Con amor y admiración para Froylán Flores Cancela.

Cerca de concluir la segunda década del siglo XXI, el estado no termina de enderezar el rumbo del crecimiento perdido desde aquellos años en que la industria petrolera decayera en Veracruz. Aun sin crecimiento industrial relevante, esta entidad federativa se ha mantenido en quinto lugar nacional en cuanto a su producto interno bruto. 

Cuarenta años en que la disminución de la extracción de crudo y el declive en la petroquímica estatal provocaron empobrecimiento general; tampoco se ha logrado mejorar la planta industrial ni la recepción de divisas por turismo. Solo la producción agropecuaria y la bendita entrada de remesas de migrantes desde Estados Unidos reactivan generosamente la economía veracruzana, junto al desarrollo de vivienda de interés social en las grandes áreas urbanas que han recibido la inmigración del campo.

Pero el decremento de los indicadores económicos desde hace algunas administraciones de gobierno estatal, tiene mucho que ver con el deterioro de la inversión pública, que cayó sustancialmente desde el sexenio de Javier Duarte de Ochoa. El cordobés hizo mal uso de más de 63 mil millones de pesos enviados por la federación -que ahora le reclama-, y posiblemente también de un gran porcentaje de recursos provenientes de empréstitos con la banca nacional, que llevaron al estado a ocupar uno de los primeros lugares por su endeudamiento.

Después de esos seis años de terror financiero, el gobernador Yunes Linares vino a abusar de la promesa y del rencor político y estuvo por dos años tratando de dejarnos a su primogénito como sucesor. Su hijo no tuvo los tamaños suficientes y la hastiada sociedad no se dejó engañar de nuevo.

Y entramos a los tiempos de la cuarta transformación, en la que los jefes que pretenden gobernar, no encuentran un modo o una justificación que guste a la gente, y la gente, por su parte, no entiende los modos de conducirse de aquellos que tripulan esa supuesta transformación.

En el ámbito local, el gobernador Cuitláhuac García Jiménez ya cumplió sus primeros 100 días y ya pidió comprensión al pueblo: le avisó que los resultados requieren cuando menos dos años para empezar a concretarse.

De ser así, y si se confirma la apreciación cuitlahuista, podremos comprender y aceptar que cualquier cosa positiva que aparezca en Veracruz, se empezará a percibir a partir de la tercera década de este siglo. 

Esto quiere decir que debemos dar por perdida toda la segunda década. Desde luego que no será por su culpa. Ojalá que el gabinete actual termine de perfeccionarse y capacitarse. Y que adquiera la habilidad y las relaciones políticas suficientes para allegar a los veracruzanos algunos de los grandes proyectos de desarrollo que dibuja el presidente López Obrador.

No queda más que confiar en que así sea. Pero para eso, será necesario serenar al estado y poner en su lugar a la delincuencia, y que la tranquilidad y paz social tan lastimadas, lleguen a todos los rincones del territorio. Solo así los emprendedores, los productores, los trabajadores, los profesionales y la población en general, podrán reconstruir el tejido social dañado y la confianza y credibilidad en autoridades y funcionarios de los tres órdenes de gobierno. 

Por lo pronto, los subsidios que lloverán mes con mes en Veracruz serán los únicos alimentos -los dones del Maná- que harán crecer las milpas y los frutos del terruño. 

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