El flujo de remesas hacia México, uno de los pilares silenciosos de la economía doméstica y del consumo en millones de hogares, mostró señales claras de debilitamiento durante 2025. Lejos del discurso oficial que suele presentar estos recursos como un colchón inagotable, los datos revelan un retroceso generalizado que impactó a la mayoría de las entidades del país.
De acuerdo con cifras del Banco de México, el ingreso por remesas sumó 61 mil 791 millones de dólares en todo 2025, lo que representó una caída anual de 4.6 por ciento. Se trata de un resultado negativo que rompe con la narrativa de crecimiento continuo y expone la vulnerabilidad de una economía cada vez más dependiente del dinero enviado por migrantes.
El deterioro no fue marginal ni aislado: 23 de las 32 entidades federativas registraron disminuciones en la captación de remesas. Las caídas más severas se observaron en el Estado de México, con un desplome de 20.4 por ciento; la Ciudad de México, con 17 por ciento; Sinaloa, con 16.6 por ciento; Sonora, con 14.1 por ciento, y Tabasco, con 13.5 por ciento.
El dato es todavía más relevante si se considera que los estados históricamente más dependientes de estos recursos también resultaron afectados. Guanajuato, Michoacán, Jalisco, Chiapas, Ciudad de México y Estado de México —las seis entidades que concentran casi la mitad de las remesas del país (44.9%)— cerraron el año con cifras a la baja. Es decir, el golpe se dio justo en los territorios donde las remesas son un soporte clave para el consumo, el pago de servicios y la supervivencia cotidiana.
En contraste, solo nueve estados reportaron incrementos: Baja California, Campeche, Guerrero, Oaxaca, Morelos, Yucatán, Puebla, Zacatecas y Veracruz. Sin embargo, estas alzas resultan insuficientes para compensar el retroceso nacional y confirman un escenario de desaceleración más amplio.
El panorama hacia 2026 tampoco es alentador. Analistas de Banorte advierten que las remesas seguirán bajo presión durante el primer trimestre, principalmente por factores migratorios. El grupo financiero identifica tres ejes que marcarán el comportamiento de estos flujos en el corto plazo: el desempeño de la economía estadounidense, la situación de su mercado laboral y, de manera creciente, las políticas de control migratorio.
Este último punto es clave. Las acciones restrictivas en materia migratoria tienen un impacto directo en los ingresos de la comunidad migrante y, por extensión, en su capacidad para enviar dinero a México. A ello se suma una desaceleración en el crecimiento de la población migrante: mientras que en 2025 aumentó en casi 1.3 millones de personas —muy por debajo de los 2.8 millones de 2024—, para 2026 se estima un incremento de apenas 321 mil.
Paradójicamente, esta menor migración podría generar escasez de mano de obra en sectores estratégicos de Estados Unidos, como la construcción, la hospitalidad y la agricultura. Banorte advierte que este desajuste podría intensificarse y abrir la puerta a salarios más altos para los trabajadores migrantes que logren mantenerse en el mercado laboral.
La advertencia más reciente provino de la industria lechera estadounidense. Productores de Wisconsin reconocen que alrededor del 70 por ciento de la fuerza laboral en sus granjas depende de migrantes, un dato que evidencia hasta qué punto la economía de ese país también está atada a este grupo poblacional.
En este contexto, los analistas no descartan dos posibles escenarios que podrían amortiguar la caída de las remesas: menores tasas de desempleo entre migrantes, acompañadas de mejores salarios, y la eventual implementación de programas federales de visas de trabajo para cubrir la falta de mano de obra. Ambos factores, de concretarse, podrían reactivar parcialmente el envío de recursos a México.
La realidad es clara, las remesas dejaron de crecer, los estados resienten el impacto y millones de hogares enfrentan un entorno más incierto. La dependencia estructural de estos flujos vuelve a quedar en evidencia, mientras la política económica interna sigue sin ofrecer alternativas reales para sustituir un ingreso que, cada vez más, muestra sus límites.







