En las columnas y mesas políticas y periodísticas de Veracruz, con cierto desencanto y envidia se habla de la mala manera en que algunos personajes se han apoderado de los partidos políticos. En forma enfática mencionan a tres prominentes señores de apellido Yunes.

Se ha llegado a decir que el PRD está en manos de un licenciado en derecho, experto en abusar de lo chueco; que el PAN vive al exclusivo servicio de una dinastía monárquica; que Morena es propiedad de Andrés Manuel y sus seguidores sordomudos; que los minipartidos funcionan como franquicias que se rentan temporalmente a empresarios que buscan poder.

Los que critican al PRI de estos tiempos, afirman que es una institución que se ha partido en dos mitades que no embonan y detentan Héctor y Pepe Yunes, sus únicos precandidatos a la gubernatura veracruzana.

Pero esto no es nuevo. Si recordamos la historia nacional, desde la época de la conquista encontraremos que muchas posiciones estratégicas para la política se han tenido que comprar con dinero en efectivo. Los libros contienen suficientes referencias a la milicia, a los puestos hacendarios y hasta a las oficinas en los ayuntamientos, entre otras.

Y cuando se llega a esta conclusión, también se recuerda una de las máximas de la política nacional, atribuida al célebre profesor Hank, cuyos multimillonarios descendientes, son dignos cachorros de la revolución institucionalizada en el PRI: “Un político pobre es un pobre político”.

Luego entonces, tenemos que aceptar que para moverse en esas lides, el interesado debe contar con un interesante capital en pesos contantes y sonantes, independientemente de los pocos o muchos seguidores que tenga. Por eso Miguel Alemán hablaba a sus amigos sobre la importancia del binomio “economía y política” en el tema de la búsqueda del poder.

Por tanto, si nos referimos a los partidos políticos veracruzanos, y al hecho de que son controlados por escasísimas personas, tendremos que entender que estos afortunados individuos cuentan con recursos políticos y económicos para echar a caminar sus intereses sobre las vías que representan esos partidos.

En consecuencia, los Yunes, en todas sus vertientes empoderadas, los Franco, los franquiciatarios de los minipartidos, o los dirigentes estatales de Morena, para poder echar a andar sus partidos políticos, por fuerza deben hacer uso (o abuso) de incuantificables recursos, provengan de donde provengan.

De manera similar, todos aquellos que conservan un aceptable estatus de “político”, y que a pesar de todos los pesares, insisten en incrustarse en el PRI, en preservar su nivel de influencia con grupos sociales y regiones, en conservar su militancia y sus votos cautivos, y en mantener presencia en medios de comunicación, forzosamente deben poseer un amplio guardadito para esos ambiciosos fines.

Por consiguiente, y por mencionar sólo a dos de esos obsesionados personajes, puede uno pensar que Jorge Carvallo y Vicente Benítez -que salieron buenos para el rollo-conservan suficiente capital económico para echar a andar la maquinaria que los lleve a sus propósitos políticos. Por lo que se ha visto y oído sobre ellos, pudiera creerse que hasta ahora no reflejan imagen de arrinconados o de exprimidos, sino más bien de socarrones cómplices.

Y puede creerse que fueron obligados a escupir. Pero los veracruzanos perciben que no llegaron a vomitar todo lo que les indigestó. Que sólo devolvieron migajas del cuantioso capital que forjaron en la oscuridad duartista. Que esos dos, como muchos otros del nefasto régimen que arrasó al estado, no forman parte del increíble “Cuento de los desplumados”.

 

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