Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Patrik Johansson]
El 8 de noviembre de 1519 los ibéricos y sus aliados entraron con aparente son de paz en la ciudad lacustre de Tenochtitlán. “El sólo hecho de penetrar en la ciudad con sus aliados tlaxcaltecas, huexotzincas y tliliuhtepecas, acérrimos adversarios de los mexicas, era una prueba inequívoca de que Moctezuma, implícitamente, había abdicado” (Johansson, 2021). Es múltiple la tensión que debe suponerse en aquella ciudad: los regentes nativos alojaron a guerreros que permanecían allí como visitantes y, además, les dispensaban buen trato. La comida no faltó y los recorridos de los ibéricos por la ciudad eran constantes.
Eso provocó tirantez política entre la élite mexica. De noviembre de 1519 a mayo de 1520, lo que allí ocurre es una tensión en subida. Seis meses después se desencadenaron las hostilidades y en el corazón de Anáhuac ya no habría más el sosiego mesoamericano. Había comenzado la guerra de conquista. La gota que derrama el vaso es una matanza donde la nobleza mexica es acribillada mientras celebra una ceremonia anual, la fiesta de Toxcatl. Las condiciones fueron desiguales, porque los asesinados no tenían armas. Comúnmente llamamos al asunto como “Matanza del Templo Mayor”. Las crónicas y relatos indígenas son escalofriantes: griterío, atropellos, tumulto, lanzas, espadas, perros… mexicas despedazados, sangre.
La orden de emprender la matazón se le adjudica a Pedro de Alvarado. Cortés andaba en las playas del Golfo dándole pelea a un tal Pánfilo de Narváez. Para cuando el capitán extremeño regresó a Tenochtitlán, a mediados de junio, la burbuja de la diplomacia estaba hecha pedazos. Los mexicas se habían sublevado y posiblemente Cuitláhuac era uno de los principales organizadores de la resistencia para oponerse a la presencia de los ibéricos y sus aliados. Lo que esperaban era aniquilar a todos. Cortés entendió que si nunca fueron “bien vistos”, a partir de la matanza de mayo, “ya no eran bienvenidos”.
Los mexicas habían sitiado a los ibéricos y pretendían secarles las entrañas. Ni agua limpia, ni leña, ni una tortilla. Para todos los indígenas de aquella época una situación estaba muy clara: “los invasores eran enemigos que visiblemente nada tenían de divino, eran cruelmente humanos y no eran invencibles” (Johansson, 2021).
Cortés intentó actuar rápido. Se supone que llegó el 24 de junio y su talismán era Moctezuma. Pero el tlatoani fue desconocido por los mexicas, la veladura de divinidad se había extinguido. La tradición dice que fue una piedra lanzada por una mano mexicana la que puso fin a la vida de Moctezuma y al otro día, los españoles abandonaron Tenochtitlán, durante la noche. Las crónicas y los relatos de aquella huida son terribles.
La noche del 30 de junio, según Cortés, murieron ‘ciento y cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y más de dos mil indios que servían a los españoles, entre los cuales mataron al hijo e hijas de Motezuma, y a todos los señores que teníamos presos’ (Cortés, “Segunda Carta de Relación”). Los sobrevivientes, heridos y hambrientos, y perdidos fueron rescatados por los tlaxcaltecas, que los llevaron a Tlaxcala, por la orilla de los lagos, pasando por Cuauhtitlán, Citlatépetl, Zumpango hacia Otumba (Johansson, 2021).
Los mexicas no se preocuparon por exterminar a los invasores sino por fortificar su ciudad y enterrar a sus muertos. Meses después, los conquistadores regresarían a las inmediaciones de Tenochtitlán, auxiliados por miles de indígenas que eran sus aliados.
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Para mascar a fondo:
Johansson, P. (2021), La noche triste, la conquista como derrota, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México.







