AGUAS DE MARZO

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Aguas de marzo es el título de una de las más grandes canciones escritas en Brasil por el compositor Carlos Antonio Jobim e interpretada magistralmente por él y por la famosa Elis Regina, a ritmo de bossa nova. Su letra referida a la naturaleza, al agua y a muchas cosas más, muestra una profunda filosofía de vida.

Y justamente en marzo, acá en nuestro Veracruz, el tema del agua está cayendo como aguacero para mojarnos y hacernos pensar lo delicado de ese recurso natural y también lo contaminado que ha sido en las últimas décadas por la incultura y las nefandas negociaciones en que suele caer el ser humano en general. La naturaleza humana pudriendo y pudriéndose en la “modernidad” del tercer milenio.

Empezamos por la problemática de la presa Yuribia en el municipio de Tatahuicapan, que obstaculiza la dotación de agua a la zona de Coatzacoalcos y Minatitlán. Seguimos con el incendio provocado por la mano del hombre, que destruyó 600 hectáreas de bosque en la reserva ecológica de San Juan del Monte, haciendo cenizas miles de árboles que eran indispensables para la creación de agua en la montaña del Cofre de Perote, que necesitamos ávidamente en Xalapa. Hasta ahora, hemos podido satisfacer esa prioritaria necesidad de agua para la capital de Veracruz, trayéndola desde la lejana región de Quimixtlán en el estado de Puebla.

También tenemos la noticia dada en Palabras Claras, referida a que el agua que consumimos los xalapeños es de las más caras del país.  Y para rematar ese tema de primer orden, se debe mencionar la tremenda lucha que en el Ayuntamiento de Xalapa se ha vivido estos meses en torno a la Comisión Municipal de Agua y Saneamiento (CMAS).

De todos estos temas relacionados con el agua, ojalá y que el Plan Estatal de Desarrollo que elabora el gabinete de Cuitláhuac García, incluya entre toda esa palabrería que los gobernadores olvidan pronto, algunas políticas para atender de manera integral e inteligente ese vital asunto. Y que los actores responsables las apliquen en esta ocasión. Sólo así encontraremos una mejora, un progreso y una nueva visión social respecto a las fuentes y a la administración y preservación del agua limpia.

Pero los temas del agua de Xalapa y de su maltrecha comisión municipal, deben atenderse con urgencia. Pero atenderse en serio y con pulcritud, no porque se pretenda que la institución continúe como caja chica para pillerías cupulares y elecciones municipales y estatales, como los comicios que vienen en años siguientes. 

Se requiere, primero, que Hipólito Rodríguez se deje de hipoenergías e hípermanías y realice de una vez la auditoría que prometió cuando iba a entrar a gobernar; que recuerde aquellos meses cuando vociferaba soberbio que cumpliría sus ofrecimientos ya que, según decían él y sus asalariados aplaudidores, el hombre era muy honesto y cumplidor.

La CMAS debe atenderse en lo político (ya que es un suculento banquete permanente, como bien lo apreció Américo, el magnífico). Si el alcalde va a apoyar a un nuevo dirigente sindical, que no le ocurra como a los creadores o impulsores del actual líder a punto de irse -a la cárcel o a la calle-, quien se volvió un señorón inmanejable y millonario, según las pruebas que circulan en varias oficinas. 

Pero lo más importante es que la CMAS se convierta en una Comisión (con mayúsculas) y no una eterna comisión de delitos financieros en torno a ella. Que sea una institución que, si cobra caro, invierta los recursos de los usuarios en mejorar las fuentes y las líneas de conducción para traer más agua, que atienda los temas de los colectores pluviales que inundan la ciudad, y que, en suma, haga la obra pública pendiente, ya que lleva 15 meses haciendo como que hace y haciendo rico a varios vivales de cuello blanco y de cuello manchado con los recursos de la propia comisión y de las aportaciones sindicales de los esforzados trabajadores de a pie.

Qué pasaría con Hipólito y con los xalapeños, si Quimixtlán ya no deja sacar su agua. Por eso es mejor insistir en que el alcalde comience a trabajar y se deje de autocomplacencias. Debemos escuchar a la naturaleza y al destino, que parecen decir: “¡Aguas!”

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