Las políticas arancelarias del presidente Donald Trump, diseñadas para fortalecer la manufactura en Estados Unidos, están generando efectos adversos incluso entre sus propios simpatizantes: pérdidas empresariales, recortes de personal y encarecimiento de insumos.

El caso de Jay Allen, empresario en Arkansas y votante del mandatario, ilustra el impacto. Su compañía, Allen Engineering Corp., dedicada a la fabricación de maquinaria para pavimentación, reportó pérdidas en 2025. La plantilla laboral se redujo de 205 a 140 trabajadores, mientras que los precios de sus productos aumentaron entre 8% y 10% para compensar el alza en costos.

Los aranceles a las importaciones —eje central de la estrategia económica de Trump— han encarecido componentes clave como acero, motores y transmisiones provenientes del extranjero, afectando directamente la estructura de costos de fabricantes medianos.

Promesas sin materializarse

El gobierno federal defendió los aranceles bajo el argumento de que detonarían la apertura de nuevas fábricas y aumentarían la recaudación para reducir el déficit. Sin embargo, los datos no respaldan esa narrativa.

Durante el primer año completo del regreso de Trump a la Casa Blanca, se perdieron 98 mil empleos manufactureros. Además, empresas estadounidenses han solicitado más de 130 mil millones de dólares en reembolsos arancelarios, reflejo de la presión financiera que enfrentan.

Aunque la administración sostiene que hay mayor inversión en construcción industrial y productividad, especialistas advierten que estos indicadores responden, en buena medida, a políticas previas.

Inercia de la era Biden

El repunte en construcción de fábricas comenzó en 2022, impulsado por la Ley CHIPS y Ciencia del entonces presidente Joe Biden, que incluyó subsidios para plantas de semiconductores.

Proyectos en estados como Arizona, Texas e Idaho continúan activos, lo que mantiene elevado el gasto, pero no necesariamente por efecto de los aranceles actuales.

Analistas como Skanda Amarnath señalan que no existe evidencia clara de un “renacimiento manufacturero” atribuible a la política comercial de Trump.

Incertidumbre y freno a inversiones

La volatilidad en la política arancelaria —más de 50 medidas entre anuncios, ajustes y disputas legales— ha generado incertidumbre en el sector industrial. Empresas pequeñas y medianas enfrentan dificultades para planificar inversiones de largo plazo.

Allen, por ejemplo, descartó trasladar la producción de motores desde Alemania a Estados Unidos, una decisión que implicaría invertir 20 millones de dólares sin garantías sobre la estabilidad futura de las reglas comerciales.

El economista Joseph Steinberg, de la Universidad de Toronto, advierte que incluso en escenarios optimistas tomaría al menos una década recuperar los niveles de empleo previos a los aranceles.

Acero caro, industria presionada

El incremento de aranceles al acero —hasta 50%— ha beneficiado a acereras locales, pero ha elevado significativamente los costos para fabricantes que dependen de este insumo.

Empresas como Calder Brothers, en Carolina del Sur, reportaron aumentos de hasta 25% en el precio del acero incluso antes de la entrada en vigor de los gravámenes, reflejando un efecto inmediato en el mercado.

China amplía ventaja

Uno de los objetivos estratégicos era reducir la dependencia frente a China. No obstante, el déficit manufacturero de Estados Unidos aumentó y el superávit comercial chino alcanzó un récord de 1.2 billones de dólares.

Especialistas como Lori Wallach, del American Economic Liberties Project, sostienen que la estrategia carece de coordinación internacional y deja a los fabricantes estadounidenses en desventaja frente a economías con subsidios y prácticas comerciales agresivas.

Balance adverso

A pesar del discurso oficial, la evidencia acumulada apunta a un efecto contrario al esperado: presión sobre costos, pérdida de empleos y menor certidumbre para invertir. El impacto ya no es abstracto; alcanza directamente a la base empresarial que respaldó políticamente al propio presidente.

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