“Un escritor sin historia es un saco vacío”: Cynthia Ozick

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Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) ha publicado recientemente Metáfora y memoria. Ensayos reunidos, una recopilación de ensayos sobre autores como Susan Sontag, Henry James y Kafka. Cuenta que entró de lleno en ellos y de ese buceo sacó diversas lecciones. La escritora de Cuerpos extraños y Los últimos testigos desvela en esta entrevista sus lecturas favoritas.

Pregunta.- ¿Qué libros tiene en su mesilla de noche?
Respuesta.- A día de hoy mi mesa de noche es un montículo arqueológico más o menos cúbico en espera de espacio en las estanterías. Entre el estrato medio he excavado en el placer regenerativo del redescubrimiento de los viejos libros: Mujeres de John Updike (un doloroso recordatorio de la ausencia de esa voz literaria constantemente notable), una colección de la Librería de América compuesta por cuatro novelas de William Dean Howells, quien consiguió ser tan venerado como Willa Cather, sino más, Pieces of My Mind. Escritos 1958-2002 de Frank Kermode (reflexiones consumadas que van de Don DeLillo y Raymond Carvera Secrets and Narrative Sequence). Y, desde une veta más baja, dos memorias escritas por dos chavales que escaparon del nazismo en Viena. Continuo: A Life in Music, de Robert Starer, que marca la pérdida de un compositor y poeta estelar y A Longing in the Land de Arthur Gregor. Y, por último, en la superficie del montículo un volumen importante puesto del revés para ocultar la cara de su portada: la nueva biografía de Hitler escrita por Volker Ullrich, traducido del alemán y aún sin abrir. ¿Lo leeré? ¿Lo haré? A veces la repugnancia anula la curiosidad psicológica y otras veces la curiosidad psicológica no es más iluminadora que la pornografía.

P.- ¿Cuál fue el último buen libro que leyó? R.- Anti-Judaism: The Western Tradition de David Nirenberg. No es sobre el antisemitismo per se, este studio en la historia de las ideas es también, y sensacionalmente, la historia de cómo se forma el funcionamiento tendencioso de la imaginación no solo de la fe cristiana y el dogma religioso islámico sino de toda la filosofía secular. Un libro imprescindible que me dejó en una desesperación irremediable.

P.- ¿Qué escritores, novelistas, dramaturgos, críticos, periodistas, poetas, vivos admira?
R.- Tanto libros como dramaturgos. Collected Stories de Donald Margulies y lo último de Simon Gray, The Common Pursuit. Entre los críticos el historicista Adam Kirsch, el periodista Bret Stephens por su sabiduría y astucia y los novelistas de Cambridge como Allegra Goodman, Gish Jen, Claire Messud que destacan por su ficción individualizada. Dana Gioia, una poeta apartada de la corriente principal por su facilidad elástica. Norman Manea, una categoría en sí mismo; un profeta.

P.- ¿Qué géneros le gusta leer y cuáles intenta evitar?
R.- No es que evite los thrillers, las novelas negras, las detectivescas, etc, parece que no soy consciente de ellas, en el mismo sentido que reconozco, aunque lejanamente, un pasatiempo llamado béisbol, del que disfrutan muchos ciudadanos. Pero me atraen activamente los ensayos y ahora mismo estoy inmersa en Life Sentences, una colección de 2012 de William Gass, uno de nuestros ensayistas vivos más importantes, sin duda.

P.- Cuéntenos cuál es su cuento favorito
R.- Hay demasiados como para aislar un solo así que aquí van cinco: Ligea, a veces titulado como El profesor y la sirena, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, My Quarrel With Hersh Rasseyner de Chaim Grande, Ward Six de Chéjov, La muerte de Iván Ilich de Tolstoy y La bestia en la jungla de Henry James (la autobiografía de todos).

P.- Y, ¿su poema preferido?
R.- Dover Beach de Matthew Arnold, Ozymandias de Shelley y 1 de septiembre, 1939, de Auden. Todos son imágenes innovadoras del siglo XXI.

P.- ¿Qué es lo que más le conmueve en una obra literaria?
R.- El lenguaje al igual que la imagen y el sentimiento. Nabokov frente a Hemingway. Si menos es más, es sin embargo pérdida. Y la facilidad vernacular es privación.

