El antes y el después del Covid-19 en México ayudarán a entender las verdaderas posibilidades de la Cuarta Transformación, la principal iniciativa política, económica y social emprendida por el presidente López Obrador durante su sexenio.

Para explicar en qué ha consistido tal transformación, a partir de los hechos reales y concretos que se tienen hasta el momento, el asunto se puede plantear en varios puntos.

El primero se refiere a que las fuerzas militares de la nación constituyen quizá el único aspecto que se ha transformado de una manera sorprendente, si se consideran los diversos asuntos, obras y acciones prioritarias que el presidente ha puesto en sus manos y los multimillonarios fondos que le ha aprobado.

El segundo tiene que ver con el fallido manejo presidencial contra la inseguridad, la delincuencia y la corrupción en todas sus manifestaciones. El Culiacanazo en Sinaloa contra el cartel más poderoso en ese estado, dejó ver que esos temas no tienen importancia para López Obrador, más allá de lo que representen en el aspecto político. Lo confirma el caso Lozoya en segundo lugar, y no es el último.

El tercer punto que explica la 4T es la definición operativa de este gobierno, en la que solamente los pobres tienen beneficios claros y crecientes a través de los presupuestos públicos. Pensiones a adultos mayores, becas y apoyos sociales a los diferentes segmentos, es lo que llena la visión estratégica del mandatario. Ahí no cupieron las clases medias, los emprendedores ni la iniciativa privada, todos ellos estigmatizados desde las mañaneras y las manipuladas redes sociales.

El cuarto punto es su gustoso centralismo, ejemplificado en la lucha abierta o soterrada contra los otros poderes de la unión, los órganos autónomos o las instituciones que representen un contrapeso u obstáculo para llevar a cabo las decisiones de palacio nacional.

Esa es la deficiente transformación que ven los mexicanos, si es que a todo ese conjunto de decisiones, propósitos y obras en proceso, se le puede llamar transformación. 

Y lamentablemente para el país, hay que reconocerlo, es el gravísimo problema de la pandemia y su mala atención, con el sector salud destruido o disminuido, con la caída persistente de la economía y el desatendido empobrecimiento de mucha gente en todo el territorio. La suma de estaos factores hace pensar que con mucha dificultad, el gobierno de la república podrá concluir las cuatro obras faraónicas que abanderó como históricas e inigualables: el tren maya, el aeropuerto de Santa Lucía, el Proyecto del Istmo de Tehuantepec y la Refinería de Dos Bocas. 

Quizá ese desaliento que empieza a ser nacional, cuando estamos a meses de acabar la primera parte de la gestión obradorista, esa revoltura o mejunje que quieren que se trague la sociedad renuente, es lo que produjo la semana anterior ese prematuro anuncio de jubilación que hizo López Obrador—“mi gestión termina en septiembre de 2024”— que algunos piensan que fue un simple distractor del escándalo por la manoseada protección del general Cienfuegos, liberado de culpas y asesorando ahora a los altos jefes de la defensa nacional. 

Pero esa “jubilación” prometida, tiene varios asegunes, si se analiza. Qué es lo que pasa por la mente de un colaborador que escucha que su jefe ya piensa en la jubilación. Puede pensar tres cosas, la primera, que ya se acabó la fuerza del líder, y que hay que ir viendo quién es el que va a sustituirlo. La segunda, es la preocupación del equipo porque el jefe puede estar mandando la señal de que las cosas no van bien y que no emocionan, no entusiasman. Y por último, ¿cuál es el mensaje a la militancia y a los generales de Morena, previo a una elección que pretenden sea exitosa? El anuncio jubilatorio no ayuda a una comunión, más bien huele a retirada y separación.

En este último escenario, y a través de posiciones y cargos de elección, ya podremos ver en la estructura obradorista la lucha abierta por la sucesión. Ya se verá si es con Claudia Sheinbaum, que no logra sostenerse bien y de manera autónoma en el gobierno de la CDMX. O si es la astucia y los extendidos cuadros que tiene, lo que aventaja a Marcelo Ebrard; o si es Ricardo Monreal el adelantado, perfectamente escudado por su hermano y por el poderoso Pedro Haces Barba, quien ya tiene una central de trabajadores, un partido político, influencias y muchos negocios millonarios en varios puntos del país, y que según ciertas investigaciones periodísticas, tiene hasta pie y medio metidos en la fructífera construcción del Tren maya. 

La 4T era una antes del coronavirus. Con el virus encima, es otra cosa: un camino y un destino totalmente inciertos.

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