Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Felipe Castro Gutiérrez]

De la conquista de Tenochtitlán en 1521 siguieron las expediciones a otras ciudades mesoamericanas. Con algunas hubo diplomacia o negociación y con otras se aplicó el sometimiento por la vía armada. Conforme avanzaba la dominación de los territorios, era necesario establecer el nuevo orden social. “Fueron décadas de violencia y confusión. Pero también de acomodos, adaptaciones, conflictos y oportunismos, en las que convivieron las utopías señoriales de los conquistadores, los sueños misioneros de crear una nueva y más perfecta cristiandad” (Castro, 2021).

En la naciente Nueva España una de las primeras formas e intentos de organización fue la encomienda. Los conquistadores europeos se adhirieron a esta figura administrativa que les permitió incluir territorios y personas como un discreto botín de guerra. Los primeros repartos obedecieron a una lógica: según los méritos probados en el asedio y la destrucción de Tenochtitlán, a cada uno de los participantes les otorgaron extensiones variables.

Al recibir esa jurisdicción, los “encomenderos” se comprometían a propagar y mantener la religión cristiana, así como a fundar unidades sociales y económicas. Como parte de cada encomienda, quedaron incluidas distintas poblaciones pertenecientes a las culturas mesoamericanas que se iban conquistando.

Se crearon encomiendas para capitanes, y para soldados. Unos fueron premiados con grandes extensiones y a otros, les adjudicaron lugares donde apenas había personas y lo básico como para cubrir una raquítica economía de supervivencia. Así, mientras que un encomendero “vigilaba” la cristianización y socialización de miles de indios, otros sólo tuvieron a su cargo a unas pocas docenas de indígenas. Por supuesto, había intereses económicos. Cada indio pagaba un tributo anual a la corona y otro al encomendero que regularmente consistía en maíz y dinero.

Lo conquistado era cada vez más grande y los soldados del rey sólo unos cuantos. El factor de dominio y control verdadero en las encomiendas fue el de los propios indígenas. Una explicación es que las viejas élites indígenas pactaron con los conquistadores europeos y mantuvieron privilegios siempre que se respetara el nuevo orden. Los indios encomendados fueron vistos y tratados como mano de obra gratuita y trabajo forzado.

Aunado a los maltratos físicos y trabajos forzados, las epidemias sucesivas durante el siglo XVI diezmaron a los indígenas. La situación de la encomienda era peculiar. Los indios no eran esclavos, pero tenían que cumplir con pago de impuestos y carga impositiva de trabajo no remunerado. Se calcula que el tiempo se dividió así: cada persona debía trabajar 20 días gratis para el encomendero y los 30 días siguientes los dedicaba a sus asuntos personales.

Las primeras edificaciones novohispanas corresponden al tiempo de las encomiendas, donde la totalidad de manos que habían participado eran indias.

La encomienda tuvo una vigencia de poco más de cincuenta años. En la papelería legal constaba que se otorgaba sólo “por dos vidas”. Era una precaución política y administrativa que la corona se había reservado. Así, los nietos de los conquistadores ya no podrían usufructuar los territorios, pues habían sido “encomendados”, no “concedidos”. Cuando se disolvió legalmente la encomienda los pleitos y las quejas se escucharon en castillos, palacios y templos.

Sobre la vida en una encomienda, hay documentos como la narración lascasiana, titulada: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Ese libro de Bartolomé de las Casas fue un éxito editorial en su tiempo y allí narra el comportamiento brutal de los encomenderos. Unos le acusan de que propagó la idea de que los conquistadores españoles eran crueles y sanguinarios. Pero ese tipo de escrito que se había convertido en libro eran los cuerpos textuales que contenían las noticias e informes más frescos de aquel Nuevo Mundo.

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Para mascar a fondo:

Castro Gutiérrez, F. (2021), Nobles, esclavos, laboríos y macehuales. Los nuevos súbditos indianos del rey, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México.

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