P.- ¿Cómo organiza sus libros?
R.- Ver la respuesta a la primera pregunta.

P.- ¿Cuál de los libros de su colección sorprendería a la gente?
R.- La 13ª edición de la Enciclopedia Británica (1926, esencialmente un duplicado de la 11ª), que adquirió mi madre antes de que yo naciera. La ciencia está obsoleta, sus historias y biografías no lo son y toda su literatura es oro, gran parte de ello escrito por luminarios identificados tan solo por sus iniciales.

P.- ¿Cuál es el mejor libro que ha recibido como regalo?
R.- Los libros más preciados cosecharon mi infancia. Un tío me regaló Precisamente así de Rudyard Kipling, con una esvástica india dorada en la portada y con las ingeniosas ilustraciones del escritor. Otro me regaló Don Quijote, tan seductor que me inventé dolor de garganta para seguir leyendo. De otro un volumen de tres libros de Modern Library de Shakespeare. De mi madre recibí Tom Sawyer y Alicia en el país de las maravillas y también Pollyana, que le gustó a ella en su infancia. Y de un compañero de clase, nostálgico por la juventud perdida, A Shropshire Lad de A.E. Housman.

P.- ¿Cuál es su héroe o heroína de ficción favorito? Y, ¿su villano preferido?
R.- Mi héroe es Rickie Elliot, el simpático protagonista de El más largo viaje, novela de 1907 de E.M. Forster, que arranca en la encantadora Arcadia de jóvenes filósofos de Cambridge y cae en una descorazonada desilusión. Y como antihéroe el irresponsable personaje Saul Bellow de Herzog con sus argumentos eruditos y sus quejas personales.

P.- ¿Qué tipo de lectora era de pequeña? ¿Qué libros y autores permanecen con usted?
R.- Añade a la respuesta anterior Mujercitas. ¿Qué escritora embrionaria (exceptuando las de estilo Norman Mailer) no ha estado cautivada por el temprano logro profesional de Jo March? Volviendo hace poco a una edición anotada de John Matteson fui capturada una vez más por el pasaje que me llevó hace mucho tiempo: “‘The Duke’s Daughter’ paid the butcher’s bill, ‘A Phantom Hand’ put down a new carpet, and ‘The Curse of the Coventrys’ proved the blessing of the Marches in the way of groceries and gowns”. Todo ello denigrado por el profesor Bhaer, ese santurrón que niega la condición humana y la indignación. ¿Qué diría él de El Teatro de Sabbath de Philip Roth? Y, ¿por qué Jo debía casarse con semejante zopenco?

P.- ¿Cuál de los libros que ha escrito es su favorito o el que más significado tiene?
R.- Trust, mi primera novela larga. Se la ha juzgado de ilegible y, tal vez, así lo sea. Pero sigo creyendo que desde entonces no he escrito con una confianza tan ardiente sobre el poder y el valor de la palabra.

P.- ¿Quién le gustaría que escribiera la historia de su vida?
R.- Un gastroenterólogo con habilidades literarias. Sonará a verdadera profundidad.

P.- Imagine que organiza una cena literaria. ¿A qué tres escritores, vivos o muerto, invitaría?
R.- Proust, George Eliot y Maimonides. Me aseguraría de servir té y magdalenas. Y deberá haber un tapiz detrás del cual estaré yo oculta y muda.

P.- Si tuviera que nombrar un libro que ha hecho de usted quien es ahora, ¿cuál sería?
R.- Un libro que también leyó Kafka y me electrificó cuando tenía 17 años. Lo descubrí en una estantería en Newark, N.J: el volumen de seis tomos de La Historia judía de Heinrich Graetz, publicado por primera vez en 1891, traducido del alemán. Este estudio del siglo XIX que concluye poco antes de eso a lo que llamamos era moderna: sin el Caso Dreyfus, ni las guerras mundiales, ni la Unión Soviética, ni la Alemania nazi, ni el Holocausto, ni el Estado de Israel. No obstante, para mí se convirtió en un portal al milenario modo de pensar occidental. Y me enseñó que un escritor sin historia, por muy dotado, es un saco vacío.

P.- ¿Qué libro recomendaría leer al Presidente?
R.- La Historia judía de Heinrich Graetz.

Fuente El Cultural

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