Javier Calles-Hourclé/Zenda
Alguna vez escuché comentar que cuanto más vacío está un actor, mejor intérprete será. Como si la ausencia de esencia propia o la escasez cultural contribuyeran a la posesión del personaje sobre el cuerpo del actor. Encontré una referencia sobre esta especie de regla del oficio actoral en una entrevista de Eugenio Scalfari a Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman, publicada en el diario La Repubblica el 6 de julio de 1996. En ella, Gassman lo explica así: «Mire, el actor es como una caja vacía, y cuanto más vacía esté, mejor. Interpreta un personaje y la caja se llena; después termina el trabajo y la caja se vacía. […] El actor no debe ser especialmente culto, y ni siquiera especialmente inteligente; incluso debe ser —quizá— un poco idiota. Sí, sí, si fuese completamente idiota sería un grandísimo actor».
No me atrevería a discutir con Gassman sobre su oficio, no sólo por la ineficacia de una discusión en la que una de las partes ha dejado este mundo, sino, principalmente, porque sólo podría imaginar lo que implica ser un actor profesional. Sin embargo, siempre me incliné a considerar que cuanto más complejo sea un actor, mayor sería su cajón de recursos para modelar personajes. Y creo que he dado con el mejor ejemplo de esta tesis: Oscar Martínez.
Oscar —con acento prosódico en la última sílaba, según el canon argentino— es un caballero culto, refinado y reflexivo, con quien es una delicia compartir un café para recorrer su carrera de actor —que es parte de la historia del cine argentino—, sus reflexiones técnicas sobre la interpretación, los detalles de su última película o su mirada sensible, pero aguda, sobre la realidad argentina y española. Sin antecedentes familiares en el teatro, podría decirse que su carrera, como pequeño dramaturgo y actor, empezó a los siete años, haciendo «unas funciones de cositas que yo escribía para mis primos, en la casa de mi abuela materna». Con catorce años tuvo una revelación en un teatro de Mar del Plata, viendo a Ernesto Bianco y Osvaldo Miranda: «Me hizo darme cuenta de que yo quería hacer lo que hacían esos señores». Comenzó a estudiar actuación al volver a Buenos Aires y egresó de la Escuela Municipal de Arte Dramático tres años más tarde.
Su inquietud le decía que había más para aprender, especialmente en la Argentina de los años sesenta, muy revolucionaria en las artes escénicas, entre otras razones por la presencia de una masa crítica de profesionales formados por Hedy Crilla —«discípula de un discípulo directo de Stanislavski. Una genia, y con quien muchos años más tarde hice un seminario de actores profesionales»—. Así, «empezaron a dar clases Agustín Alezzo, Carlos Gandolfo, Oscar Fessler, Juan Carlos Gené —mi maestro—, Augusto Fernandes… produciendo una verdadera revolución en la formación y en el tipo de actor que empezó a aparecer en la Argentina, como por ejemplo Federico Luppi, haciendo un tipo de trabajo totalmente diferente al teatro declamatorio, o de los grandes intuitivos como López Lagar».
Su carrera actoral ha ido alternando entre la televisión, el cine, el teatro, la dramaturgia y la dirección. Empezó a trabajar en forma profesional a los veintiún años en La gran ruta, con Luis Brandoni, Juan Carlos Dual, Mimí Pons y Luis Landriscina, y El profesor tirabombas, con el eterno Luis Sandrini.
En 2013 hizo su última interpretación en teatro, encarnando a Salieri en Amadeus, el éxito mundial de Peter Shaffer, y tal vez sea el único actor en haber interpretado también a Mozart —treinta años antes— en la misma obra. Ese mismo año recibió la llamada de Damián Szifron para Relatos salvajes, y poco después la de Mariano Cohn y Gastón Duprat para El ciudadano ilustre, películas que serían un punto de inflexión en su carrera: «Si bien había hecho películas como La tregua, no me convocaban los directores de cine. Cuando me llama Damián para Relatos salvajes hacía seis años que no filmaba —tras haber ganado la Concha de Plata como mejor actor con El nido vacío—. A partir de Relatos y fortalecido por El ciudadano ilustre, me empezaron a llover guiones de cine, al punto de hacer cuatro películas en un mismo año».
Así, la continuidad en los rodajes lo acercó al placer del trabajo cinematográfico y, desde entonces, hemos podido disfrutar de su presencia en plataformas y la gran pantalla.
Apasionado del escenario, jerarquiza las artes interpretativas con el teatro en el podio, porque «no hay duda de que el teatro es la casa del actor. Es el lugar en el que aprende, va forjando el oficio y templando el instrumento. […] El arte del actor es el teatro y el arte del cine es del director». En su libro Ensayo General —recientemente presentado en España— vuelca décadas de conocimiento técnico. Su experiencia se aleja del misticismo de la inspiración para centrarse en la técnica y el entrenamiento, argumentando que, a diferencia de un escritor o un compositor que puede esperar a las musas, el intérprete tiene una cita impostergable con el público o el set del rodaje. «No hay profesor en el mundo que te dote del talento que no tenés; eso es innato […], pero el actor debe tener una técnica que le permita invocar su talento y favorecer su creatividad para no depender enteramente de la inspiración».
En cuanto al nivel actoral de España y la Argentina, reconoce que, si bien la diferencia entre los intérpretes argentinos y españoles supo ser «sideral», la velocidad con la que han recortado distancia ha sido notable, especialmente en los jóvenes —entre 20 y 50 años—, que tienen una calidad interpretativa «descomunal», destacando a Candela Peña como ejemplo de esa generación.
Su última película, El último gigante (Netflix), se estrenará en la plataforma internacional el 1 de abril. Oscar la define como una película «muy emocional» que narra el regreso de un padre abandónico, que reaparece después de veintiocho años a pedir el perdón de su hijo. Filmada en escenarios naturales muy espectaculares, como la selva misionera y las cataratas de Iguazú, lo cual le otorga una potencia visual muy fuerte a la historia, es una combinación de «una historia de lazos muy entrañables» con un trasfondo emocional «muy potente por todo lo que ocurre» entre los personajes.
Aunque el actor ha decidido establecerse en Madrid, continúa con el corazón en la Argentina y observa con tristeza la «decadencia notable» de la Buenos Aires que conoció. Describe una ciudad marcada por la crispación y la angustia, en contraste con la vitalidad y la apertura que ha encontrado en la España actual. «Extraño el país que ya no es. […] Yo conocí la Buenos Aires de la calle Corrientes, con las librerías abiertas hasta la una y media de la mañana, los cines y los teatros llenos, y fui testigo de cómo, gradualmente, se fue perdiendo, degradando y desapareciendo. Yo lo noto mucho y me entristece».







