Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Shopie Coe]
La antropóloga e historiadora Shopie Coe narra sobre un texto que advertía sobre el consumo de frijoles, donde se les llamaba “factor flatulento” a la vez que los consideraba un alimento propio de clases bajas. Pero unos cuatrocientos años atrás, el cronista y científico jesuita Bernabé Cobo afirmaba que los frijoles verdes (ejotes) eran deliciosos si se les aderezaba con aceite o vinagre y maduros ―es decir, hervidos― eran suculentos.
Bernabé Cobo pasó por los virreinatos de Nueva España de 1631 a 1642 y luego se trasladó a Perú, donde murió en 1657. Si bien realizaba un trabajo científico, eso no le impidió escribir sobre la simpatía culinaria generada por el descubrimiento de nuevos alimentos. Advirtió que una de las virtudes del cacahuate era sustituir a otras frutas secas en la preparación de dulces y postres. La almendra era un producto costoso, pero el cacahuate la reemplazaba a la perfección en la elaboración de turrones duros y blandos.
Otro jesuita admitía que saboreaba los granos de cacahuate tostados. Pero sus lectores debían estar atentos, pues si los granos se pasaban de tueste, era sencillo que los comerciantes lo hicieran pasar por café.
Pero también se acuñaron exageraciones. Cuenta la leyenda que entre los productos enviados por Hernán Cortés al emperador Carlos V iba un saco de frijoles que formaba parte del botín obtenido tras el saqueo y la destrucción de Tenochtitlán. Se trataba de una rareza. Así que, en Europa se ordenó que ese producto se incluyera en la dote que se remitiría al Papa Clemente VII.
Tras recibir un presente de aquel botín, el pontífice mandó a que los frijoles se entregaran al erudito Pierio Valeriano, quien supuestamente los sembró en macetas. La leyenda dicta que las plantas crecieron bien y la cosecha fue abundante, al grado que las semillas fueron distribuidas por varias regiones italianas. La buena mano del humanista y teólogo Giovanni Pietro dalle Fosse di Bozano había logrado que el frijol mesoamericano germinara en Italia y de allí surgiría el “frijol de Lamon”, una variedad que se cultiva en las regiones del Véneto.
El Papa Clemente VII también había encargado obras artísticas y arquitectónicas de gran envergadura, como el Juicio Final de la Capilla Sixtina, requerida a Miguel Ángel. Asimismo, el Papa había solicitado a uno de sus humanistas y teólogos que experimentara en macetas la siembra de frijoles provenientes de la destrucción y saqueo de Tenochtitlán, una de las ciudades más espectaculares de Mesoamérica. Una mentira frijolera.
Para mascar a fondo:
Coe, Shopie (2004), Las primeras cocinas de América, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.

