Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Norma Guadalupe Vázquez Duarte]
Discurramos sobre imágenes cuyo centro visual no fue la muerte de un bebé sino que se trató de actos para formar memoria. Los historiadores sociales denominan “fotografía mortuoria” o “retratos funerales” a un género fotográfico que se desarrolló en países latinoamericanos durante las primeras décadas del siglo XX. Los retratistas captaron a niños muertos en poses funerarias. Según consta en los archivos y las colecciones particulares, al infante que había perdido la vida se le ataviaba con prendas semejantes a las de un santo o se les vestía de blanco.
La creencia popular era que, por su corta edad, aquellos desafortunados no habían cometido pecado alguno y se trataba de verdaderos angelitos. La finalidad de aquellos ceremoniales era prepararlos para que acudieran a fotografiarlos, lo que permitía una constancia de que habían existido. Esas imágenes se guardaban en los álbumes familiares. Hasta donde se sabe, ninguna de aquellas fotografías se transformó en objeto devocional.
Tómese en cuenta que nos referimos a una época en la que una cámara fotográfica era un aparato costoso. Pero contratar los servicios para “un retrato” ya eran precios que estaban al alcance de las clases medias y populares. Así, los niños muertos eran arreglados según las posibilidades económicas de sus respectivos deudos. Generalmente se les rodeaba con flores y a veces, con imágenes devocionales.
En algunos casos, el gasto se aprovechaba para que en esa imagen funeraria aparecieran otros miembros de la familia. Los vivos incluidos mostraban actitudes de respeto, pero también aprovechaban la ocasión para mostrarse con sus mejores atuendos. A final de cuentas el difunto era un angelito y como tal, los vivos posaban con la seguridad de estar al lado de un cadáver cuya alma se había transformado en un ser angelical. Existen las imágenes de padrinos o padres que sostienen en sus rodillas al difuntito, también de hermanos que lo rodean o de madres que los sujetan entre los brazos para mostrarlos de frente al espectador.
“Muchos niños se ganaron el derecho a sobrevivir en el milagro de las placas y en el papel, son un testimonio de un momento inmemorable, así con sus rígidos cuerpecitos, con sus rostros embellecidos por la ilusión de la vida, por encima de la evidente ausencia de esta” (Vázquez Duarte, 2025:67).
En su momento, esta fotografía mortuoria no era básicamente una manifestación artística sino una manera de preservar la memoria. A partir de los atuendos, las poses y las elecciones “escenográficas” destacan las costumbres e identidades de los dos grandes grupos que solían encargar ese tipo de retratos: el rural y el urbano. Los cánones estéticos, porque los hay, con toda seguridad están ligados a las costumbres novohispanas.
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Para masticar a fondo:
Vázquez Duarte, N. G. (2025). La fotografía de angelitos en México de 1930-1940. En I. Carrillo Chávez y L.M. Hernández Nieto (Eds.), Intersecciones visuales: estudios de la imagen desde perspectivas disciplinares. Universidad Autónoma de San Luis Potosí. pp. 57-73.







