La ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum en el Foro Económico Mundial de Davos no puede leerse como una decisión menor o circunstancial, es, más bien, un síntoma de la situación económica y de confianza que atraviesa México y que el propio gobierno no ha logrado revertir, mucho menos va a reconocer.
Este año, la delegación mexicana en Davos estuvo encabezada por la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena Ibarra, quien expuso el “Plan México” ante figuras empresariales y de gobierno. El mensaje oficial se concentró en temas de desarrollo con justicia, cambio climático y economía circular, pero fue Bárcena, no la jefa del Ejecutivo, quien llevó la representación mexicana al evento global.
Davos es un foro donde las grandes economías presentan resultados concretos, cifras creíbles y rutas claras para la inversión. No es espacio para discursos ideológicos ni para retórica nacionalista. Es el epicentro donde gobiernos y sectores productivos confrontan datos duros sobre competitividad, crecimiento y clima de negocios. En ese contexto, la figura presidencial de un país que aspira a captar inversiones y generar confianza importa. México, en este sentido, optó por enviar un mensaje débil. La voz principal no estuvo presente. Esta decisión, consciente o no, proyecta una imagen de falta de liderazgo en momentos críticos.
Los datos recientes sobre el desempeño de la economía mexicana siguen reflejando retos estructurales. Diversos organismos y análisis independientes han señalado que el crecimiento económico es moderado y enfrenta obstáculos persistentes, como la incertidumbre jurídica, la caída en la inversión privada y la productividad estancada, factores que erosionan la competitividad del país y su atractivo para capitales extranjeros. Aunque el Gobierno federal promueve políticas como el “Plan México” para incentivar la inversión y la producción nacional, la percepción de los mercados sigue siendo de cautela, no de convicción.
La ausencia de Sheinbaum en Davos contrasta con la asistencia de otros líderes regionales y globales, y envía al exterior un mensaje de que México no tiene cifras o propuestas suficientemente sólidas que defender personalmente en un foro de tal envergadura. El envío de una funcionaria de segundo orden puede interpretarse como una señal de jerarquía política. Si la economía y la confianza fueran prioridades estratégicas innegociables, la máxima autoridad estaría en primera línea para sostenerlas.
En el plano doméstico, el gobierno insiste en resaltar avances y en construir una narrativa de soberanía económica y dignidad nacional. Sin embargo, ese discurso tiene escasa resonancia en un mundo donde las decisiones de inversión se basan en indicadores de desempeño, estabilidad jurídica y claridad de rumbo. El contraste entre arengas internas y expectativas externas es cada vez más evidente.
La política interna puede convencer al electorado con mensajes emotivos o afirmaciones categóricas, pero en los círculos financieros globales operan otros criterios: datos, proyecciones, compromisos tangibles. Allí no se aplaude lo que se dice en las conferencias matutinas; se evalúa lo que se produce y se compromete. El silencio de México en Davos -o más bien la ausencia de su máxima representación política- no pasó desapercibido en ese contexto y plantea una pregunta fundamental: ¿está México preparado para competir en la economía global o prefiere refugiarse en discursos que no bastan para generar confianza internacional?
La respuesta a esa interrogante será determinante no solo para las relaciones económicas externas, sino para el futuro mismo de la estrategia de crecimiento nacional.







