Franco González Aguilar

Le dedicaba un promedio de siete horas diarias al desarrollo de nuestra producción musical. No obstante el tiempo destinado a ella, pronto nos dimos cuenta que no era tan sencilla la tarea que habíamos emprendido. Por esa razón, me sentí motivado cuando recibí un telegrama que decía: “Sr. Víctor Roble, agradeceré pasar a mi oficina mañana, nueve horas. Asunto relacionado con su proyecto. Manuel Sol”.

Por la dirección que aparecía en el telegrama –Juárez 57-, supuse que el remitente trabajaba en la universidad. Pero era extraño, porque yo no conocía a esa persona. Entonces recordé al Rector de la Universidad Veracruzana. ¡Ah, pero como no lo pensé antes!, se debe a una orden del licenciado Aureliano Hernández Palacios. Sí, él me está apoyando para que alguien me asesore. Claro, eso es, pensé.

Al otro día me encaminé hacia la dirección indicada, era en efecto, la Facultad de Filosofía y Letras. Entré a la oficina principal y pregunté por el maestro Sol (porque seguramente será maestro, aventuré a pensar). Una de las secretarias me indicó cómo llegar. Cuando toqué la puerta, desde adentro, una potente voz me autorizó a entrar.

     —Pase— escuché decir.

     —Buenos días, soy Víctor Roble —dije, caminando hacia el interior—. ¿Es usted el maestro Manuel Sol?

     —Para servirte, pasa por favor y siéntate—, me contestó un hombre de mediana estatura.

La oficina del maestro era más bien un cubículo pequeño y angosto sin ventilación; de las cuatro paredes, tres estaban repletas de libros. En el piso, se hallaban algunas cajas encimadas, supuse que con libros también; en el escritorio, una máquina de escribir y algunos documentos; sobre la máquina unos lentes; en el aire, olor a libros. Me senté en la única silla disponible y el maestro me dijo:

     —Me he enterado que estás trabajando en un proyecto de divulgación artística de nuestros poetas, lo cual me parece muy interesante, me gustaría que me platicaras un poco de ello.

     —Desde luego maestro—contesté—. Aún sin comprender el interés del académico en mi proyecto, comencé a hablarle del mismo; algunas veces me interrumpía para hacerme preguntas, después de lo cual me hacía un comentario. Con la plática me fui dando cuenta que el maestro Sol era un gran conocedor de la literatura del siglo XIX. De hecho, acababa de publicar un libro sobre la obra de Salvador Díaz Mirón, en el que aparecía un estudio biográfico del poeta. Tuvo la gentileza de regalármelo. “Por si te llegara a servir”, me dijo.

     Mi entrevista con el maestro fue verdaderamente enriquecedora. Sus comentarios me iban a ayudar mucho. En particular, me dio gusto que, aunque percibió que yo no tengo un conocimiento profundo de la poesía veracruzana, se hubiera mostrado interesado por la forma en que quiero hacer la selección: elegir a los autores por región, para mostrar que en todo el territorio veracruzano hay grandes poetas, sin considerar estilos ni corrientes literarias. Le hablé del interés en rescatar a nuestros creadores y darlos a conocer en amplios sectores de la población. Para eso, creo que no necesito conocer a profundidad las corrientes literarias, le comenté. Me dijo que estaba bien, que después de todo, lo más importante era el rescate. Ya para finalizar añadió:

     —Mira, si yo o cualquiera persona del medio literario trabajara este proyecto, con seguridad tendría en cuenta aspectos que finalmente llevarían tu idea hacia otros lados, quizá más académicos y, por lo tanto, menos del agrado de la gente.

   —Tú eres un artista y sabes en concreto lo que pretendes. La única forma que yo tengo de ayudarte sin afectar tu trabajo, es la siguiente: quiero que te lleves estas cajas, tienen información de poetas (y poesía también, claro). La mayoría, poco conocidos fuera de su lugar de origen, aunque es posible que tú hayas escuchado a poetas de apellidos Segura o Luchichí, ¿no es así?, aunque casi nadie los menciona. Bueno, pues algo de ellos anda por ahí, espero que de este material puedas sacar algo que te funcione. No creo necesario decirte que esta es una información muy apreciada por mí, así que te pido que la cuides mucho, utilízala, y en unos días me la devuelves. ¿Qué te parece?

     Tomé las cajas indicadas, junto con el libro de Díaz Mirón y presuroso las llevé a mi casa con la idea de enfrascarme de lleno en la lectura de esos textos. Debido a la emoción que sentía, cuando me despedí del maestro, olvidé preguntarle cómo había sabido de mí y de mi proyecto. Estaba seguro que todo se debía al Rector, por el encuentro de aquella noche en el tren. Sin embargo, ¿por qué me había dado a entender que yo conocía los nombres de Segura y de Luchichí? Y también, ¿cómo supo mi dirección? No recuerdo haberle dado esa información al máximo responsable de la Universidad.

Continuará…

 

Publicidad