Al cierre del 2021 nos encontramos con que la inflación, el monstruo que año con año devora nuestro ingreso, se volvió más grande y voraz.

Los precios a los consumidores mexicanos aumentaron en ese año 7.36% y, si bien se reconocía que por efecto de la pandemia la variable de ajuste entre productores y consumidores fue la inflación y que se consideraba además como un fenómeno temporal, la abrupta invasión militar de Rusia a Ucrania y las medidas adoptadas por las economías occidentales para neutralizar el ataque magnificaron problemas que aún no se terminaban de resolver y surgieron otros que acentuaron las presiones de oferta y demanda en el mercado.

Los analistas empiezan a considerar ya a la inflación como un fenómeno que permanecerá más tiempo entre nosotros.

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Para el cuarto mes del 2022, de acuerdo con las cifras oficiales, la inflación en su medición anual es ya de 7.68%. Variaciones de esa magnitud no se habían visto en 22 años.

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La explicación viene ahora por el repunte en el precio en alimentos: las frutas y verduras aumentaron 15.8% y los productos pecuarios 13.2% en lo que va del año, variaciones que se ubican muy por arriba del promedio y son las que pegan directamente al bolsillo de los consumidores con ingresos más bajos.

El repunte de precios del 2021 fue más evidente en las personas que tienen como medio de transporte su propio vehículo debido al precio de las gasolinas, y este año el incremento en el precio de los alimentos básicos es lo que está ya minando el ingreso de las familias.

La gravedad del problema podemos verlo con más claridad cuando lo dimensionamos a través del tiempo y, sobre todo, cuando lo comparamos con el ritmo en que crece nuestro ingreso. En los últimos cinco años, esto es entre 2017 y lo que va de 2022, la inflación acumuló un aumento de 23%, y en los últimos 10 años, de 50%. Es decir, en el primer caso necesitamos 23% más dinero para comprar la misma cantidad de bienes y servicios que cinco años atrás, y en el segundo caso, 50% más.

En abril de 2022 se dio un aumento anual de 10.8% en el salario diario asociado a trabajadores asegurados al IMSS, que fue el más alto desde febrero de 2002. Sin embargo, se vio minado de inmediato por el fuerte aumento en la inflación, que si bien todavía fue menor al de los salarios contractuales, alcanzó para dejarle todavía un aumento por arriba de la inflación del 3.2%, aunque las movilizaciones que empezamos a ver por parte de algunas organizaciones sindicales empiezan a mostrar ya preocupación por la sostenida pérdida en su poder adquisitivo.

Algo que también debe tomarse en cuenta es que buena parte de las personas que participan en el mercado laboral mexicano se mueven en la informalidad, eso significa que sus ingresos están mucho más cerca del salario mínimo que del nivel promedio de los salarios contractuales para los que cotizan en el IMSS.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo publicada por el INEGI, el número de trabajadores que percibieron hasta un salario mínimo entre 2018 y 2021 aumentó en 5.2 millones de personas, al pasar de 8.5 a 13.7 millones de personas. Los que ganan más de uno y hasta dos salarios mínimos aumentó en 5 millones, pasando de 14.9 a 19.9 millones de personas.

En contraparte, los que ganan más de dos y hasta tres salarios mínimos se redujeron en 2.2 millones de personas, tendencia que se reprodujo con los que ganan más de cinco salarios mínimos, que se vieron reducidos en 1.2 millones de personas.

Los manuales académicos hablan de la inflación como un proceso generalizado y sostenido en el aumento de precios y la realidad que tenemos en México se apega por completo a esa definición. Baste comparar el aumento de precios entre países durante la vida de los tratados comerciales entre México, Estados Unidos y Canadá. Mientras que, en los 29 años del acuerdo, en Canadá los precios al consumidor aumentaron 73% y en Estados Unidos 97%, en México el incremento es de 768%.

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