Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Josefina Mac Gregor]

Francisco I. Madero formalizó su candidatura a la presidencia de la república en 1910, estaba abanderado por el Partido Nacional Antirreeleccionista. Pero hay que dejar en claro que si recibió fuertes críticas, era porque los mexicanos de entonces carecían de una verdadera noción del ejercicio democrático. Él creía en la posibilidad de desarrollar una fuerza política capaz de organizar a una población que lograra ejercer sus derechos constitucionales; los entendidos sabían que no tendría oportunidad de prosperar. Lo que todos admiraron fue que enfrentara directamente al porfirismo.

En realidad “no se trataba de un intelectual ―que los había en ese momento y de gran talla― y se le tuvo por un loco, o un iluminado, un visionario, o simplemente un hombre ‘inocente’ que no sabía lo que estaba haciendo” (Mac Gregor, 2021:176). Y aunque la prédica maderista acicateó las conciencias, fue hasta el surgimiento de la lucha armada cuando quedaron manifiestos cuáles eran los problemas sociales urgentes: necesidades agrarias, dificultades laborales y desarrollo educativo.

Entonces se dijo que la política maderista sólo había logrado sumir a un país en la anarquía. La prueba democrática había fracasado y los gobiernos que siguieron ni siquiera intentaron insistir en tales postulados. Triunfó de nuevo el sistema de un pueblo ignorante guiado por un militarismo fuerte.

Para Madero la democracia era civilización y progreso. Se podría lograr mediante una organización partidaria que permitiera prácticas democráticas para elegir representantes legítimos. Él creía en un cambio pausado arbitrado por un partido que, por una parte, fuese un filtro para elegir a elementos intelectuales que articularan un programa trazado para satisfacer a las mayorías. Era por el lastre de la ignorancia popular que él justificaba confiar en los procesos democráticos para elegir a los más capacitados. 

En ese sentido, Madero no era el único que pensaba así. Entre 1908 y 1909, el debate público giraba en torno a encontrar la manera de cómo enfrentar el atraso político de los mexicanos. Para el candidato opositor a don Porfirio la situación no era romántica y echó mano de estrategias básicas: los mítines, que fueron la innovación de la época; las giras por el territorio; la formación de clubes para generar un programa político y el inamovible principio de no reelección. 

A principios de 1909, Madero escribe en una correspondencia:

«Aunque en principio soy partidario de la no-reelección, creo que, como una transacción, podrá admitirse la última reelección del General Díaz, con la condición de que el Vice-Presidente fuera demócrata, y que hubiera verdaderamente libertad de sufragio, a fin de que los diputados y los gobernadores de los Estados, así como los ayuntamientos, fueran nombrados por el pueblo. Para llegar a esta transacción, se necesitaría que el Partido Democrático… adquiriera gran prestigio y gran fuerza» [Carta a Francisco de P. Sentíes, 8 de enero de 1909] (Mac Gregor, 2021:190).

El temor era que si Díaz moría sin un sucesor, una revolución sería inevitable. Y en su ejercicio de proselitismo democrático, Francisco I. Madero logró convencer a miles de adeptos. Ellos lo secundaron cuando la derrota electoral, pero también ellos se levantaron en armas.

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Para mascar a fondo:

Mac Gregor, J. (2021), “La oposición democrática en México: la propuesta partidaria de Francisco I. Madero”, en Pablo Serrano Álvarez y Carlos Martínez Assad (coords.), Francisco I. Madero y la larga transición (ciudadanos, partidos y elecciones), Ciudad de México, INEHRM, p. 175-194.

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