Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Álvaro Matute]

En 1857 los liberales promulgaron una Constitución que tuvo vigencia durante los próximos sesenta años, pero la existencia del texto nunca logró asegurar su aplicación definitiva para guiar los rumbos de la sociedad de entonces. Veintiún años después, cuando Porfirio Díaz ejercía su primer mandato como presidente de México, uno de los intelectuales más influyentes de todo el régimen porfiriano escribió que se trataba de una generosa utopía liberal. Era Justo Sierra quien lo afirmaba y agregaba que estaba “destinada, por la prodigiosa dosis de lirismo político que encierra, a no poderse realizar sino lenta y dolorosamente” (Matute, 2010).

A la vuelta del siglo, en 1901, Manuel Calero exponía que, en realidad, pocos de los ciudadanos de la época conocían las obligaciones y los derechos que el texto constituyente les otorgaba. Por lo tanto, si bien juzgaba que la dictadura porfirista cumplía con la tríada: enérgica, progresista y centralizadora; había que observar el entorno, donde el grueso de la población vivía en una permanente infancia política. Para él, lo necesario era que los mexicanos pudieran ejercer la libertad política. 

En 1908, las declaraciones que el presidente Porfirio Díaz hizo al periodista norteamericano James Creelman revolvieron los ánimos y abrieron la brecha para que en México se iniciara la formación política de los ciudadanos. El factor decisivo fue que, para entonces, ya existía una naciente clase media dispuesta a ejercer su capacidad de organización. “La clase media que había emergido con el Porfiriato aspiraba tomar las riendas de la sociedad” (Matute, 2010). Se habían terminado las polaridades maledicentes como las que sostenían que en México existían dos grandes núcleos condicionados: los pobres estaban muy ocupados en sobrevivir y los ricos siempre estaban enfrascados en mantener su riqueza.

Desde 1908 la inquietud era grande. En el primer trimestre, los ciudadanos enterados leyeron la entrevista que dio Porfirio Díaz al periodista James Creelman y que desencadenó la actividad política. Se formaron partidos como el Democrático, se agitaron los partidarios del general Bernardo Reyes y, desde luego, cerraron filas los porfiristas netos que brindaron su apoyo incondicional al caudillo oaxaqueño y al vicepresidente Corral. Dentro de ese mundo de inquietudes en el que la pregunta que más aparecía en ensayos políticos, discursos y especulaciones, era si el pueblo mexicano estaba, como afirmó Díaz ante Creelman, apto para la democracia, casi todos los que la formularon llegaron a conclusiones negativas (Matute, 2010).

Un acaudalado empresario de Coahuila fue de los pocos que creyeron en la palabra del viejo presidente. Se llamaba Francisco I. Madero y a fines de 1908, publicó un libro titulado La sucesión presidencial en 1910. Fueron 3 mil ejemplares. En la dedicatoria se dirige a tres grupos: los héroes. En segundo lugar, a “la prensa independiente de la república, que con rara abnegación ha sostenido una lucha desigual por más de treinta años contra el poder omnímodo…” Por último, a los mexicanos patriotas “valientes defensores que nunca han faltado a la nación…”

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Para mascar a fondo:

Matute, A. (2010), La Revolución mexicana: actores, escenarios y acciones, Ciudad de México, Océano.

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