El posible cierre prolongado del estrecho de Ormuz mantiene en alerta al mercado energético y a las economías dependientes del petróleo del golfo Pérsico. Aunque continúan las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, no existe un acuerdo claro sobre la operación futura de la ruta marítima por donde circula cerca del 20 por ciento del crudo mundial.

El escenario revive antecedentes de bloqueos estratégicos en Oriente Medio. Durante la Guerra de los Seis Días de 1967, el canal de Suez quedó cerrado durante ocho años, pese a que el conflicto militar terminó en pocos días. Quince barcos quedaron atrapados en la vía; cuando el paso fue reabierto en 1975, la mayoría ya no podía navegar debido al deterioro.

Ahora, el estrecho de Ormuz enfrenta un riesgo con impacto mayor. Reportes del *New York Times* indican que entre mil 500 y 2 mil embarcaciones permanecen detenidas en el golfo Pérsico por la incertidumbre sobre la seguridad marítima en la zona.

Aunque el tránsito marítimo se reactive parcialmente, persisten obstáculos para normalizar el flujo petrolero. Navieras y aseguradoras analizan el riesgo de operar en un corredor considerado vulnerable ante posibles ataques o minas submarinas.

La Agencia Internacional de la Energía advirtió que las operaciones de desminado podrían tardar semanas. Mientras tanto, compañías aseguradoras exigirían escoltas militares y protocolos adicionales de seguridad, lo que elevaría costos de transporte y retrasaría entregas de petróleo y gas hacia Asia y Europa.

La consecuencia inmediata sería presión sobre los precios internacionales de combustibles y energía, incluso con reapertura parcial del estrecho.

Frente a ese escenario, los países de la región comenzaron a activar rutas y mecanismos alternativos.

Irán impulsa el programa “Hormuz Safe”, un esquema de seguros marítimos para embarcaciones que crucen la zona. El sistema contempla pagos con criptomonedas, incluido bitcoin, y un mecanismo de verificación cifrada para buques. Estimaciones iraníes calculan ingresos superiores a 10 mil millones de dólares anuales.

Arabia Saudita incrementó el uso de su oleoducto Este-Oeste, construido en los años 80 durante la guerra entre Irán e Irak. La infraestructura conecta campos petroleros del este saudí con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, evitando el paso por Ormuz.

En paralelo, Emiratos Árabes Unidos acelera la construcción de un segundo oleoducto para ampliar exportaciones sin depender del estrecho.

El analista energético Javier Blas señaló que el mercado mundial ha resistido la pérdida temporal de unos 20 millones de barriles diarios que cruzan por Ormuz, pero advirtió que la capacidad de resistencia comienza a agotarse.

Según el especialista, un cierre prolongado obligaría a reducir consumo energético mediante medidas de emergencia o por el impacto de precios elevados sobre consumidores y empresas.

Blas sostuvo que una caída permanente de entre 10 y 15 por ciento del suministro mundial de petróleo podría derivar en una recesión global similar a las crisis energéticas de 1973 y 1979.

El estrecho de Ormuz sigue operando bajo tensión. Sin un acuerdo definitivo entre Washington y Teherán, el mercado petrolero se mantiene expuesto a un escenario de interrupciones prolongadas, incremento de costos logísticos y presión económica internacional.

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