar la pantalla es un tumor maligno del tamaño de la deuda, metástasis en el presupuesto y una profunda anemia en el erario.

¡Puro milagro de la 4T!

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